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OPINIÓN

La infidelidad: renuncias o te quedas a crecer

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Por Carlos Peregrina

Como todo, también el discurso alrededor de la infidelidad ha ido cambiando. De ser considerada la serpiente que ofrece su manzana y que condena al infierno a quien la muerde, ahora amor, propiedad y vulnerabilidad entran en relación para darnos una nueva concepción de ella.

Una en donde la infidelidad es solo el síntoma de una falla mayor al interior de la pareja, pero donde solo tenemos dos opciones: irnos o seguir, y en ello, apostar al crecimiento. En esta entrevista a Juan Alberto Aguilar, psicoterapeuta Gestalt y nutriólogo, nos sumergimos por los motivos y las consecuencias de lo que significa una mancha en el vestido de Lewinsky.

Mi primera experiencia de la infidelidad ocurrió a los nueve o diez años. Adentrándome en la cajuela de un Cutlass Eurosport de color azul marino, encontré, junto a un extinguidor, bajo la llanta de refacción, en un rincón de la bolsa de herramientas, un par de condones Sico. Era la primera vez que veía aquel nombre de letras blancas sobre negro, subrayadas por una franja roja y otra dorada. Entre mis dedos, se sentían como ligas sumergidas en aceite y enclaustradas en un pequeño sobrecito metálico hecho para no llamar la atención. A mis nueve o diez años, no sabía qué hacer. Cerré la cajuela y se los entregué a mi madre.

A veces la infidelidad es una consecuencia”, sostiene Juan Alberto Aguilar, psicoterapeuta Gestalt y nutriólogo. “Históricamente, es coherente con el matrimonio. El matrimonio —entendido como el justo trato— tiene que ver con la propiedad privada y con cómo nos volvimos sedentarios. Había que heredar las tierras a los hijos, y en ese momento también surgió la infidelidad. De hecho, hasta hace relativamente poco, el matrimonio no tenía nada que ver con el amor. En ese sentido, la infidelidad es casi inherente a las relaciones. […] Pareciera que la fidelidad y el amor en la relación de pareja es algo humano, pero en realidad no. El amor siempre se encontró fuera del matrimonio: el matrimonio era un contrato de propiedad privada para que mis vacas se le quedaran a mis hijos, en tanto que el amor estaba afuera; los juglares, las prostitutas, las y los amantes, las doncellas raptadas, ahí estaba el amor, fuera del matrimonio. Las familias decidían con quién había que casarse, pero ahora podemos elegir. Incluso, la tecnología le añade un matiz diferente, porque estamos en la era donde creemos que tenemos el derecho de ser felices; entonces, como tenemos el derecho de ser felices, tenemos la obligación de buscar la felicidad, pero ¿será? Estamos a un match de conocer a cualquier persona del mundo”.

Juan Alberto Aguilar, psicoterapeuta Gestalt y nutriólogo.

Quizás hay que, como dice la chaviza: deconstruir el concepto, desmitificarlo. Emma Bovary comenzó fantaseando por las novelas románticas que leía. Pero una cosa es fantasear y otra los “condominios”. Ni modo que mi jefe asistiera a una divertida fiesta a inflar globitos, ¿verdad? Sin embargo, para una persona la infidelidad se concreta cuando se consuma una relación sexual o la intención de ella; para otras, mirar con lujuria a Lana Roadhes o a Johnny Sins es motivo de discusión. Mi padre seguía el ritual del alfa: se carcajeaba del dios mío de mi madre cuando decía que “había ido a una fiesta de payasos”, mientras la panzota se le agitaba como gelatina y se peinaba un despoblado bigote negro.

Juan Alberto Aguilar se toma un momento para continuar. El especialista quiere dejar algo en claro antes de responder a mi pregunta sobre la definición de la infidelidad: “Cada pareja define lo que para ellos significa la fidelidad y la infidelidad; sin embargo, esta guarda tres condiciones que tienen que ver, en primer lugar, con el secretismo, porque incluso en una relación abierta puede haber infidelidad si una de las personas no lo menciona a la otra y ello no estaba en el acuerdo. En segundo lugar, tiene que ver con la intimidad emocional: definir si tiene que haber contacto íntimo o una amenaza de intimidad emocional; y en tercero, la alquimia sexual. Las relaciones a largo plazo generalmente producen mucha seguridad, pero al mismo tiempo esa seguridad puede provocar cierto aburrimiento, porque no hay amenaza de perder; en tanto que en la infidelidad hay una alquimia sexual impresionante que tiene que ver justo con permitirnos hacer cosas que en la cotidianidad no nos permitimos”.

