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OPINIÓN

Un fraude llamado amor

El amor abatido por las apariencias. La pasión confinada a las buenas costumbres.

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Por Julieta Lomelí Balver | @julietabalver

Pienso que hay detalles muy reiterativos en el asunto del amor. De repente uno puede concluir que lo padecerá de la misma forma a los 20, a los 30 y después. Lo peor que puede sucedernos siendo adultos es disimular su “magia” demoledora, hundiéndonos en la estupidez de enamorarnos como adolescentes.

Es suficiente enredarse con unos ojos melancólicos durante la lluvia, al otro lado de la calle. O encontrarse al romántico wertheriano, leyendo en el café más solitario del pueblo, para creer que esa nueva persona es distinta, compleja, afín. Una vez más, tropezamos con el lugar común de soñar con lo imposible, en la ironía de confiar en que todavía existirá algún otro que estará dispuesto a comprendernos y a la inversa. La historia se repite: primero enamorarse, después sufrir cuando se extingue la pasión, y otra vez, olvidando la miseria del pasado, volverse a entusiasmar con la picazón de un nuevo amante.

Hay que mirarnos en retrospectiva, no dejarnos enloquecer por amor. Asimismo, las particularidades tan similares de llevar nuestras íntimas historias de amor corresponden a la casi igual manera en que los demás llevan las suyas. Nuestras relaciones amorosas no son tan especiales y estrafalarias como creíamos.

La comprensión del amor está también determinada por su época. Las interpretaciones del amor, centuria tras centuria, no se salvan de repetirse. Siempre habrá algún escritor melancólico, con tendencias más bien conservadoras, que se amedrente por la vacuidad pasional de sus compatriotas. Cada siglo, los defensores del amor empuñan sus retóricas espadas, afilándolas con argumentos nihilistas, para combatir el placer por el placer y el sexo por el sexo. Este monstruoso mal que todo filósofo moralino quisiera extinguir.

Se podrían comparar las prácticas del amor moderno, este que se esconde en los engranajes de las primeras máquinas industriales, con las mostradas por los amantes en la actualidad.

Dice Émile Zola que el amor del siglo XIX es como un joven formal, políticamente correcto, que ve sus relaciones como una transacción monetaria, como “un negocio en la Bolsa”. Zola se queja del utilitarismo y la frivolidad con que las parejas mantienen sus nupcias. ¿Cómo es posible que el amor se convierta en un asunto empresarial? El amor abatido por las apariencias. La pasión confinada a las buenas costumbres. A la corrección política del caballero que busca una esposa para al fin tomarse la vida en serio. A la de una joven inexperta, que mantiene su pureza para convertirse en la señora y conseguir un estatus social, entre otras cosas más, que mucho tienen que ver con el dinero.

Zola afirmará que el amor de las dos centurias que le preceden siempre fue mejor que el de su época. Esta nostalgia frente al eros que ya no es —y que seguramente jamás fue tan espléndido—, este creer que el amor podría haber sido mejor en otros tiempos, es el que tantos intelectuales, novelistas y poetas sienten frente a un asunto que pareciera estar sobrevalorado.

Se han construido castillos en el aire, fortalezas estéticas idealizando el amor. Sobre ese sentimiento “tan sublime” ha echado sus raíces una gran parte de la cultura occidental. La literatura, la música y el cine nos recuerdan hasta el infinito que no hay nada superior en la vida que enamorarse. No les creo.

Pero una cosa es cierta, este sentimiento que se objetiva de distintos modos siempre estará en boga. Porque al final, el amor es el pretexto para que la especie no se extinga. El eros detrás de los bastidores disimula la suprema ley de la naturaleza que nos arrastra a querernos los unos a los otros. Somos todos, insalvablemente, el receptáculo de la vida. Así vamos, una tras otra relación, sintiendo amor, generalmente de manera parecida. Solo cambia la persona, el cuerpo, el nombre, la mirada. Pero el deseo que nos arrastra hasta el hoyo infinito del eros, a veces es igual de intenso y después irremediablemente, igual de monótono. La necesidad de enamorarse es casi inmutable.

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OPINIÓN

Matrimonio Igualitario ¿Qué dice Puebla?

