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OPINIÓN

El Tendedero

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Gilberto Brenis / @GilbertoBrenis

José el Soñador y la magia del teatro

En 1984 se estrenó en los Televiteatros de la Ciudad de México la comedia musical original de Andrew Lloyd Webber, José el Soñador. Bajo la producción de Julissa y con una inversión importante, José logró muy buenas críticas y la respuesta del público que acudía a verla.

Julissa fue la encargada de la traducción de la obra que era protagonizada, en un inicio, por Olga María y Guillermo Méndez y, posteriormente, por María del Sol y Manuel Landeta.

Yo tuve la posibilidad de verla con el segundo elenco el 21 de julio de 1984, tenía 16 años. Me encontraba de vacaciones en la Ciudad de México en casa de unos tíos. Antes de ir al teatro hablé por teléfono con mi papá, hablamos de todo y de nada. Después de la función regresé a casa de mis tíos para enterarme que a mi papá le había dado un derrame cerebral y que tenía que regresar a Córdoba pues había fallecido.

A partir de ese momento José el Soñador se convirtió en uno de mis musicales favoritos y es que me había gustado tanto que decidí no mezclarlo con la muerte de mi padre, sino en hacerlo una especie de homenaje a él.

Este año el telón se vuelve a abrir justo en el mismo lugar, solamente que ahora se llama Centro Cultural y ha sido reconstruido después de caerse en el terremoto de 1985, y con Carlos Rivera y Fela Domínguez en los roles estelares.

Tuve la oportunidad de asistir a la noche de estreno para prensa y debo decir que la puesta en escena es simplemente espectacular.

Toda la producción corre perfectamente en pantallas que abarcan prácticamente todo el escenario y que tienen imágenes y animaciones específicamente realizadas para la obra y que están en sincronización perfecta con la música en vivo. El cierre del musical es simplemente una fiesta imposible de colorido, música, baile y energía.

No puedo evitar compartir que lloré. Me embargó la nostalgia, el recuerdo y la tristeza. También constaté que mi memoria no está tan mal porque me acordaba muy bien de las letras (en 1984 compré el álbum doble y lo escuchaba todo el tiempo).

Sin duda, José el Soñador puede ser un referente para muchos de los que amamos el teatro. Quienes la han visto tienen un cariño especial, por diferentes razones, a José y quienes no la han visto seguramente se enamorarán de ella.

Al final es una historia de confianza, de amor, de fe y de esperanza… todo esto que necesitamos ahora a raudales.

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OPINIÓN

Defendiendo a la hermosa güeva

Todos somos huevones hasta que se nos demuestre lo contrario.

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Por Zeus Munive (el editor huevón ese)

A dichos personajes se les ha acusado de no hacer nada más que estar tirados frente a la televisión, tener pedazos de pizza regados alrededor de ellos, sin observar que están en ese momento en un estado zen.

Son poco comprendidos.

Están en todas partes: habitan en los hogares, en las universidades, en las casas de estudiantes, en los parques, en el zócalo y hasta en las iglesias, algunos esconden esa adicción bajo una sotana negra.

También abundan en las oficinas burocráticas.

Algunos son líderes de partidos políticos.

Otros tantos son líderes obreros.

“Diputados güevones, por eso están panzones” gritan en las marchas contra esos que se duermen las cámaras y cobran como si de veras trabajaran todos los días de su vida.

Unas son secretarias que su máximo esfuerzo es vender perfumes, zapatos y colchas, pero en la realidad están pegadas frente a una pantalla para revisar su Facebook, juegan Small Ville, You Ville y regalan vidas del Candy Crush, all the time.

Hay otras que no salen de su afición por las páginas como De10.com, Pijama Surf, Sopitas ad infinitum, que no aportan nada, pero eso sí, ya saben diez nuevas formas para realizarle el sexo oral a su pareja.

Los huevones son sancionados públicamente y ahora son mal llamados “ninis” porque ni estudian ni trabajan.

La hueva o güeva deriva de la idea del cansancio, del desinterés, de la falta de ganas por hacer algo. “Me dio güeva ir a correr, mejor me dormí otra hora”.

El origen de la palabrita proviene de los testículos, gumaros o huevos.