Tal vez mi madre era Dolly Parton y mi padre visitaba a una Jolene poblana de mechones rojizos, piel marmórea, pupilentes verdes y aliento a primavera. Jolene, Jolene, Jolene, Jolene. I’m begging of you please don’t take my man. Pero quizá algo ya estaba sucediendo en su relación desde antes: disparidades, deudas, reclamos. Tal vez el aburrimiento: Es tarde y en mi casa / Me espera la tristeza / El futbol, mi marido / Y un vaso de café.

“Cuando veo una infidelidad, en el fondo veo una historia, una historia que habla de la infidelidad como un síntoma”, dice Juan Alberto. “No te podría decir si estoy en favor de la infidelidad, porque es como si te dijera que estoy en favor del cáncer, pero conozco personas que después de una experiencia con el cáncer resignifican su vida. De la misma manera, veo que muchas parejas, después de haber transitado por una experiencia de infidelidad, resignifican su relación, resignifican cómo es estar juntos y se revaloran. Más bien te diría que la infidelidad es un testimonio de la pareja, y cuando se sabe leer y se entiende el significado que tuvo, la pareja crece muchísimo. También hay parejas donde la infidelidad es la bala de plata que mata una relación que ya estaba moribunda”.

La catedral y las capillitas

Me pregunto cuál es el papel que la religión y la moral juegan en nuestras concepciones sobre la infidelidad. Al final de cuentas, mi madre se quedó con mi padre y vivieron juntos y juntos se fueron. Nunca sabré cómo lo resolvieron. Pero sí recuerdo a mi abuela preparando paños fríos para desinflamar el ojo azul Cutlass Eurosport de mi madre, cerrar la puerta de su habitación y decirle: “Hija, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

“La religión y la moral son las que más influyen en nuestras concepciones acerca de lo que está bien y lo que está mal”, dice Juan Alberto. “Además, Occidente ha buscado perpetuar el tema de la propiedad privada como un elemento de justicia, pero también es interesante cómo se percibe la infidelidad desde el punto de vista de un hombre o de una mujer. La infidelidad suele ser consentida cuando la comete un hombre, casi se le ha aprobado por naturaleza, mientras que a una mujer se le juzga, cuando en realidad no hay ninguna evidencia clara y concisa que diga que los hombres tienen una tendencia genética o más natural hacia la infidelidad, pero socialmente sí”.

Las últimas investigaciones de la American Psychological Association (APA) afirman que entre 36% y 75% de la población podría llegar a ser infiel, un intervalo muy amplio que no sirve de nada. Además, como se trata de una definición subjetiva y personal, sostiene Juan Alberto Aguilar, es tarea imposible aproximarse a conocer el universo de la infidelidad.

Lo que sí sabemos es que, entre más represión, el desfogue será mayor. Ahí está la tan mentada imagen de la olla exprés. Pero en nuestras sociedades el desfogue no explota, sino que se le da escape en el más conocido de los anonimatos, en la más iluminada oscuridad, en el secreto más visible. “Una de las estadísticas interesantes de Puebla es que es un estado, en particular la ciudad de Puebla y Cholula, que tiene una gran cantidad de iglesias, cantidad directamente proporcional al número de moteles. Esta estadística habla justo de nuestra forma de concebir la infidelidad y de esta estructura moral y social a través de la cual vemos la sexualidad”.

Por esas concepciones se soportan malos tratos, malas palabras, groserías, golpes, pero la infidelidad es más compleja: “He conocido parejas que son muy valiosas, que han crecido mucho juntos, que tienen un contrato muy profundo en su relación, muy amado, y que en un borrachazo uno fue infiel. En nuestro entorno y contexto social eso es imperdonable, y tienes que dejarlo o dejarla cuanto antes”.

Quizá lo más difícil viene después del acto de infidelidad, cuando empiezan a bullir las preguntas: ¿Quién soy yo después de esto? ¿Podré confiar de nuevo en esa persona? ¿Podré confiar de nuevo en alguien en la vida?

Una terapia de Kintsugi

En la pared de la sala de la casa hay una foto de la boda de mis padres. Están acompañados por mis abuelos maternos y posan en el atrio de la Parroquia de María Reina. En otra fotografía sobre la vitrina del comedor, aparecemos mis padres, mis dos hermanos y yo en el malecón de Veracruz. Al paso del tiempo, no sé lo que aquel hallazgo en la cajuela del coche significó para ellos y para su relación. El panzón dio paso al flaco, el burócrata al jubilado, y en los ojos de mi padre ya no veía yo al cínico guardián indestructible, sino al ser humano más vulnerable del mundo. Mi madre se había ensanchado un poco y el cabello largo, castaño y lacio de la juventud dio paso a un casco enchinado color rojizo. “Mi alegría son mis hijos”, decía a medio mundo con sus ojos apagados.

Foto: Web

“¿Hay alguna forma de prevención de la infidelidad?”, le pregunto al terapeuta intentando descifrar la receta perfecta, aunque por adelantado sepa que tal cosa no existe.