¿Qué piensan los poblanos sobre el matrimonio gay y la adopción de niños por parte de estas parejas? ¿Seremos los poblanos tan cerrados como nos ha estigmatizado el país entero? Aquí la encuesta de Mas Data.

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Por Mas Data y Edmundo Velázquez | @mundovelazquez

Este mes, en Revista 360° Instrucciones para vivir en Puebla presentamos los números de una encuesta proporcionada por la empresa Mas Data, donde se plasma qué piensan los poblanos acerca del matrimonio gay y la adopción de niños por parte de estas parejas. ¿Seremos los poblanos tan cerrados como nos ha estigmatizado el país entero? Contrario a lo que se pudiera pensar, la postura conservadora histórica con la que se relaciona a los poblanos persiste, pero se matiza al preguntarles su opinión con relación a los matrimonios del mismo sexo.

La empresa Mas Data practicó alrededor de 800 cuestionarios a poblanos, a quienes se les preguntó: “¿Qué tan de acuerdo está con los llamados matrimonios igualitarios o entre personas del mismo sexo?”. La mayoría contestó “En desacuerdo total”. No es de extrañarnos. La respuesta obtuvo la mayoría con 32.8%. Sin embargo, no muy lejos se encuentra la respuesta “Acuerdo parcial”, con un 25.5%, y después le sigue “Acuerdo total”, con un 24%. Finalmente se encuentra el “no, parcial”, a las uniones del mismo sexo, con 12.5%. El acuerdo representa, sumadas ambas opciones, un total de 49.5%, mientras que el desacuerdo entre ambas opciones, parcial y total, suma apenas 45.3%.

Sumados los acuerdos y desacuerdos, se revela que los poblanos están, en mayoría, de acuerdo con los matrimonios de parejas del mismo sexo. Pero la lectura cambia cuando se plantea y cuestiona sobre la adopción. A la pregunta “¿Qué tan de acuerdo está con que parejas homosexuales puedan adoptar a menores?”, los poblanos responden con un tajante no. El “Desacuerdo total” gana con 46.6%. Casi la mitad de los poblanos lo desaprueba.

Le siguen las opciones de “Acuerdo total”, con 17.1%, y “Acuerdo parcial”, con 17%. Mientras que el “Desacuerdo parcial” queda en el cuarto sitio, con 15%. Al final, 4.3% prefirió no responder o decir que no sabrían qué contestar al respecto. En este caso, el desacuerdo total y parcial sumados representan más de la mitad de los poblanos, 61.6% de los encuestados no están de acuerdo en que las parejas gays en Puebla adopten. Si a este espinoso tema se le cruza con la política, se tiene otra lectura.

A los encuestados se les preguntó: “¿Usted votaría por un partido o candidato que promoviera la adopción de menores por parejas homosexuales?”. La respuesta mezclada al contenido político provoca igual una respuesta tajante. “Definitivamente no” gana con 44.1%, “Tal vez sí” se quedó en segundo sitio, con 20.4% de las preferencias, mientras que “Definitivamente sí” alcanzó 16.1% y “Tal vez no” 13.9%. Las personas que no quisieron contestar o no supieron qué decir se quedaron en un porcentaje de 5.5%. A las cifras, sigue el debate

¿Qué tan de acuerdo está con los llamados matrimonios igualitarios o entre personas del mismo sexo?

32.8% Desacuerdo total / 25.5% Acuerdo parcial / 24% Acuerdo total / 12.5 % Desacuerdo parcial / 5.3 % No sabe / No contestó

¿Qué tan de acuerdo está con que parejas homosexuales puedan adoptar a menores?

46.6% Desacuerdo total

17.1% Acuerdo total

17% Acuerdo parcial

15% Desacuerdo parcial

4.3% No sabe / No contestó

¿Usted votaría por un partido o candidato que promoviera la adopción de menores por parejas homosexuales?

44.1% Definitivamente no

20.4% Tal vez sí

16.1% Definitivamente sí

13.9% Tal vez no

5.5% No sabe / No contestó

¿Quiénes contestaron esta encuesta?

La encuestadora Mas Data, que dirige José Zenteno, se dedicó a preguntar a los poblanos de las 25 distintas secciones electorales en Puebla, cuál es su punto de vista sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, así como qué opinan sobre la adopción de niños por parte de estas parejas.