Suponemos que se le llamó así a la fiaca porque, como los testículos, siempre cuelgan de manera muy cómoda y relajada, además de no hacer otra cosa más que estar ahí sin producir ningún movimiento. Sólo esperan ser rascados, acomodados o apapachados, en el mejor de los casos.

Sus movimientos son lentos.

Puede soportarse ser huevón porque su sonido representa a un machín. No es lo mismo que le digan a una mujer que es una güevona o una floja que una fodonga.

Fodongo es una forma peyorativa de llamar a un huevón. Fodongo viene de flojo, de fofo, de panzón. Una señora fodonga es la que no se pinta, que sale de tubos al mercado, que todos los días anda de pants rosas hasta en el Starbucks.

Según el libro Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos, editorial Grijalbo, escrito por Héctor Manjarrez, hueva o güeva es el supuesto peso de los huevos o tompeates que produce el desgano. También es aburrimiento: “Me da hueva tu familia” y, por supuesto, es el reposo del cuerpo: “Me encanta la güeva”.

Existe una idea de que en México todos son unos huevones. Hace años representaban a los paisanos sentados a la sombra de una nopalera y envueltos en sus sarapes con grandes sombreros.

La imagen de Chano y Chon, para ser más específicos.

Siempre se ha satanizado a su majestad la güeva. Es un pecado capital, incluso, pero se le llama pereza de forma elegante.

Todos los humanos somos huevones por naturaleza, trabajamos para después echar la güeva. Peleamos por un coyotito reparador en la tarde. Sufrimos por el mal del puerco, que es ese sueño horrible que da después de zamparse unos taquitos de carnitas y hay que regresar a la oficina.

Los fines de semana, por lo menos el domingo, hay gente que ni se baña con tal de sentir que pueden ser güevones algún día de su vida.

Cuando nos despertamos siempre pensamos e imploramos al Señor: “Cinco minutos más”.

La güeva, hay que admitirlo, es de los placeres más censurados en la vida.

Y es que como dijera el director Alex de la Iglesia: lo que más me gusta de la vida si no me mata me engorda. Y la pereza es de esos placeres culposos con los cuales todos vivimos.

Si tienes un hermano menor lo pones a trabajar, si eres el jefe delegas, no por un asunto administrativo, sino para echar la güeva, si eres periodista, ah, qué rico echas la güeva, prefieres vivir del chayo. Si eres maestro, inventaste los puentes. Si eres mecánico, nunca encuentras las piezas del auto. Si eres consultor de imagen pública, asesoras a tu candidato y viajas por todo el mundo. Si eres escritor, pides tu beca del Fonca. Si eres líder sindical, bueno, te vuelves diputado.

Si eres editor de una revista… uff.

Y es que todos somos huevones hasta que se nos demuestre lo contrario, pues como decía Fontanarrosa: “La ociosidad es la madre de todos los vicios, y como buena madre, hay que respetarla, pues sólo hay una”.

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OPINIÓN

Última carta a la fanática de Yaguarú

Del viejo baúl de los recuerdos. Buscando algunos documentos en internet me encontré con este texto que le dedicamos a la fundadora de Periódico Central en diciembre de 2016. Este texto fue una despedida personal a una de las mejores periodistas que han existido en Puebla. No hay fecha para recordar a nuestros muertos, pues el luto es para siempre; uno aprende a vivir con él y aprende a vivir sin la persona a quien se recuerda. Hoy le hacemos un pequeño homenaje a esta poblana que, oriunda de Guerrero, terminó siendo más poblana que los chiles en nogada.

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Por Zeus Munive Rivera / @eljovenzeus

Acto 1. Al principio fue un vermú

Quizá ya nadie lo recuerde, creo que a veces ni yo mismo, porque ha pasado ya tiempo. Fue en el 2004 cuando supe que ibas a ser la mejor periodista de Puebla. Nunca me equivoqué, lo fuiste, lo eres y lo serás: nadie podrá llenar tus zapatos.

Nos presentaron varias veces en ese año y nunca supimos por qué ambos fingimos que no nos conocíamos. En una de las tantas presentaciones, tú citaste el libro de Señorita México de Enrique Serna y cómo Selene Sepúlveda (la protagonista) pedía en un bar “Un vermú”. Me sorprendió escuchar que una joven de 20 años citara a Serna y una de las partes más conmovedoras y graciosas de la novela. Y lo dijimos esa vez: “es que se oye chidísimo: ‘un vermú’”.

