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OPINIÓN

Se dicen cosas horribles de Mario Alberto Mejía

Crónica de un día de tamales, tequilas y mariscos.

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Por Zeus Munive / @eljovenzeus Fotos: esimagen.mx

Esta historia inicia con cerveza y tamales. Hay de rajas, salsa verde y frijoles. 

Es un jueves a las doce del día, un día antes, Mario Alberto Mejía había renunciado a la dirección del periódico Contrarréplica a nivel local y anunciado la creación de un nuevo diario en Puebla, Hipócrita Lector.

Se dicen cosas horribles de los periódicos. 

Estamos sentados en el comedor de su casa, mientras nos comemos unos ricos tamales que el jardinero ha calentado. Inicia la plática sobre lo que comemos: tamales. Los tamales que no solo son parte de la gastronomía mexicana sino hasta de los fraudes electorales y muy patrióticos como diría Manuel Bartlett en 1986 cuando el PAN “perdió” en Chihuahua y llamó a una reunión a los intelectuales mexicanos para explicarles que lo que ocurrió fue un “fraude patriótico”. 

¿Se dicen cosas terribles de los tamales?, jamás, sería un despropósito. Lo que sí es que se dicen cosas horribles de don Manolo, feliz consumidor del carbón, el petróleo y de los combustibles fósiles. 

El pretexto de la charla es el nuevo libro del poeta metido a periodista: Se dicen cosas horribles de ti, de Dorsia Editorial. 

—¿Qué tal tu tamal? —pregunta Mejía.

—Está buenísimo —respondo mientras le doy un buen sorbo a una Ultra.

El libro de Mejía inicia desde el punto de vista de un espectador llegando al aeropuerto de Guadalajara y desde ese ángulo retrata con la precisión de un cirujano a la élite intelectual de México: los krauze, los aguilar camín, los poniatowskos, hasta los yordis rosados y las gaby vargas, con sus Quiúbole con. 

Ahí reunidos todos los intelectuales orgánicos e inorgánicos (hay que separar bien lo que se recicla y lo que va para el relleno sanitario) a la sombra del cacique intelectual mexicano Raúl Padilla y su fiesta del chivo: la Feria Internacional del Libro, la FIL para los cuates, pues.

En el libro habla de unos personajes muy simpáticos que son los clones de estos (sus, nuestros) artistas favoritos. Son unos robots hechos en algún país escandinavo que son idénticos a los personajes y que son utilizados para que asistan a las presentaciones de libros, a los cortes de listones, a los debates intelectuales. 

—A veces nos aburrimos de ser nosotros mismos —dice Mejía cuando explica la idea de por qué los plantea en su novela— ¿tú, nunca te has cansado de ser tú mismo?

—¡Puta madre! —respondo ipso facto— ¡muchas veces! A veces dan ganas de dejar a tu clon que haga todo y uno se quede en casa viendo la tele o de vacaciones.

El problema de los clones, y en eso coincidimos el poeta y yo, es que son más institucionales que Emilio Azcárraga “El Tigre” ante la imagen del binomio PRI-gobierno. Les encanta impostar la voz mientras conducen un noticiario radiofónico; disfrutan ser invitados a las reuniones con los gobernantes en turno y hasta quieren ser quienes hablen el día de la libertad de expresión para que el mandatario los vea con mirada aprobatoria.

Se dicen cosas horribles de la libertad de expresión.

Mientras platicamos de los tamales, su salida del grupo Radio Oro y de su novela, le marcan por teléfono.

—…  

—Querido Toño (Grajales Farías).

—…

—Claro que sí, mi Toño. En la Ruta de los Vinos de La Paz.

—…

—El lunes nos vemos, querido Toño.

—…

—Te mando un abrazo.

Cuelgan.

—Era Toño —dice Mejía— vamos a comer el lunes.

La plática, por alguna extraña razón que de plano no recuerdo, se torna sobre los periodistas locales. No hay quien se salve. Algunos son bien tratados, otros de plano son mandados a ese lugar que nadie quiere estar: en nuestro diálogo.

Se dicen cosas horribles de los periodistas poblanos.