Hablamos de un universo de casi mil encuestados, en los que 48% corresponde al sexo femenino y 52% restante se trata de hombres. Las personas abordadas tienen una edad entre los 18 y 56 años de edad. El 20.5% corresponde de los 18 a los 25 años; 27.3% de los 26 a los 39 años; 30.8% va de los 40 a los 55 años y 21.5% tiene más de 56 años de edad. De la muestra también se desprende que la mayoría de los que respondieron esta encuesta, 27.3% de los encuestados, trabajan por su cuenta o se autoemplean. Otros rubros más altos de acuerdo a lo que se dedican los encuestados son ama de casa, en 17%, 11.8% son estudiantes y 10.3% son empleados en una empresa privada.

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OPINIÓN

Defendiendo a la hermosa güeva

Todos somos huevones hasta que se nos demuestre lo contrario.

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Por Zeus Munive (el editor huevón ese)

A dichos personajes se les ha acusado de no hacer nada más que estar tirados frente a la televisión, tener pedazos de pizza regados alrededor de ellos, sin observar que están en ese momento en un estado zen.

Son poco comprendidos.

Están en todas partes: habitan en los hogares, en las universidades, en las casas de estudiantes, en los parques, en el zócalo y hasta en las iglesias, algunos esconden esa adicción bajo una sotana negra.

También abundan en las oficinas burocráticas.

Algunos son líderes de partidos políticos.

Otros tantos son líderes obreros.

“Diputados güevones, por eso están panzones” gritan en las marchas contra esos que se duermen las cámaras y cobran como si de veras trabajaran todos los días de su vida.

Unas son secretarias que su máximo esfuerzo es vender perfumes, zapatos y colchas, pero en la realidad están pegadas frente a una pantalla para revisar su Facebook, juegan Small Ville, You Ville y regalan vidas del Candy Crush, all the time.

Hay otras que no salen de su afición por las páginas como De10.com, Pijama Surf, Sopitas ad infinitum, que no aportan nada, pero eso sí, ya saben diez nuevas formas para realizarle el sexo oral a su pareja.

Los huevones son sancionados públicamente y ahora son mal llamados “ninis” porque ni estudian ni trabajan.

La hueva o güeva deriva de la idea del cansancio, del desinterés, de la falta de ganas por hacer algo. “Me dio güeva ir a correr, mejor me dormí otra hora”.

El origen de la palabrita proviene de los testículos, gumaros o huevos.

Suponemos que se le llamó así a la fiaca porque, como los testículos, siempre cuelgan de manera muy cómoda y relajada, además de no hacer otra cosa más que estar ahí sin producir ningún movimiento. Sólo esperan ser rascados, acomodados o apapachados, en el mejor de los casos.

Sus movimientos son lentos.

Puede soportarse ser huevón porque su sonido representa a un machín. No es lo mismo que le digan a una mujer que es una güevona o una floja que una fodonga.

Fodongo es una forma peyorativa de llamar a un huevón. Fodongo viene de flojo, de fofo, de panzón. Una señora fodonga es la que no se pinta, que sale de tubos al mercado, que todos los días anda de pants rosas hasta en el Starbucks.

Según el libro Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos, editorial Grijalbo, escrito por Héctor Manjarrez, hueva o güeva es el supuesto peso de los huevos o tompeates que produce el desgano. También es aburrimiento: “Me da hueva tu familia” y, por supuesto, es el reposo del cuerpo: “Me encanta la güeva”.

Existe una idea de que en México todos son unos huevones. Hace años representaban a los paisanos sentados a la sombra de una nopalera y envueltos en sus sarapes con grandes sombreros.

La imagen de Chano y Chon, para ser más específicos.

Siempre se ha satanizado a su majestad la güeva. Es un pecado capital, incluso, pero se le llama pereza de forma elegante.

Todos los humanos somos huevones por naturaleza, trabajamos para después echar la güeva. Peleamos por un coyotito reparador en la tarde. Sufrimos por el mal del puerco, que es ese sueño horrible que da después de zamparse unos taquitos de carnitas y hay que regresar a la oficina.

Los fines de semana, por lo menos el domingo, hay gente que ni se baña con tal de sentir que pueden ser güevones algún día de su vida.

Cuando nos despertamos siempre pensamos e imploramos al Señor: “Cinco minutos más”.