“Los seres humanos nos estamos moviendo todo el tiempo, no somos los que fuimos ayer y no somos los que seremos mañana, todo el tiempo estamos renovándonos”, me dice Juan Alberto Aguilar. “Muchas veces es complejo llegar a acuerdos con uno mismo respecto de nuestros deseos y metas: por lo tanto, en una relación de pareja con dos personas que se están moviendo, por supuesto que tiene que hacerse una renegociación constante de los términos de la relación, sabiendo que esto que se negocia ahorita puede ser que en un año se tenga que dialogar, porque las necesidades cambian, porque no es lo mismo alguien a los 30 que a los 40”.

La respuesta de Juan Alberto me dice que detrás de una historia de infidelidad, incluso desde el punto de vista del “perpetrador”, hay una historia de dolor, pero también de vulnerabilidad.

Mis padres no fueron a terapia de pareja con un psicoterapeuta Gestalt, comprensivo y con un profundo entendimiento del alma humana, capaz de dar sentido a lo que muchos conciben como la forma más caricaturesca de la traición. Quizá mi padre, un burócrata nacido en tiempos de Ruiz Cortines, venido a más por las gracias del Milagro Mexicano y acostumbrado a creer que se había hecho a sí mismo; y mi madre, secretaria en el periódico La Prensa e hija de un mecánico automotriz que dedicó su vida a las mayordomías cholultecas, decidieron arreglarse y perdonarse y todo ese show, o hacer del sufrimiento una hoja de papel arrugado entre la mano y ocultarlo adentro muy adentro en el abismo del resentimiento, dentro del pecho, y que nunca, nunca saliera.

Estoy seguro de que, en la actualidad, el trabajo de terapia con las parejas que han pasado por una infidelidad es muy complejo, y no se reduce al simple “no pasa nada” de mis padres. Cuestiono a Juan Alberto sobre su labor en el consultorio: “Cuando estamos en consulta una parte es hacerle vivir y saber a la víctima que no fue tan víctima, que atrás de esta infidelidad hubo muchas cosas, que atrás de la infidelidad tal vez hubo un proceso de invisibilización, malos tratos, o tal vez la persona era bastante buena, pero la otra tenía una necesidad diferente. Esther Perel sostiene: ‘Cuando una persona termina una relación o cuando una persona es infiel, no tiene que ver con la persona con la que fue infiel. Generalmente tiene mucho más que ver consigo misma’. Vamos a suponer a una esposa, la ama de casa, la segura, la madre, la que sirve, pero de repente él conoce a otra persona y se convierte en alguien diferente, y al hacerlo descubre más cosas de sí mismo, se le abren posibilidades y se siente en crecimiento, pero no tiene nada que ver con la esposa. Es un tema completamente personal, y cuando la persona se entera de eso y entiende la complejidad, se libera un poco y le es más fácil perdonar”.

“¿Se puede arreglar?”, le pregunto.

“Se puede arreglar, siempre y cuando valga la pena resignificarlo, cuando hay una pareja que vale la pena, y cuando digo que valga la pena es una pareja donde ha habido respeto y crecimiento. Pero cuando hay una relación que ya se estaba muriendo, dañina, tóxica, donde había mucha humillación, mucho lastimarse, y hay una infidelidad, lo mejor es que cada uno maneje su duelo de forma individual, porque en realidad la infidelidad fue la forma de voltear a ver el cadáver de la relación. […] Cuando la persona que fue lastimada o a la que le fueron infiel mira la complejidad del caso y es apoyada por la persona que realizó la infidelidad, entonces puede haber desarrollo. Por lo general, la persona a la que le fueron infiel comienza a indagar los detalles más específicos: ¿Cuántas veces fue?, ¿Con quién?, ¿Le gustó?, ¿Le gustaba más con ella o con él que conmigo o no?, etc., y muchas veces eso hace que la persona también se instale en su papel de víctima. […] En el entramado de la relación se puede ir sanando desde ahí. La persona que sufrió la transgresión deberá entender lo complejo que fue para la persona infiel, y al mismo tiempo decidir si puede o no seguir. Si no puede, entonces decirlo. Si sí puede, asumirlo y trabajarlo”.

“Nosotros somos lo que nos contamos de nosotros, somos la historia que nos creamos de nosotros, y muchas veces el dolor y el sufrimiento se dan cuando no tenemos la historia completa, ya sea porque yo no la puedo completar o porque el otro no me da la información para completarla. Así, parte de lo que pasa en la sesión de terapia con una pareja que ha vivido una experiencia de infidelidades poder completar la historia para que los miembros de la pareja decidan si se quedan o si se van, pero una vez que ya están todos los matices puestos, cuando ya toda la información está dada. Es en ese momento cuando se habla de la cocreación de la pareja, de lo que las dos personas crean juntos en la relación. […] Hay una frase que me encanta de Carl Rogers, que creo puede aplicar en el trabajo de pareja sobre la infidelidad y en otras situaciones: ‘La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal cual soy, entonces, puedo cambiar’, y creo que eso pasa también en la dinámica y en el trabajo de la pareja, que justo cuando la pareja se puede mirar en conjunto, como la unidad que son, entonces puede cambiar, puede desarrollarse o puede terminarse, pero puede cambiar”, concluye Juan Alberto.