—¿Te acuerdas del joven Pandal (José Luis Pandal)? —pregunta Mario Alberto Mejía.

—Sí, fíjate que Manuel Frausto me hizo el favor de que nos rencontráramos. Qué mala onda que se murió. La verdad es que era un tipazo.

—Nunca entendí por qué no le caía bien. Cosa que nunca me importó —opina Mejía con el rictus típico del “me vale madres”.

—Supongo que por Fernando Canales.

—Pero que al final se terminó separando de Canales, ¿no?

—Es que si no estás con el Serrat poblano estás contra él. Y al final se ha quedado solo ahí hablando de cuando Joaquín Sabina lo conoció en alguna calle de Madrid. O cuando cantaba canciones de Cat Stevens.

—¿No ha cambiado nada?, verdad.

—Canales es igual que hace 26 años. Su mismo discurso de que no es panista ni priista ni perredista y qué hueva. Ya da hueva.

—Solo Juan Manuel Mecinas lo escucha.

—Y la izquierda buena ondita que más bien es como la derecha buena ondita, así como José Luis Escalera de Profética. Se dicen muy progres, pero son bien pinches burgueses. Se dicen de izquierda, pero no pagan o mal pagan. Todo en tono buena ondita.

Se dicen cosas horribles de Fernando Canales.

—Y por cierto ¿ya te llevas bien con Canales? —me pregunta Mejía.

—Yo sí, pero él conmigo no. Es muy rencoroso. Es como los Grajales, que no me perdonan que los demandé laboralmente en el noventa y ocho. 

Se dicen cosas horribles de Zeus Munive.

Regresamos a hablar del libro Se dicen cosas horribles de ti.

Justo cuando se lleva a cabo la charla, a un mes de que se presentó el más reciente libro de Mario Alberto Mejía, Facebook cambió su nombre por Meta. Mark Zuckerberg, dueño de una de las empresas por internet más poderosas del mundo, anunció la creación de la realidad virtual, del mundo paralelo, de ese espacio que seremos otros, esconderemos nuestro verdadero “yo” para fingir más en este capitalismo salvaje en el que vivimos, en el que controlan nuestros deseos, manipulan nuestros gustos y somos un triste algoritmo. 

—Me decía Mariana Mendivil que los clones serán como esa realidad virtual de Facebook. Porque nos colocaremos nuestros lentes, unos guantes y viviremos algo que no somos. Como Elena Poniatowska en mi novela.

—O Porfirio Muñoz Ledo.

—O Enrique Peña Nieto contestando un cuestionario para las revistas del corazón.

En un pasaje de la novela, la reportera cultural, que nunca falta en la provincia mexicana y que seguramente trabajó para el Cisen o para la extinta Dirección Federal de Seguridad y que se lleva con los chicos de la prensa porque les pasa los audios para que los transmitan en sus estaciones de radio, entrevistó al expresidente en la FIL.

—¿Principal rasgo de su carácter?

—Dadivoso.

—¿Su color favorito?

—Verde, blanco y colorado.

—¿Sus autores favoritos?

—Krauze, Gaby Vargas y Yordi Rosado.

“Quiúbole con Peña Nieto”, piensa el hipócrita lector de la novela.

Se dicen cosas horribles de Yordi Rosado.

Ya se acabaron los tamales y las cervezas. Son como las tres de la tarde y ahora Mario Alberto Mejía abre una botella de Don Julio Reposado. Trae unos limones partidos a la mitad y sal.

Se dicen cosas maravillosas del señor Don Julio.

—¿Para cuándo sacas el nuevo medio? —le pregunto.

—¡Yaaaaa! Ya lo quiero para fin de noviembre, principios de diciembre, pero ya. 

A esta nueva aventura periodística se va con él, Ignacio Juárez Galindo, quien ha trabajado en varios diarios y revistas. De columnistas tendrá al gran Carlo Pini, quien fue jefe de información de El Universal Puebla y editor de la primera plana de Excélsior; Alejandra Gómez Macchia, directora de la Revista Dorsia, titular de una casa editorial y escritora; Mario Martell Contreras, a quien Mejía llamó el Monsiváis de por aquí cerquita.