La güeva, hay que admitirlo, es de los placeres más censurados en la vida.

Y es que como dijera el director Alex de la Iglesia: lo que más me gusta de la vida si no me mata me engorda. Y la pereza es de esos placeres culposos con los cuales todos vivimos.

Si tienes un hermano menor lo pones a trabajar, si eres el jefe delegas, no por un asunto administrativo, sino para echar la güeva, si eres periodista, ah, qué rico echas la güeva, prefieres vivir del chayo. Si eres maestro, inventaste los puentes. Si eres mecánico, nunca encuentras las piezas del auto. Si eres consultor de imagen pública, asesoras a tu candidato y viajas por todo el mundo. Si eres escritor, pides tu beca del Fonca. Si eres líder sindical, bueno, te vuelves diputado.

Si eres editor de una revista… uff.

Y es que todos somos huevones hasta que se nos demuestre lo contrario, pues como decía Fontanarrosa: “La ociosidad es la madre de todos los vicios, y como buena madre, hay que respetarla, pues sólo hay una”.

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OPINIÓN

Última carta a la fanática de Yaguarú

Del viejo baúl de los recuerdos. Buscando algunos documentos en internet me encontré con este texto que le dedicamos a la fundadora de Periódico Central en diciembre de 2016. Este texto fue una despedida personal a una de las mejores periodistas que han existido en Puebla. No hay fecha para recordar a nuestros muertos, pues el luto es para siempre; uno aprende a vivir con él y aprende a vivir sin la persona a quien se recuerda. Hoy le hacemos un pequeño homenaje a esta poblana que, oriunda de Guerrero, terminó siendo más poblana que los chiles en nogada.

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Por Zeus Munive Rivera / @eljovenzeus

Acto 1. Al principio fue un vermú

Quizá ya nadie lo recuerde, creo que a veces ni yo mismo, porque ha pasado ya tiempo. Fue en el 2004 cuando supe que ibas a ser la mejor periodista de Puebla. Nunca me equivoqué, lo fuiste, lo eres y lo serás: nadie podrá llenar tus zapatos.

Nos presentaron varias veces en ese año y nunca supimos por qué ambos fingimos que no nos conocíamos. En una de las tantas presentaciones, tú citaste el libro de Señorita México de Enrique Serna y cómo Selene Sepúlveda (la protagonista) pedía en un bar “Un vermú”. Me sorprendió escuchar que una joven de 20 años citara a Serna y una de las partes más conmovedoras y graciosas de la novela. Y lo dijimos esa vez: “es que se oye chidísimo: ‘un vermú’”.

Platicamos. Estábamos en el patio del Congreso del Estado. Resultó que tú eras de Guerrero y que no conocías el chilpachole de jaiba. Me contaste sobre tu padre que siendo profesor conoció en los años sesenta a Lucio Cabañas. Hablamos de la guerrilla de tu tierra. Me revelaste cómo era “El Ticuí” –municipio de Guerrero– y me lo describiste como si fuera el Macondo de Gabriel García Márquez. Un lugar mágico, lleno de colores y de flores, así como de mariposas amarillas que vuelan liberadas.

Nuestro tercer encuentro fue una noche de agosto, cuando los “rechazaditos” de la BUAP, en el zócalo, mientras ellos – los rechazados– estaban en casas de campaña y huelgas de hambre. Eras la única reportera que los cubría, que le daba voz a una minoría que por supuesto era ignorada por el establishment. Solitaria, con grabadora en mano, con tus pantalones de mezclilla rotos a la altura de las caderas y roídos de las valencianas, una ombliguera y tu bufanda de estambre rosa, ahí creyendo que podías cambiar el mundo.

Me diste ternura, Selene. Me encantó ver esa actitud rebelde, cabrona, desmadrosa, desparpajada e irreverente como tu periódico Central. Fuimos a cenar al Vitorio’s. Mario Martell, tú y yo. Pediste una ensalada de atún y un consomé de pollo. Yo una pizza, Martell cervezas. Platicamos de periodismo. Hablamos de Mario Marín como candidato a la gubernatura y lo mal que nos caía. Te reías de Enrique Agüera y lo estrafalario, por no decir naco, que era. Nuestro Güicho Domínguez.

Supe ahí que serías la revelación.