A la distancia, hasta el cerro más grande se ve pequeño. Mis padres ya no están y cada uno se llevará consigo una porción de secreto. Una porción con la que ahora escribo esto, ayudado por las palabras de Juan Alberto.

* * *

En Japón se practica el arte de reparar los objetos de cerámica rotos utilizando un esmalte espolvoreado con oro. Le llaman Kintsugi. Una vez terminado, el objeto muestra sus cicatrices con orgullo, pues ellas, doradas y brillantes, lo vuelven aún más bello.

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OPINIÓN

EDITORIAL

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Si usted cree que Puebla solo es mole poblano, chiles en nogada (siempre deben ir capeados, por cierto), tortitas de Santa Clara, borrachitos, está usted equivocado; si usted cree que la Revista 360º Instrucciones para vivir en Puebla solo es de corte político, sobra decir que está usted perdido y debe dejar de ver las publicaciones de sociales.

Resulta que esta es nuestra 5.a edición del “Sensacional de taquerías”, una edición especial que hemos hecho con todo, y cuando decimos “con todo” quiere decir que es con salsa de la que pica, cebollita, cilantro, chilitos y un limón (no todo lleva limón, pero a veces sí).

Desde el 2008 hemos hecho varias versiones de taquerías, que van desde árabes, al pastor, los necesarios de asada, los de guisado y un largo etcétera, y hemos incluido torterías, aunque aún no entendemos por qué ya cada vez hay menos negocios de esa naturaleza en la ciudad de Puebla, antes había tortas en todos lados y bastante buenas, como las clásicas del Rayito o en su época las Tortas Luis, que estaban en San Agustín y ahora están sobre la 7 Sur.

Una de las razones por las que existe esta revista es porque creemos fielmente en la comida y la gastronomía, sabemos que, además de ser lo que nos genera energía, nos genera placer y aumenta nuestra dosis de dopamina en el cerebro.

Sí, ya sabemos que mucho de lo que proponemos aquí es carne y tortilla, es decir, el platillo por naturaleza del mexicano. Que no fomentamos el veganismo, que para comerse unos taquitos de lechón ahí con Tito, tuvieron que sacrificar a un marrano bebé que aún lactaba y que lo llevamos del estómago al duodeno, al colon y… bueno, es lo de menos. Qué ricos taquitos de puerquito, con perdón de Pepa Pig y Miss Piggy.

La verdad es que no podemos ser hipócritas y negar que esos taquitos de asada, o las cemitas con una buena milanesa, o un taco de guisado con sus rajitas debe ser engullido con mucho honor, porque es el platillo por naturaleza del mexicano.

Hace años se decía: “tres cosas comen los poblanos: cerdo, cochino y marrano”. La situación no ha cambiado tanto, ya que el chancho se ofrece en diferentes presentaciones, y quien diga que no ama unos buenos tacos árabes (de La Oriental por supuesto que no, esos tienen mucho que dejaron de ser buenos), unos de Roger (los de salpicón son de mis favoritos), o una buena semita de pata (esta es con “s”, no con “c”) de don Beto, ahí en La Acocota, no sabe lo que es amar a Dios. La intención de llevar esta edición sobre tortas, tacos y cemitas con “s” o con “C”, es con la finalidad de recomendar más cosas para disfrutar en Puebla.

El turismo no solo es caminar por el centro de Puebla y no haber pasado a comerse unos molotes de la 5 Poniente, junto al PRI municipal. O a la vuelta comerse unas clásicas quesadillas, o echarse unas cremitas de La California ahí en la 2 Oriente a media calle de Santo Domingo.

No, señores, Puebla es más ancho que sus caderas y este no va del centro a Angelópolis. Puebla es muchas Pueblas, y quien lo niegue no conoce lo que se prepara en esta ciudad, pues no solo hay restaurantes, también hay puestos callejeros.

Así que, sin mayores preámbulos, les dejamos esta edición especial para que haga su propio tour del taco. No olvide llevar un buen Riopan, un omeprazol o, en su caso, bicarbonato o sal de uvas, porque la grasa no perdona.

Buen provecho.

Zeus Munive Rivera

Editor

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OPINIÓN

El Tendedero

Alguna vez leí que lo que se dice por la boca debe de sostenerse con los huevos… no hay mayor verdad.