Se dicen cosas horribles del hipócrita lector.

Se esperan muchas sorpresas del Hipócrita Lector.

Regresamos a hablar del libro.

—Veo que sí lo leíste, Munive —me dice el autor.

—Claro que lo leí. Me fascinó el retrato de Poniatowska.

—Es que una vez alguien me entrevistó, pero no leyó ni la contraportada.

—…

Mario Alberto Mejía le dio un giro al estilo de la crónica en Puebla, le puso sabor a lo descolorido.

—¿Qué fue lo que más te gustó? —me inquiere el poeta.

—Pues que al final es una manera de escupir y vomitar a la élite intelectual mexicana. Es una forma (así lo interpreto) de sacudirse ese mundo de poses, actitudes falsas, frases, situaciones que solo sirven para el vil mercadeo. Es una manera de sacudirse ese espacio que todos queremos, pero que nos da miedo ser esos personajes, porque podemos caer en ellos, por eso cada quien su clon.

—Cada quien su clon.

Así como dijera la Tacón Dorado en la película Cada quien su vida.

Mario Alberto Mejía inició en los años ochenta conduciendo un noticiario radiofónico en la Sierra Norte, ya había pasado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y, aunque ya era antologado como uno de los jóvenes poetas del momento, renunció a todo ello y se fue a vivir a su natal Huauchinango.

En la década de los noventa le toca fundar con Fernando Alberto Crisanto, Fernando Canales y Marco Arturo Mendoza la estación de radio Sí FM, en el 98.7 del cuadrante. Era el productor de noticias y tenía un programa los jueves en la noche que se llamaba Intimidades Colectivas, que para la época era muy polémico. Una Puebla que aún vivía entre la visión conservadora y unos carolinos que se habían dejado llevar por los discos de José José y Los Pasteles Verdes.

Su vida periodística lo llevó a El Universal Puebla-Tlaxcala, que en ese momento dirigía Rodolfo Ruiz Rodríguez. Casi todos los buenos periodistas pasaron por la redacción de El Universal Puebla o por Cambio, sin demeritar a los demás medios de comunicación.

Ahí con Carlo Pini comenzó a escribir La Quintacolumna, la cual fue la causante de muchos odios hacia Mejía. Por ahí desfilaron políticos, empresarios, periodistas, hombres con sotana, policías, escritores, locutores, proxenetas, taqueros, chichifos, torteros, vaya, es que todos fueron embestidos por La Quintacolumna.

Le dio un giro al estilo de la crónica en Puebla, dejó de ser esa introducción farragosa y barroca propia de la región más transparente del aire.  

Le puso sabor a lo descolorido.

Más tarde dirigió la revista Intolerancia y el diario con el mismo nombre. El destino del director surgió cuando se fue a encabezar Cambio con un grupo de reporteros y fotógrafos que eran mal vistos por Mario Marín. La historia siguió en varios diarios hasta que en cosa de unos cuantos días llegue el Hipócrita Lector. 

El tequila se acabó y son casi las seis de la tarde. De pronto, como por arte de magia, aparecemos ambos en un restaurante de mariscos que está en la zona de Angelópolis.

“El último gran liberal fue Reyes Heroles”, digo en voz alta mientras recuerdo que, en el libro de Mejía, Krauze ha calificado a todos sus admirados como los últimos grandes liberales de México.

En ese momento, me tomo de un trago el caballito de tequila.

Nótese que para este momento ya estamos bien servidos, incróspidos, arácnidos, es decir, bien pedos.

Mario Alberto Mejía dice admirar a Reyes Heroles porque vestía zapatos Clarks a sugerencia de su hijo Federico.

Y sorbe de manera orgullosa su caballito de tequila.

Si algo caracteriza al poeta de Huauchinango son sus zapatos Clarks.

Se dicen cosas horribles de los Clarks.

Ahora, no sé por qué estamos hablando de Bob Dylan.

—Es el mejor, Munive —dice Mejía mientras le da un trago a su tequila.

—Sin duda, pero hay muy buenos, ahí está Van Morrison que sigue haciendo cosas muy chingonas.