Puebla estaba emputecida, Selene.

El periodismo, como siempre, estaba emputecido.

No había qué hacer ni para dónde hacerse porque los niños cantores de Mario Marín ya controlaban todo.

Intolerancia, medio en el que trabajaba, publicó un desplegado a favor del candidato Marín. No había espacios para respirar. El sistema controlaba todo. En los medios todo era lo mismo. Platicar contigo fue una gota de esperanza. Había alguien en ese pinche momento que era idealista, que verdaderamente pensaba distinto.

Debo confesar que me enamoré de tu idealismo.

Sucedió que (aunque ahora lo nieguen los actores) había la intención de exiliar a Mario Alberto Mejía porque el candidato Marín, en ese entonces, no lo tragaba. Se abrió la posibilidad de trabajar en Cambio con Alberto Ventosa.

Mejía, Arturo Rueda, Héctor Hugo Cruz, Ulises Ruiz y yo renunciamos a Intolerancia. Quemamos las naves. Saltamos al vacío y nos fuimos a Cambio. Al Cambio que llevaba Fernando Crisanto, aquel que hacía de ocho columnas las crisis del pollo y noticias de ese nivel, que tantas veces nos reímos, Selene.

A ti, en ese momento, ya te querían fuera de e-consulta porque Agüera estaba presionando a Rodolfo Ruiz porque traías jodido al rector, diario lo evidenciabas como lo que era, y Ruiz, fiel a su estilo, te mandó a cubrir agropecuarias y a cansarte para que te fueras de ahí (a muchos nos aplicó esa del cambio de fuente al notirrancho, con ese fin, no te preocupes).

En tanto, en Cambio, necesitábamos una nueva plantilla laboral, la que estaba ya venía muy viciada. Fue cuando propuse tu nombre a Mario Alberto Mejía, quien aún no te conocía. Pujé y pujé para que se abriera la plaza. Al fin lo había logrado. Te lo dije en el Vips de la Juárez y me dijiste que te ibas solo si contrataban a Edmundo Velázquez. Te dije que eso era imposible. Tu posición era inamovible, así que me comprometí a convencer a mis jefes.

Lo logré.

Te marqué por teléfono a tu casa mientras le colocabas la criolina a tu perra “La Gorda” y te dije el famoso: “Ya chingamos”.

En enero del 2005, creo que fue el 5 de enero, ya no recuerdo bien. El periodismo en Puebla volvió a brillar.

Acto 2. Apuntes sobre el cura pederasta

Recuerdo que, ya instalados en Cambio, te volaste la barda. Regresaste al origen del reporteo. Dejaste la comodidad de la sala de prensa del Congreso del Estado y te lanzaste a la Mixteca, a Tehuacán, recorriste un buen de carretera con tu Chevy color vino al que bautizaste “El Botas” en honor al chango de Dora, la exploradora. Y sí, aunque decías que no, era un albur eso de “Botas, el changuito”.

Nunca me equivoqué, eras la mejor reportera.

Aquí en Puebla, mientras tú estabas armando el reportaje sobre los abusos de Nicolás Aguilar y hacías que la Iglesia católica amenazara a los directivos del periódico Cambio, la mayoría de los reporteros estaban en las salas de prensa chacaleándose los audios y dividiendo las notas para no trabajar los fines de semana. Los dueños de los medios y directivos cobijando al poder en turno.

Ahí están planas y planas de tu investigación.

También fuiste a Cancún a entrevistar a Lidya Cacho.

Hiciste periodismo. En ese entonces, como ahora, los políticos son tan ignorantes y tan pendejos que solo le hacen caso a los columnistas. No pueden leer datos duros y más de dos cuartillas, para ellos eso ya es demasiado.

Ya llevaremos más adelante, muchos de tus textos publicados en Cambio, pero lo hiciste. Quizá el problema, y deja que te lo reclame, es que no te la creíste, pero a pesar del robusto ego de los directivos de Cambio, ya los habías rebasado desde hace mucho.