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La responsabilidad de tus opiniones

Gilberto Brenis / @GilbertoBrenis

Trabajar para un medio de comunicación y tener la posibilidad de que lo que dices sea escuchado por cientos o miles de personas es una responsabilidad gigantesca. Es verdad que el público quisiera que uno fuera completamente imparcial o neutro, pero la realidad dista mucho de ese sueño. Si se trabaja en un programa de opinión lo que enriquece justamente es los diferentes perfiles o perspectivas que cada integrante puede tener sobre un mismo tema. Te pueden catalogar de conservador, de liberal, de chairo, de fifí… pero cada cabeza es un mundo.

Lo que sí es un hecho es que cada vez que se expresa una opinión, debe de estar sustentada al menos con el conocimiento de causa o con la fortaleza de tener los elementos suficientes para poder externarla. Siempre tenemos la opción de conocer nuevos elementos y recular o cambiar nuestro parecer, bien dice el dicho que es de sabios cambiar de opinión.

A lo largo de mi carrera en los medios, he externado mi parecer sobre diferentes casos polémicos pero siempre trato de tomar los diferentes lados de la historia para poder entender los sentires y pareceres de todas las partes involucradas, nunca he externado una opinión basado solamente en el que una persona me caída bien o mal.

¿A qué voy con todo esto? A que honestamente me preocupa la ligereza con las que se toman algunas personalidades de redes sociales la enorme responsabilidad de llegar con sus mensajes a millones de personas.

Yo sigo sin entender la fama descomunal que muchos youtubers tienen porque considero que su contenido no es de interés, al menos para mí. Pero eso no quiere decir que no lo sea para muchísimas personas más.

Usar esa plataforma para denostar, insultar, agredir o motivar a que tus seguidores denuesten, insulten o agredan lo considero un acto carente de valentía y muestra fiel de la falta de preparación de muchos de estos influencers.

Si te vas a aventar la puntada de agredir verbalmente a una persona, debes de tener en conciencia la posibilidad de que la parte afectada revire el mensaje de múltiples formas, incluyendo demandas.

Todo lo que se dice tiene consecuencias y eso debemos de tenerlo muy presente cada vez que abrimos la boca.

Ser youtuber o influencer no se trata de crear polémica o de generar likes y monetizar, se trata de impactar con mensajes que tengan la valía de ser sustentados con huevos… y no hay más.

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OPINIÓN

Fritz Glockner: mi padre el guerrillero

Cuando al niño Fritz Glockner le preguntaban a qué se dedicaba su padre, él rompía el esquema en su escuela.

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Por Zeus Munive

(Texto publicado en la Revista 360 Grados Instrucciones para vivir en Puebla en Junio del 2013)

Foto: Carlo Echegoyen

Cuando al niño Fritz Glockner le preguntaban a qué se dedicaba su padre, él rompía el esquema en su escuela. “¡Mi papá es médico! ¡Mi papá es abogado! ¡Mi papá es empresario!”, presumían sus compañeros entre los rechinidos de los pupitres y las manos estiradas.

La maestra haría seguramente muecas cuando Fritz se levantaba: “Mi papá es guerrillero”.

“¡Tener un papá guerrillero siempre fue muy chingón! Porque estabas en la escuela y todos querían tener un papá bombero. Pero yo me los chingaba a todos cuando se levantaba mi manita y les decía: ‘Mi papá es guerrillero, ¡putos!’, relata sin soltar el cigarro, pero hinchado de orgullo, el escritor Fritz Glockner.

El autor de Cementerio de papel y Veinte de cobre advierte que su historia no es para tirarse al piso, ni para venderla como melodrama barato. Hoy, convertido en padre primerizo a sus 50 años, lo confirma y está convencido: su padre abandonó a su familia, pero también el camino seguro de la vida acomodada, el de ser el propietario de un hospital para tomar la guerrilla en sus manos, pero por el profundo amor que le profesó a todos sus hijos. Porque luchaba por ellos.

Napoleón Glockner dejó a su esposa Gloria Corte en total encargo de sus hijos: Ligia, de 18 años; Nadia, de 17; Napoleón, de 15; Fritz, de 9 años por cumplir 10, y el menor de todos, que apenas cumplía 2 años, Enrique.

“Siempre lo he dicho: no creo que mi papá se haya decidido por ser guerrillero porque un día haya despertado y haya dicho: ‘¡Ay, que hueva mi vida! ¡Necesito adrenalina! Cabrón, ¿qué hago? ¡Futbolista! No. Soy medio huevón para ser futbolista; este… ¿mago? Ya no tengo las habilidades para aprender la magia. ¡Guerrilla, güey! No mames, ¡me voy de guerrillero!’. No creo que haya sido una decisión de la noche a la mañana, ¿no?”