Platicamos. Estábamos en el patio del Congreso del Estado. Resultó que tú eras de Guerrero y que no conocías el chilpachole de jaiba. Me contaste sobre tu padre que siendo profesor conoció en los años sesenta a Lucio Cabañas. Hablamos de la guerrilla de tu tierra. Me revelaste cómo era “El Ticuí” –municipio de Guerrero– y me lo describiste como si fuera el Macondo de Gabriel García Márquez. Un lugar mágico, lleno de colores y de flores, así como de mariposas amarillas que vuelan liberadas.

Nuestro tercer encuentro fue una noche de agosto, cuando los “rechazaditos” de la BUAP, en el zócalo, mientras ellos – los rechazados– estaban en casas de campaña y huelgas de hambre. Eras la única reportera que los cubría, que le daba voz a una minoría que por supuesto era ignorada por el establishment. Solitaria, con grabadora en mano, con tus pantalones de mezclilla rotos a la altura de las caderas y roídos de las valencianas, una ombliguera y tu bufanda de estambre rosa, ahí creyendo que podías cambiar el mundo.

Me diste ternura, Selene. Me encantó ver esa actitud rebelde, cabrona, desmadrosa, desparpajada e irreverente como tu periódico Central. Fuimos a cenar al Vitorio’s. Mario Martell, tú y yo. Pediste una ensalada de atún y un consomé de pollo. Yo una pizza, Martell cervezas. Platicamos de periodismo. Hablamos de Mario Marín como candidato a la gubernatura y lo mal que nos caía. Te reías de Enrique Agüera y lo estrafalario, por no decir naco, que era. Nuestro Güicho Domínguez.

Supe ahí que serías la revelación.

Puebla estaba emputecida, Selene.

El periodismo, como siempre, estaba emputecido.

No había qué hacer ni para dónde hacerse porque los niños cantores de Mario Marín ya controlaban todo.

Intolerancia, medio en el que trabajaba, publicó un desplegado a favor del candidato Marín. No había espacios para respirar. El sistema controlaba todo. En los medios todo era lo mismo. Platicar contigo fue una gota de esperanza. Había alguien en ese pinche momento que era idealista, que verdaderamente pensaba distinto.

Debo confesar que me enamoré de tu idealismo.

Sucedió que (aunque ahora lo nieguen los actores) había la intención de exiliar a Mario Alberto Mejía porque el candidato Marín, en ese entonces, no lo tragaba. Se abrió la posibilidad de trabajar en Cambio con Alberto Ventosa.

Mejía, Arturo Rueda, Héctor Hugo Cruz, Ulises Ruiz y yo renunciamos a Intolerancia. Quemamos las naves. Saltamos al vacío y nos fuimos a Cambio. Al Cambio que llevaba Fernando Crisanto, aquel que hacía de ocho columnas las crisis del pollo y noticias de ese nivel, que tantas veces nos reímos, Selene.

A ti, en ese momento, ya te querían fuera de e-consulta porque Agüera estaba presionando a Rodolfo Ruiz porque traías jodido al rector, diario lo evidenciabas como lo que era, y Ruiz, fiel a su estilo, te mandó a cubrir agropecuarias y a cansarte para que te fueras de ahí (a muchos nos aplicó esa del cambio de fuente al notirrancho, con ese fin, no te preocupes).

En tanto, en Cambio, necesitábamos una nueva plantilla laboral, la que estaba ya venía muy viciada. Fue cuando propuse tu nombre a Mario Alberto Mejía, quien aún no te conocía. Pujé y pujé para que se abriera la plaza. Al fin lo había logrado. Te lo dije en el Vips de la Juárez y me dijiste que te ibas solo si contrataban a Edmundo Velázquez. Te dije que eso era imposible. Tu posición era inamovible, así que me comprometí a convencer a mis jefes.

Lo logré.

Te marqué por teléfono a tu casa mientras le colocabas la criolina a tu perra “La Gorda” y te dije el famoso: “Ya chingamos”.

En enero del 2005, creo que fue el 5 de enero, ya no recuerdo bien. El periodismo en Puebla volvió a brillar.