Acto tres. Nace Central

Nos habíamos peleado varias veces. Tú y yo siempre nos peleamos. Yo era tu porrista, pero a la vez tu opositor. Es que, en buena onda, Selene, a veces eras bien necia y yo que me enciendo bien fácil. En fin, pasa. Ya no tiene caso recordar, pero estábamos peleados en esto que ahora recuerdo:

Nos topamos un día de noviembre del 2011 en Kamafruta de La Paz. Me saludaste, después de quizá un año que no nos hablábamos. Me dijiste que querías platicar conmigo. Nos citamos ahí nuevamente y desayunando me dijiste que renunciarías a Cambio.

Te felicité. Te dije que qué bueno, que por fin te independizarías. Que rompieras el cordón umbilical. Me pediste que no dijera nada, me hiciste prometerlo. Me dijiste que me querías de columnista. Dijimos que públicamente diríamos que estabas haciendo un blog.

Pactamos. Regresamos a ser amigos. Volvimos a ir por unos tragos, como en otra época. Hablamos de nuestras vidas. Perdonaste una chingadera que te hice por la que me dejaste de hablar, aunque siempre me la estuviste recordando. Me volviste a hacer tus tacos dorados que me volvían loco y que años antes, después de probarlos, hasta te pedí matrimonio.

Ya cuando ibas a sacar Periódico Central nos vimos y me dijiste: “renuncia tu columna a Intolerancia y vente para acá”. Te dije que no había hablado con Enrique Núñez. Me dijiste: “tú eres de aquí. No puedes fallarme. Tú eres parte de esto”. Y me pusiste tus ojos de gato chantajista que siempre me convencieron y por los que muchos de los reporteros de Cambio me reclamaban de que tú eras mi consentida.

Bueno, una aclaración, Selene siempre fue mi reportera consentida, perdón a Efraín Núñez, puedes odiarme a mí también.

Le mandé un correo a Enrique Núñez y le avisé que me iba. Y me fui como las chachas, porque la neta, la neta, Selene, a pesar de las diferencias con el director de Intolerancia, él se portó cuate en ese momento. Me habían censurado en Milenio Puebla tras la salida de Julián Ventosa, nuestro gran, gran cómplice.

Pablo Ruiz, director de Milenio, se encargó de mandarme a gayola y Núñez me dio un espacio. Ahora llegaste tú y me tuve que ir a tu proyecto que vi nacer y del cual me siento orgulloso de pertenecer.

Fuiste una cómplice.

Mi gran mejor amiga.

¿Cuántas veces nos habremos mentado la madre? No lo sé. Muchas. Hicimos un grupo a prueba de balas. Y la verdad, Selene, si estuvimos en las buenas y en las malas fue por ti. Fuiste la líder y siempre te respaldamos en todas tus locuras.

Puedo escribir mucho, mucho acerca de ti, pero solo lo resumo con estas palabras: fuiste y eres y serás la reportera más chingona de Puebla. Quizá mi mérito y lo cual siempre presumiré es que tuve la visión de jalarte de este lado del barco.

Por otro lado, fuiste mi mejor amiga, eres la única que sabía todo de mí. Todo es todo.

Y si existimos muchos en torno a ti, fue porque eras ese imán que nos unió, a pesar de ser tan distintos y no siempre coincidir.

Adiós, Selene.

Las despedidas no son agradables y duelen un chingo. Se siente que te arrancan un pedazo de tu alma. Nos quedamos a cuidar la plaza. Viridiana Lozano hará un excelente papel, tenlo por seguro. Ha sacado la casta y ha demostrado ser tu mejor creación. Ella mantendrá la calidad de este portal. Además, no dudo en decir, que siempre te fue muy leal.

Adiós, Selene.

Te quiero un chingo.

Y no niego que me duele perder a mi única consejera, a quien sí le hacía caso. Ya no hablaremos de nuestros libros de John Connolly ni de Fadanelli, ni de Alessandro Baricco y cómo nos impactó Océano mar. Ya no te recomendaré las series de televisión ni las películas.

Adiós, fanática de Yaguarú. Ya no trataré de inculcarte otros gustos musicales, y no porque me rinda, simplemente porque…

Bueno, para qué remover esta herida.

Te veo en la siguiente vida, preparas los tacos.

Sabes que tuve que tomar diclofenaco y naproxeno porque estoy adolorido de todo el cuerpo, desde tu partida, es en serio, fue mucha angustia, fue mucho estrés.

Es que, con perdón de Borges, pero me duele una Selene en todo el cuerpo.


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