Contrario a lo que muchos pudiéramos pensar, el año de 1968 no detona exactamente todos los movimientos armados de guerrilla en el país, como cuenta Fritz Glockner. La guerrilla en México siempre existió con líderes como Rubén Jaramillo en los levantamientos campesinos del año 1943, la movilización de Gámez y Gómez en Chihuahua desde el 1963 hasta 1965, así como Lucio Cabañas en Guerrero, mucho antes de 1968.

“¿Qué pasa? Que con el 68 se genera una guerrilla más intelectualizada o ideologizada. Y, si quieres, de ahí también podría partir un poco el germen de por qué mi papá se fue de guerrillero. Nunca se lo pregunté, no hubo tiempo para preguntárselo. Pero me queda claro: fue por amor a sus hijos.”

Napoleón Glockner visitó Cuba alrededor del año 1966; para diciembre del 68 se pincha un dedo y, con su sangre, escribe “ASESINO” en la tarjeta de Navidad que mandaba el entonces presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, cada año a la casa de su padre, Julio Glockner Lozada, y la devuelve a Los Pinos, así, ensangrentada. Años después estaría tomando las armas, dejó estatus y el hospital Servicio Médico Poblano.

“¿Por qué mi padre se fue a la guerrilla? Bueno, las razones reales, salvo que saquemos una ouija, no las sabremos. Me queda claro que no fue una chaqueta mental, de un día para otro.”

Fritz da total crédito a su madre, Gloria Corte, porque a pesar de que se quedó sola, mantuvo la unidad familiar y evitó, sobre todas las cosas, que esa ausencia se tornara en trauma para sus hijos. Gloria jamás inyectó odio en sus hijos, ni pensó en contar la historia típica del padre que se va por cigarros o con la amante. Sin embargo, Fritz sí tiene que dividirse entre las voces del hijo abandonado por su padre y el adulto que hoy es.

“Aquí siempre cerraría yo con la frase que el niño Fritz ante el abandono siempre ha dicho: ‘¡Chinga tu madre, Napoleón Glockner! Me valen madre los niños pobres de México, cabrón, o las causas nobles’. El niño Fritz quiere a su papá, güey, punto. Y más si era el consentido”, dice el escritor con ese tono ácido, casi cáustico que siempre le ha acompañado.

Inmediatamente después contrasta:

“El adulto Fritz dice: ‘¡Ay, cabrón, mis respetos! Haber tenido los huevos de abandonar familia, abandonar estatus social, abandonar comodidad, por ir en busca de tus utopías. ¡Ah, cabrón! Hay que tener huevos para eso’.”

Para Fritz, su padre no entra en la categoría de héroe; esos “los construyen los historiadores mamones”, dice. Él solamente prefiere admirar los tanates que llevaron a Napoleón a tomar las armas, dejar su vida segura, a su familia, su tierra, su arraigo. Seis meses antes de que Napoleón dejara a su familia, viajó con ellos a Disneylandia.

El paradero de Napoleón lo ubicaron hasta dos años y cuatro meses después. Hasta ese día es que su familia tiene certeza de por qué se fue y que había tomado el camino armado. Era febrero de 1974, Napoleón Glockner era la noticia de arranque en 24 horas de Jacobo Zabludovsky. La televisión les dio la noticia de que su padre era huésped distinguido del famosísimo Palacio Negro de Lecumberri. A pesar del deplorable estado en que Napoleón fue presentado a su familia en Lecumberri, por fin los Glockner tenían un aliciente: la certeza de que estaba vivo.

“Porque ya sabíamos dónde chingados estaba y teníamos la posibilidad de irlo a ver. Claro, haber llegado a Lecumberri en esas condiciones y demás. Pero a pesar de que estabas entrando a las entrañas del infierno, no te daba miedo. Porque estaba yo viendo a mi padre”, cuenta Fritz, que para ese entonces no pasaba de los 14 años.

Huésped distinguido

El historiador no olvida los aromas de Lecumberri. Un sitio que para él ya es una segunda casa, otro hogar. El Palacio Negro le viene a la memoria en ese entonces y hoy, contrasta convertido en el Archivo General de la Nación, casa de todos los fantasmas del país, en espíritu y sustrato.

—¿A qué olía Lecumberri?

—Olía a orines, a mierda, a terror, a pánico, a injusticia, a impunidad, a extorsión. ¡Esos son los olores de Lecumberri! Fuimos todos. Era un domingo común y corriente y, por lo tanto, podíamos entrar todos; bueno, menos Quique, que era un bebé. A ese primer viaje, primer encuentro, no va Quique; van mis tres hermanos mayores: Ligia, Nadia, Napoleón y yo; mi mamá, mi tía Judith, mi tía Minerva.

Fritz se volvió asiduo visitante de Lecumberri, tenía acceso cualquier día, pero se le negaba entrar a las crujías por ser menor de edad. Napoleón residió primero en la crujía G y luego en la A. Y su familia lo visitaba miércoles, sábado y domingo. Así lo hicieron durante seis meses. Hasta la fecha, la madre de Fritz no puede volver a unas cuadras de distancia del Palacio Negro.