Acto 2. Apuntes sobre el cura pederasta

Recuerdo que, ya instalados en Cambio, te volaste la barda. Regresaste al origen del reporteo. Dejaste la comodidad de la sala de prensa del Congreso del Estado y te lanzaste a la Mixteca, a Tehuacán, recorriste un buen de carretera con tu Chevy color vino al que bautizaste “El Botas” en honor al chango de Dora, la exploradora. Y sí, aunque decías que no, era un albur eso de “Botas, el changuito”.

Nunca me equivoqué, eras la mejor reportera.

Aquí en Puebla, mientras tú estabas armando el reportaje sobre los abusos de Nicolás Aguilar y hacías que la Iglesia católica amenazara a los directivos del periódico Cambio, la mayoría de los reporteros estaban en las salas de prensa chacaleándose los audios y dividiendo las notas para no trabajar los fines de semana. Los dueños de los medios y directivos cobijando al poder en turno.

Ahí están planas y planas de tu investigación.

También fuiste a Cancún a entrevistar a Lidya Cacho.

Hiciste periodismo. En ese entonces, como ahora, los políticos son tan ignorantes y tan pendejos que solo le hacen caso a los columnistas. No pueden leer datos duros y más de dos cuartillas, para ellos eso ya es demasiado.

Ya llevaremos más adelante, muchos de tus textos publicados en Cambio, pero lo hiciste. Quizá el problema, y deja que te lo reclame, es que no te la creíste, pero a pesar del robusto ego de los directivos de Cambio, ya los habías rebasado desde hace mucho.

Acto tres. Nace Central

Nos habíamos peleado varias veces. Tú y yo siempre nos peleamos. Yo era tu porrista, pero a la vez tu opositor. Es que, en buena onda, Selene, a veces eras bien necia y yo que me enciendo bien fácil. En fin, pasa. Ya no tiene caso recordar, pero estábamos peleados en esto que ahora recuerdo:

Nos topamos un día de noviembre del 2011 en Kamafruta de La Paz. Me saludaste, después de quizá un año que no nos hablábamos. Me dijiste que querías platicar conmigo. Nos citamos ahí nuevamente y desayunando me dijiste que renunciarías a Cambio.

Te felicité. Te dije que qué bueno, que por fin te independizarías. Que rompieras el cordón umbilical. Me pediste que no dijera nada, me hiciste prometerlo. Me dijiste que me querías de columnista. Dijimos que públicamente diríamos que estabas haciendo un blog.

Pactamos. Regresamos a ser amigos. Volvimos a ir por unos tragos, como en otra época. Hablamos de nuestras vidas. Perdonaste una chingadera que te hice por la que me dejaste de hablar, aunque siempre me la estuviste recordando. Me volviste a hacer tus tacos dorados que me volvían loco y que años antes, después de probarlos, hasta te pedí matrimonio.

Ya cuando ibas a sacar Periódico Central nos vimos y me dijiste: “renuncia tu columna a Intolerancia y vente para acá”. Te dije que no había hablado con Enrique Núñez. Me dijiste: “tú eres de aquí. No puedes fallarme. Tú eres parte de esto”. Y me pusiste tus ojos de gato chantajista que siempre me convencieron y por los que muchos de los reporteros de Cambio me reclamaban de que tú eras mi consentida.

Bueno, una aclaración, Selene siempre fue mi reportera consentida, perdón a Efraín Núñez, puedes odiarme a mí también.

Le mandé un correo a Enrique Núñez y le avisé que me iba. Y me fui como las chachas, porque la neta, la neta, Selene, a pesar de las diferencias con el director de Intolerancia, él se portó cuate en ese momento. Me habían censurado en Milenio Puebla tras la salida de Julián Ventosa, nuestro gran, gran cómplice.

Pablo Ruiz, director de Milenio, se encargó de mandarme a gayola y Núñez me dio un espacio. Ahora llegaste tú y me tuve que ir a tu proyecto que vi nacer y del cual me siento orgulloso de pertenecer.

Fuiste una cómplice.

Mi gran mejor amiga.

¿Cuántas veces nos habremos mentado la madre? No lo sé. Muchas. Hicimos un grupo a prueba de balas. Y la verdad, Selene, si estuvimos en las buenas y en las malas fue por ti. Fuiste la líder y siempre te respaldamos en todas tus locuras.

Puedo escribir mucho, mucho acerca de ti, pero solo lo resumo con estas palabras: fuiste y eres y serás la reportera más chingona de Puebla. Quizá mi mérito y lo cual siempre presumiré es que tuve la visión de jalarte de este lado del barco.