—Pero es mejor Bob Dylan.

—Pero también Van Morrison.

—Pero es mejor Bob Dylan.

—…

Se dicen cosas horribles de Like a Rolling Stone 

Salto a otra conversación.

—Estoy viendo nuevamente Mad Men —dice Mejía, respecto a la serie en la que el protagonista Don Draper es como un personaje de su novela, porque se cansa de ser él para adquirir otra personalidad y quedar totalmente vacío por dentro tratando de llenar un espacio que está carente de todo.

—Ah, no mames —respondo.

—Es una gran serie, Munive.

Regresamos a hablar de algún periodista poblano.

En el libro Se dicen cosas horribles de ti, Fritz Glokner y Paco Ignacio Taibo II son los únicos personajes con carácter. Los demás son como protagonistas de la película de Luis Buñuel, El ángel exterminador, en la que los burgueses de la época encerrados en una mansión, de la cual no pueden salir, se van convirtiendo cada vez más en salvajes, mientras pasan los días en su cautiverio.

Quizá el peor cautiverio es el mental.

Leemos a las mujeres periodistas en la novela de Mario Alberto Mejía: Carmen Aristegui con Lydia Cacho. La primera le reclama a la segunda porque se hizo conocida y millonaria por el escándalo que vivió cuando la encarceló Mario Marín.

La ofendida le devuelve el golpe, pues le recuerda su relación personal con Emilio Zebadúa y que la información de la Casa Blanca fue una filtración de Marcelo Ebrard.

O vemos a un Aguilar Camín casi liándose a golpes con Jorge G. Castañeda, pues este le recordó su pasado salinista.

Vemos a los clones peleándose, a los verdaderos protagonistas y a un Raúl Padilla declarando a la reportera de cultura: “La FIL goza de cabal salud”.

Se dicen cosas horribles de los burgueses de bolsillo.

“A veces Enrique Krauze se aburre de Enrique Krauze”, cito una línea del libro de Mario Alberto Mejía.

Pero también a veces, uno se aburre siendo uno.

A veces, el periodismo poblano se aburre de ser periodismo poblano y se convierte en agencia de publicidad.

A veces, los políticos se aburren de ser políticos y por eso cada seis años vemos nuevos ismos (bartlismo, melquiadismo, marinismo, morenovallismo).

A veces, estamos tan hasta la madre que vamos a ir construyendo nuestros clones los cuales serán una mala copia de nosotros mismos, para poder descansar de nosotros mismos.

Se dicen cosas horribles de ti.

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OPINIÓN

Un fraude llamado amor

El amor abatido por las apariencias. La pasión confinada a las buenas costumbres.

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Por Julieta Lomelí Balver | @julietabalver

Pienso que hay detalles muy reiterativos en el asunto del amor. De repente uno puede concluir que lo padecerá de la misma forma a los 20, a los 30 y después. Lo peor que puede sucedernos siendo adultos es disimular su “magia” demoledora, hundiéndonos en la estupidez de enamorarnos como adolescentes.

Es suficiente enredarse con unos ojos melancólicos durante la lluvia, al otro lado de la calle. O encontrarse al romántico wertheriano, leyendo en el café más solitario del pueblo, para creer que esa nueva persona es distinta, compleja, afín. Una vez más, tropezamos con el lugar común de soñar con lo imposible, en la ironía de confiar en que todavía existirá algún otro que estará dispuesto a comprendernos y a la inversa. La historia se repite: primero enamorarse, después sufrir cuando se extingue la pasión, y otra vez, olvidando la miseria del pasado, volverse a entusiasmar con la picazón de un nuevo amante.

Hay que mirarnos en retrospectiva, no dejarnos enloquecer por amor. Asimismo, las particularidades tan similares de llevar nuestras íntimas historias de amor corresponden a la casi igual manera en que los demás llevan las suyas. Nuestras relaciones amorosas no son tan especiales y estrafalarias como creíamos.