Para el escritor es otra historia. El lugar se volvió el espacio físico donde ubicaba a la figura paterna. Fritz hace aquí una advertencia obligada. Nunca le simbolizó un shock, un trauma, pues nunca se ha dejado llevar por las reglas de la tragedia.

“No puedes flagelarte más allá de lo que la realidad pretende flagelarte. Entonces, por eso hablo de que era mi segundo hogar, ¿no? Porque ahí era el espacio, el inmueble donde se encontraba uno de tus amores, una de tus creaciones de la imagen paterna: papá. Y era chingón irlo a ver, muy a pesar de todos los olores y sabores de Lecumberri.”

La familia Glockner tuvo a bien entrar en una cotidianidad con la prisión, la angustia diaria de esperar que Napoleón continuara sano y salvo, pagar la renta de la celda y un extra para que estuviera más cómodo, pues podían ubicarlo en celdas donde estuviera hasta con otros 30 reos. “Aprendes a vivir con la angustia unpoco en la garganta; poco a poco aprendes a tragarla para que no se te quede”, dice Fritz.

Curioso, pero el historiador asegura que no tuvo necesidad alguna de recurrir a psicólogos o psiquiatras para salir de ese trauma en la construcción de una imagen paterna. Se dedicó a escribir lo observado y, producto de ello, fue Veinte de Cobre, la novela donde cuenta gran parte de las anécdotas. Esto le ayudó a evitar seguir, lo que bien llama, las reglas de la tragedia.

“Vengo de una familia con un apellido donde la sátira, el desmadre, el valemadrismo se mama cabrón. Con un abuelo como el que tuve, tan chingón, cagándose de risa de todo el mundo, de él mismo; vienes ahí como de una saga sanguínea cabrona”.

Gracias al patriarcado de su abuelo Julio Glockner Lozada (eminente rector de la Universidad Autónoma de Puebla a partir de 1961, pionero en educación sexual y en el tratamiento de enfermedades en ese entonces llamadas venéreas), Fritz y sus hermanos construyen una identidad paterna más sólida, aunque, cuando el doctor Glockner visitó a su hijo Napo, la imagen de ambos pilares que se derrumbaban en lágrimas provocó un shockque hasta la fecha recuerda el historiador.

“Es una imagen cabrona que yo tengo. Entramos a Lecumberri y ver que mi abuelo llora abrazando a su hijo, quien también llora. Recuerdo que no lloré pero ver esa imagen de mis dos tótems, mis dos ídolos, mis dos pilares, mis dos papás que se derriten, muestran sus sentimientos”. La siguiente imagen de dolor vendría en 1975, año en que muere el doctor Glockner y Napoleón acude al entierro.

“Cuando estamos enterrando a mi abuelo, mi papá llora, pero porque no tengo la asociación en ese momento de que a quien estamos enterrando es papá de mi papá, pero mi padre también. Sí, Napoleón lloraba a su padre Julio. Y yo lloraba a Julio, mi padre y mi abuelo también. Tuve dos padres: Julio Glockner y Napoleón Glockner. Imagínate si no iba a tener una imagen cabronamente de titanes, y es en buen plan. ¡No es por presumirles!”, dice hinchado de orgullo.

Un año después, en 1976, Napoleón es asesinado. Así como primero se enteraron de su encierro por la televisión y 24 Horas, del asesinato se enteraron por una llamada telefónica.

“Como que ya estabas acostumbrado a vivir al borde de la vida. No que no te haya dolido, no que no nos hayamos desgarrado vestiduras ni la existencia. Pero pues se fue de guerrillero, güey, o sea, no se fue de misionero. Y si ya habíamos padecido Lecumberri y si ya éramos cuates de los pinches judas que se la pasaban siguiéndonos a la escuela, al boliche, a la casa de mis amiguitos, de las fiestas. Si ya tenía yo guaruras sin querer. Si el teléfono estaba intervenido desde el 61; desde que mi abuelo fue rector de la universidad, ¿no? Entonces, carnal, pus ya Napoleón Glockner en la memoria de su hijo jamás tuvo esa imagen de desvalido, moribundo o desahuciado. La vida para los Glockner se había definido como una cornisa, como el límite tan delgado entre dar un paso y saltar al vacío.

“Lo que pasa es que no lo creemos, lo que pasa es que no lo concientizamos y lo que pasa es que el oficio de mi papá estaba mucho más evidenciado por el oficio que había escogido practicar, ¿me explico? Y porque habíamos entrado ya al corazón del mismísimo nfierno: Lecumberri.

Frida

Fritz actualmente ve en la paternidad una convocatoria de emociones, esa rara situación, proceso que le tocó a los 50. Su primera hija (y al parecer será la única, según detalla) le vino a reforzar todo lo que antes había dicho sin conocimiento de causa.