Por otro lado, fuiste mi mejor amiga, eres la única que sabía todo de mí. Todo es todo.

Y si existimos muchos en torno a ti, fue porque eras ese imán que nos unió, a pesar de ser tan distintos y no siempre coincidir.

Adiós, Selene.

Las despedidas no son agradables y duelen un chingo. Se siente que te arrancan un pedazo de tu alma. Nos quedamos a cuidar la plaza. Viridiana Lozano hará un excelente papel, tenlo por seguro. Ha sacado la casta y ha demostrado ser tu mejor creación. Ella mantendrá la calidad de este portal. Además, no dudo en decir, que siempre te fue muy leal.

Adiós, Selene.

Te quiero un chingo.

Y no niego que me duele perder a mi única consejera, a quien sí le hacía caso. Ya no hablaremos de nuestros libros de John Connolly ni de Fadanelli, ni de Alessandro Baricco y cómo nos impactó Océano mar. Ya no te recomendaré las series de televisión ni las películas.

Adiós, fanática de Yaguarú. Ya no trataré de inculcarte otros gustos musicales, y no porque me rinda, simplemente porque…

Bueno, para qué remover esta herida.

Te veo en la siguiente vida, preparas los tacos.

Sabes que tuve que tomar diclofenaco y naproxeno porque estoy adolorido de todo el cuerpo, desde tu partida, es en serio, fue mucha angustia, fue mucho estrés.

Es que, con perdón de Borges, pero me duele una Selene en todo el cuerpo.


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OPINIÓN

Apuntes desde la estulticia

La inteligencia del ser humano no dura toda la vida, porque se va acabando con los años, mientras que la estulticia se extingue tres días después de su muerte.

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Por Julieta Lomelí / @julietabalver

Si algo nos diferencia de los animales no es tanto el uso de la razón, porque aunque esta es una característica humana, en muchas ocasiones el individuo parece hacer uso de todos sus privilegios menos el de su razón. ¿No será que lo que nos distingue como humanos es nuestra condición estúpida?, y para eso basta comprender dos grandes verdades de la vida natural que he leído recientemente en un libro de botánica para posmodernos: “1) la estulticia humana no tiene límites y su inteligencia, sí: 2) su inteligencia no dura toda la vida, porque se va acabando con los años, mientras que la estulticia se extingue tres días después de su muerte”. Cuesta trabajo imaginar a un perrito estúpido o a un ave que emprenda vuelos trazados en la estulticia. Es más probable imaginar a una persona haciendo estupideces que siquiera nos pase por la mente juzgar de “estúpida” la conducta de algún otro ser vivo no humano. Pero entendamos “estupidez” en un sentido peyorativo, como la descripción de una conducta absurda, de una conducta que, pudiendo ser de otra manera, finalmente resulta irracional, incomprensible ante los ojos de los demás. En este sentido podemos decir que la estupidez merodea el ámbito humano de arista a arista, y ninguna época ha estado exenta de ella. Pienso, entonces, en algunos de los acontecimientos que, a pesar de haber transcurrido dos meses de este 2022, han inaugurado el año con su estulticia. Aquí un breve recuento:

  1. Casas blancas de la izquierda. Escribe Umberto Eco en De la estupidez a la locura que este siglo se caracteriza por una sociedad líquida en la cual el “posmodernismo marca la crisis de las grandes narraciones”. Entre esas grandes narraciones, la distinción y el significado entre izquierda o derecha también parecen sufrir una convulsión, perdiendo su sentido y los valores que distinguían a cada una. También las concepciones de Estado y de comunidad han entrado en crisis y, con ello, escribe Eco, “el individualismo desenfrenado, en el que ya nadie es ya compañero de camino de nadie, sino antagonista del que hay que guardarse”. En ese sentido, el individualismo es lo que gobierna no solo la vida privada, sino también la pública. Por lo que, desaparecida la distinción de los propósitos éticos entre una ideología y otra, entre una comunidad y otra, solo queda la legitimación absurda de propósitos individualistas, mismos que incluso son llevados por servidores públicos. Así, el enriquecimiento ilícito del hijo del Ejecutivo y los escándalos derivados de ello, no han sido la excepción en este inicio de año. La estupidez materializada en acciones mezquinas le han arrebatado la poca credibilidad que aún le quedaba a la izquierda mexicana.
  2. Volverse un enemigo –estulto– de la prensa. Si uno es lo suficientemente estratégico debería saber que una de las reglas de oro para no ser derrotado es hacerse de buenos amigos y, sobre todo, mantener a los enemigos muy cerca. Cuando el rey gobierna debe saber que uno de esos potentes enemigos está en la prensa. Sabotear con acciones anticonstitucionales las posibilidades de diálogo crítico con el “cuarto poder”, como lo ha hecho recientemente el Ejecutivo, es una más de estas acciones irracionales, por no decir estúpidas, que han inaugurado el año. El uso abusivo de información delicada que un jefe de Estado puede –desde la corona del Estado– legitimar, no es ahora el más grave de los problemas, sino que dichas acciones ilegales ejecutadas desde un organismo que existe para velar por la legalidad, hacen desaparecer la idea de una entidad, el Estado, que garantice a los individuos su seguridad y dignidad. El circo mediático de un Ejecutivo transgrediendo, desde su posición de poder, cualquier legalidad, no es más que la destrucción absurda del Estado desde el Estado mismo. Un acto irracional.
  3. Abogados de la corrección política, compradores de machismo musical. Volviendo a Umberto Eco, nos recuerda que somos hijos de la sociedad líquida que nos vuelve huérfanos de los grandes metarrelatos y valores del pasado. Ello nos da la absoluta libertad de practicar la estulticia y de volvernos absurdos a los ojos de los demás sin ningún atisbo de vergüenza. Por lo que bien podemos declararnos un día cristianos y al otro día budistas, y a la semana siguiente podemos despertarnos siendo defensores del comunismo, para tiempo después volvernos fieles seguidores del capitalismo más inhumano. Esta crisis de valores hace más visibles las incongruencias cuando hablamos de nuestros gustos estéticos, de ahí que, por ejemplo, seamos unos acérrimos defensores del feminismo al mismo tiempo que tarareamos canciones violentas y llenas de odio hacia las mujeres. Esta muerte de los grandes relatos nos vuelve habitantes contradictorios de cualquier relato, mujeres y hombres que abogan por la corrección política mientras al mismo tiempo se forman por días en una larga cola para comprar los boletos de un cantante que transmite todo lo opuesto a eso con lo que comulgamos. Somos consumidores de aquellos productos culturales que proyectan, como un espejo, la realidad de una época, nuestra propia estupidez.
  4. No mires arriba, no pienses. Una de las películas que retratan de modo excepcional la estupidez de toda una sociedad –aunque se estrenó la última semana de 2021– y que seguro tendrá muchas posibilidades en los premios Oscar de este año es Don’t look up. Un film que expone, desde la sátira, lo incomprensible que pueden llegar a ser las acciones políticas con tal de adquirir votantes. “No mires arriba” es un film que retrata de modo cómico la estupidez del populismo, y cómo este, antes de ser salvaguardar la verdad y la integridad de los ciudadanos, viene cargado de consignas mediáticas, de engaños y de creencias pseudocientíficas simplonas para atraer al mayor número de adeptos posibles. La crítica a la sociedad que prefiere dejarse llevar por fines mediáticos antes que detenerse a pensar por sí misma de Don’t look up, no está nada alejada de la realidad de esos conservadores antivacunas que habitan por todo el mundo y que, llevados por ideologías o partidos de extrema derecha, como es el caso de Australia, se oponen absurdamente a la ciencia y a las evidencias que tienen ante sus ojos para responder a las vacunas con el lema de “You can say no”.
  5. La boda del millón. Escribe Umberto Eco que en esta posmodernidad “toda oposición entre belleza y fealdad se ha disuelto. Tampoco es cuestión de repetir con las brujas de Macbeth ‘Lo bello es feo y lo feo es bello’. Simplemente, los dos valores se habrían fusionado, perdiendo de este modo sus caracteres distintivos”. De ahí que nos atrevamos a replicar en redes, ya sea consciente o inconscientemente, un montón de hechos que van más allá de lo feo, incluso tocando lo aborrecible. Desde bodas de personajes éticamente cuestionables, hasta comentarios y comportamientos patéticos que con la facilidad de un clic seguimos fomentando y divulgando, como si fueran obras de las cuales sentir orgullo, en esa extensa red de la estulticia.

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