La comprensión del amor está también determinada por su época. Las interpretaciones del amor, centuria tras centuria, no se salvan de repetirse. Siempre habrá algún escritor melancólico, con tendencias más bien conservadoras, que se amedrente por la vacuidad pasional de sus compatriotas. Cada siglo, los defensores del amor empuñan sus retóricas espadas, afilándolas con argumentos nihilistas, para combatir el placer por el placer y el sexo por el sexo. Este monstruoso mal que todo filósofo moralino quisiera extinguir.

Se podrían comparar las prácticas del amor moderno, este que se esconde en los engranajes de las primeras máquinas industriales, con las mostradas por los amantes en la actualidad.

Dice Émile Zola que el amor del siglo XIX es como un joven formal, políticamente correcto, que ve sus relaciones como una transacción monetaria, como “un negocio en la Bolsa”. Zola se queja del utilitarismo y la frivolidad con que las parejas mantienen sus nupcias. ¿Cómo es posible que el amor se convierta en un asunto empresarial? El amor abatido por las apariencias. La pasión confinada a las buenas costumbres. A la corrección política del caballero que busca una esposa para al fin tomarse la vida en serio. A la de una joven inexperta, que mantiene su pureza para convertirse en la señora y conseguir un estatus social, entre otras cosas más, que mucho tienen que ver con el dinero.

Zola afirmará que el amor de las dos centurias que le preceden siempre fue mejor que el de su época. Esta nostalgia frente al eros que ya no es —y que seguramente jamás fue tan espléndido—, este creer que el amor podría haber sido mejor en otros tiempos, es el que tantos intelectuales, novelistas y poetas sienten frente a un asunto que pareciera estar sobrevalorado.

Se han construido castillos en el aire, fortalezas estéticas idealizando el amor. Sobre ese sentimiento “tan sublime” ha echado sus raíces una gran parte de la cultura occidental. La literatura, la música y el cine nos recuerdan hasta el infinito que no hay nada superior en la vida que enamorarse. No les creo.

Pero una cosa es cierta, este sentimiento que se objetiva de distintos modos siempre estará en boga. Porque al final, el amor es el pretexto para que la especie no se extinga. El eros detrás de los bastidores disimula la suprema ley de la naturaleza que nos arrastra a querernos los unos a los otros. Somos todos, insalvablemente, el receptáculo de la vida. Así vamos, una tras otra relación, sintiendo amor, generalmente de manera parecida. Solo cambia la persona, el cuerpo, el nombre, la mirada. Pero el deseo que nos arrastra hasta el hoyo infinito del eros, a veces es igual de intenso y después irremediablemente, igual de monótono. La necesidad de enamorarse es casi inmutable.

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OPINIÓN

Matrimonio Igualitario ¿Qué dice Puebla?

¿Qué piensan los poblanos sobre el matrimonio gay y la adopción de niños por parte de estas parejas? ¿Seremos los poblanos tan cerrados como nos ha estigmatizado el país entero? Aquí la encuesta de Mas Data.

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Por Mas Data y Edmundo Velázquez | @mundovelazquez

Este mes, en Revista 360° Instrucciones para vivir en Puebla presentamos los números de una encuesta proporcionada por la empresa Mas Data, donde se plasma qué piensan los poblanos acerca del matrimonio gay y la adopción de niños por parte de estas parejas. ¿Seremos los poblanos tan cerrados como nos ha estigmatizado el país entero? Contrario a lo que se pudiera pensar, la postura conservadora histórica con la que se relaciona a los poblanos persiste, pero se matiza al preguntarles su opinión con relación a los matrimonios del mismo sexo.

La empresa Mas Data practicó alrededor de 800 cuestionarios a poblanos, a quienes se les preguntó: “¿Qué tan de acuerdo está con los llamados matrimonios igualitarios o entre personas del mismo sexo?”. La mayoría contestó “En desacuerdo total”. No es de extrañarnos. La respuesta obtuvo la mayoría con 32.8%. Sin embargo, no muy lejos se encuentra la respuesta “Acuerdo parcial”, con un 25.5%, y después le sigue “Acuerdo total”, con un 24%. Finalmente se encuentra el “no, parcial”, a las uniones del mismo sexo, con 12.5%. El acuerdo representa, sumadas ambas opciones, un total de 49.5%, mientras que el desacuerdo entre ambas opciones, parcial y total, suma apenas 45.3%.