“Yo había dicho que estaba convencido de que mi padre había optado por la búsqueda de la utopía e ir detrás de la ideología por amor a sus hijos. Había yo soltado de manera irresponsable y hasta panfletaria esa frase, hasta que tuve a Frida en mis brazos comprobé cabronamente mi panfleto o mi hipótesis; hoy día no tengo la menor duda de que mi padre se fue de guerrillero por amor a sus hijos, porque ahora soy padre.”

Muy a su estilo, Fritz se atreve a admitir que gracias a su hija Frida ha tenido varios golpes de realidad, en su ateísmo exacerbado recalca que en verdad los vástagos vienen con la contradicción teológica de “provenir del pecado”, pero “ser bendición de Dios”, como señalaría el cursi lugar común.

“Tener un hijo te hace descubrir una convocatoria de sentimientos, de sensaciones, de locuras que no experimentas si no es con un hijo, para no decir lo clásico de que es lo máximo. Tan es lo máximo, no es que sea lo máximo, es que es una convocatoria de emociones, de locuras, de sinrazones, de pánicos. Hoy Frida me dice “papi” y, bueno, ¡se me caen los calzones! ¡Se me caen los huevitos! ¡Se me cae el decoro! ¿Me explico?”

Glockner hoy refuerza la idea de que su padre salió a la lucha por él y sus hermanos. Encima de eso, lo ha confirmado con otros hermanos adoptivos, surgidos del vendaval. Junto con otros hombres y mujeres que padecieron la misma ausencia, la de un padre que se lanzó a la búsqueda de una utopía, fue que se formó la Asociación Nacidos en la Tempestad desde 1996, para hacer coincidir a los hijos de varios guerrilleros y desaparecidos políticos.

“Se abren los archivos de la Dirección General de Seguridad, empezamos a coincidir en un recinto tan maravilloso y tan tenebroso como suele ser Lecumberri, y fue naciendo la idea de tener un encuentro, un primer encuentro, y en el primer encuentro que se llevó a cabo en el 2005 nos juntamos 37 hijos de ex guerrilleros y fue maravilloso y nos sentimos hermanos a pesar de la diversidad de apellidos, de la diversidad de los estados en los que vivía cada quien”.

La organización se ha dado de alta como asociación civil y, aunque ha tenido sus altibajos por la intermitencia con la que se frecuentan los integrantes, sigue haciendo cierto tipo de trabajo orgánico, pero también ha evitado caer rehén de partidos políticos que busquen lucrar con sus apellidos.

“¿Se imaginan lo redituable que sería? Glockner en Puebla, Lucero en Chihuahua, hijo de Diego Lucero; Cabañas en Guerrero, qué quieres que te cuente. Cartagena en Jalisco, no, carnal, somos una posibilidad de botín político donde las hienas sonríen.”

La asociación ha mantenido contacto y cada determinado tiempo se reúne, pero las reglas del juego siempre quedan claras antes de fijar alguna postura, como ocurrió a la hora de apoyar a Mika Cabañas cuando su madre, Isabel Ayala, viuda de Lucio Cabañas, fue asesinada en Guerrero.

Lecumberri, otra vez tú

Irónico, pero cierto. El Palacio Negro no deja de ser el segundo hogar de Fritz. Volvió a la ex prisión ahora convertida en el Archivo General de la Nación para explorar entre los legajos y archivos de la Dirección General de Seguridad y volvió muchas veces más cuando su novela Cementerio de papel fue llevada al cine en una adaptación en la que él participó.

Aquella mole de concreto, construida a orden expresa del general Porfirio Díaz y hecha a medida para volverse un centro penitenciario de primer mundo a inicios del siglo XX, se volvió el culmen del dolor hasta los años setenta. Los mismos pasillos que recorrió Fritz rumbo a la crujía de su padre fueron los mismos que retomó, una y otra vez.

Advirtiendo que entra en terrenos de lo cursi, pide que noten su piel de gallina. El pellejo se le eriza de sólo recordar la vez que se le perdió al equipo de producción, al director y camarógrafos, actores y maquillistas, para poder buscar un rincón donde llorar con sus fantasmas a las tres y media de la madrugada, hora en que casi terminaban el rodaje de Cementerio de papel. Vino nuevamente, una escena más para ubicar al fantasma de Napo, el de su padre ausente, el guerrillero, el que por amor lo abandonó.

“Fui a pasear, a convivir con mis fantasmas y a sentarme en uno de los parquecitos en donde me

pude haber sentado con mi papá a fumarme un cigarro y es muy chingón. No tenemos por qué temerle a los fantasmas; al contrario, tienes que abrazarlos, tienes que empedarte, tienes que vacilarlos, tienes que llorarlos.”

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