Sumados los acuerdos y desacuerdos, se revela que los poblanos están, en mayoría, de acuerdo con los matrimonios de parejas del mismo sexo. Pero la lectura cambia cuando se plantea y cuestiona sobre la adopción. A la pregunta “¿Qué tan de acuerdo está con que parejas homosexuales puedan adoptar a menores?”, los poblanos responden con un tajante no. El “Desacuerdo total” gana con 46.6%. Casi la mitad de los poblanos lo desaprueba.

Le siguen las opciones de “Acuerdo total”, con 17.1%, y “Acuerdo parcial”, con 17%. Mientras que el “Desacuerdo parcial” queda en el cuarto sitio, con 15%. Al final, 4.3% prefirió no responder o decir que no sabrían qué contestar al respecto. En este caso, el desacuerdo total y parcial sumados representan más de la mitad de los poblanos, 61.6% de los encuestados no están de acuerdo en que las parejas gays en Puebla adopten. Si a este espinoso tema se le cruza con la política, se tiene otra lectura.

A los encuestados se les preguntó: “¿Usted votaría por un partido o candidato que promoviera la adopción de menores por parejas homosexuales?”. La respuesta mezclada al contenido político provoca igual una respuesta tajante. “Definitivamente no” gana con 44.1%, “Tal vez sí” se quedó en segundo sitio, con 20.4% de las preferencias, mientras que “Definitivamente sí” alcanzó 16.1% y “Tal vez no” 13.9%. Las personas que no quisieron contestar o no supieron qué decir se quedaron en un porcentaje de 5.5%. A las cifras, sigue el debate

¿Qué tan de acuerdo está con los llamados matrimonios igualitarios o entre personas del mismo sexo?

32.8% Desacuerdo total / 25.5% Acuerdo parcial / 24% Acuerdo total / 12.5 % Desacuerdo parcial / 5.3 % No sabe / No contestó

¿Qué tan de acuerdo está con que parejas homosexuales puedan adoptar a menores?

46.6% Desacuerdo total

17.1% Acuerdo total

17% Acuerdo parcial

15% Desacuerdo parcial

4.3% No sabe / No contestó

¿Usted votaría por un partido o candidato que promoviera la adopción de menores por parejas homosexuales?

44.1% Definitivamente no

20.4% Tal vez sí

16.1% Definitivamente sí

13.9% Tal vez no

5.5% No sabe / No contestó

¿Quiénes contestaron esta encuesta?

La encuestadora Mas Data, que dirige José Zenteno, se dedicó a preguntar a los poblanos de las 25 distintas secciones electorales en Puebla, cuál es su punto de vista sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, así como qué opinan sobre la adopción de niños por parte de estas parejas.

Hablamos de un universo de casi mil encuestados, en los que 48% corresponde al sexo femenino y 52% restante se trata de hombres. Las personas abordadas tienen una edad entre los 18 y 56 años de edad. El 20.5% corresponde de los 18 a los 25 años; 27.3% de los 26 a los 39 años; 30.8% va de los 40 a los 55 años y 21.5% tiene más de 56 años de edad. De la muestra también se desprende que la mayoría de los que respondieron esta encuesta, 27.3% de los encuestados, trabajan por su cuenta o se autoemplean. Otros rubros más altos de acuerdo a lo que se dedican los encuestados son ama de casa, en 17%, 11.8% son estudiantes y 10.3% son empleados en una empresa privada.

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OPINIÓN

Defendiendo a la hermosa güeva

Todos somos huevones hasta que se nos demuestre lo contrario.

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Por Zeus Munive (el editor huevón ese)

A dichos personajes se les ha acusado de no hacer nada más que estar tirados frente a la televisión, tener pedazos de pizza regados alrededor de ellos, sin observar que están en ese momento en un estado zen.

Son poco comprendidos.

Están en todas partes: habitan en los hogares, en las universidades, en las casas de estudiantes, en los parques, en el zócalo y hasta en las iglesias, algunos esconden esa adicción bajo una sotana negra.

También abundan en las oficinas burocráticas.

Algunos son líderes de partidos políticos.

Otros tantos son líderes obreros.

“Diputados güevones, por eso están panzones” gritan en las marchas contra esos que se duermen las cámaras y cobran como si de veras trabajaran todos los días de su vida.

Unas son secretarias que su máximo esfuerzo es vender perfumes, zapatos y colchas, pero en la realidad están pegadas frente a una pantalla para revisar su Facebook, juegan Small Ville, You Ville y regalan vidas del Candy Crush, all the time.

Hay otras que no salen de su afición por las páginas como De10.com, Pijama Surf, Sopitas ad infinitum, que no aportan nada, pero eso sí, ya saben diez nuevas formas para realizarle el sexo oral a su pareja.

Los huevones son sancionados públicamente y ahora son mal llamados “ninis” porque ni estudian ni trabajan.

La hueva o güeva deriva de la idea del cansancio, del desinterés, de la falta de ganas por hacer algo. “Me dio güeva ir a correr, mejor me dormí otra hora”.

El origen de la palabrita proviene de los testículos, gumaros o huevos.

Suponemos que se le llamó así a la fiaca porque, como los testículos, siempre cuelgan de manera muy cómoda y relajada, además de no hacer otra cosa más que estar ahí sin producir ningún movimiento. Sólo esperan ser rascados, acomodados o apapachados, en el mejor de los casos.

Sus movimientos son lentos.

Puede soportarse ser huevón porque su sonido representa a un machín. No es lo mismo que le digan a una mujer que es una güevona o una floja que una fodonga.

Fodongo es una forma peyorativa de llamar a un huevón. Fodongo viene de flojo, de fofo, de panzón. Una señora fodonga es la que no se pinta, que sale de tubos al mercado, que todos los días anda de pants rosas hasta en el Starbucks.

Según el libro Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos, editorial Grijalbo, escrito por Héctor Manjarrez, hueva o güeva es el supuesto peso de los huevos o tompeates que produce el desgano. También es aburrimiento: “Me da hueva tu familia” y, por supuesto, es el reposo del cuerpo: “Me encanta la güeva”.

Existe una idea de que en México todos son unos huevones. Hace años representaban a los paisanos sentados a la sombra de una nopalera y envueltos en sus sarapes con grandes sombreros.

La imagen de Chano y Chon, para ser más específicos.

Siempre se ha satanizado a su majestad la güeva. Es un pecado capital, incluso, pero se le llama pereza de forma elegante.

Todos los humanos somos huevones por naturaleza, trabajamos para después echar la güeva. Peleamos por un coyotito reparador en la tarde. Sufrimos por el mal del puerco, que es ese sueño horrible que da después de zamparse unos taquitos de carnitas y hay que regresar a la oficina.

Los fines de semana, por lo menos el domingo, hay gente que ni se baña con tal de sentir que pueden ser güevones algún día de su vida.

Cuando nos despertamos siempre pensamos e imploramos al Señor: “Cinco minutos más”.

La güeva, hay que admitirlo, es de los placeres más censurados en la vida.

Y es que como dijera el director Alex de la Iglesia: lo que más me gusta de la vida si no me mata me engorda. Y la pereza es de esos placeres culposos con los cuales todos vivimos.

Si tienes un hermano menor lo pones a trabajar, si eres el jefe delegas, no por un asunto administrativo, sino para echar la güeva, si eres periodista, ah, qué rico echas la güeva, prefieres vivir del chayo. Si eres maestro, inventaste los puentes. Si eres mecánico, nunca encuentras las piezas del auto. Si eres consultor de imagen pública, asesoras a tu candidato y viajas por todo el mundo. Si eres escritor, pides tu beca del Fonca. Si eres líder sindical, bueno, te vuelves diputado.

Si eres editor de una revista… uff.

Y es que todos somos huevones hasta que se nos demuestre lo contrario, pues como decía Fontanarrosa: “La ociosidad es la madre de todos los vicios, y como buena madre, hay que respetarla, pues sólo hay una”.

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