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OPINIÓN

El reverso de la corrección moral

Actualmente prohibimos y reprimimos lo que otros reprimen, pensamos como todos piensan, preocupándonos por lo mediático para distraernos de lo importante.

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Por Julieta Lomelí

  1. La convivencia con los demás no siempre es fácil, cada uno de nosotros es un complejo rompecabezas que el otro intenta armar a su manera, algunos con mayor dedicación que otros, tratando de no forzar las piezas que va armando sobre nuestra personalidad, creencias y deseos.

No sé si en el pasado resultaba para todos menos complejo no romper las piezas ajenas, o tratar de forcejearlas para que encajaran a nuestros propios valores, pero lo que sí sabemos es que en la actualidad cada vez es más difícil construirnos un mapa general del otro, para así no caer en riesgo de transgredir su identidad o violentarlo con nuestros credos. El abanico moral, aunque en apariencia parece abrirse, no sé si en la práctica, la tolerancia a los diferentes modos de pensar y existir sea realmente tan amplia como creemos.

Y si bien podríamos pensar en esa época, que ni siquiera podríamos llamar ya postmoderna, como alguna vez la trato de nombrar el intelectualismo francés de los setenta, si no que fragmenta en millones no sólo los espacios que habitamos, o la sobre exacerbada información que recibimos gracias al universo digital, sino que hemos perdido por completo cualquier punto de referencia ético, la brújula ha enloquecido y se ha dejado guiar, simultanea y contradictoriamente, hacia lo que se podrían llamar modas morales, que evidentemente no necesariamente son éticas. Y hacia la universalización, -vaya la paradoja- de afirmar sobre todas las cosas y sobre los demás, la libertad de cada una de esas complejísimas individualidades que somos cada uno de nosotros.

2. Ninguna regla más infalible para romper con la comunidad y construir una convivencia demasiado enrarecida, densa y de reglas tan artificiales, como esa aceptación automática de lo que deba ser políticamente correcto, “moda moral”. Pero al mismo tiempo, creyendo que toda individualidad es muy libre de creer y ser como quiera. En un mundo cada vez con millones de caminos, pero demasiado frágiles como para poder asegurar una convivencia sólida con los demás, o que, al querer ayudarle a armar las piezas de su propio rompecabezas, no corramos el peligro de romperlas.

De la misma manera, esa multiplicidad de formas de ser no asegura, en absoluto, una existencia auténtica, única y especial, y mucho menos si vemos al mismo tiempo a un montón de individualidades alienadas a la corrección política, indignadas por lo que se deben indignar, y morando eso que una vez Heidegger llamó el mundo de la “publicidad”.

La alienación a dicho mundo implica, aceptar sin mayor reflexión, -aunque sí quizá con cierto miedo a ser linchado en caso de no hacerlo-, una serie de prácticas sostenidas en una moral concentrada en la corrección política. En lo que ahorita se muestra como lo deseable, pero que de un momento a otro podría volverse completamente injustificable. Dentro de estas prácticas se encuentra la corrección del humor, lo cual no implica que se defienda un humor alejado de la coyuntura o que cumpla a veces fines mediáticos. La corrección política también es ultraconservadora, y tiende a querer exponer como buenos una serie de estereotipos y formas de vida frente a otros que ya no aceptaría como socialmente funcionales, y esto también sucede a pesar de la apertura a múltiples valores, que esta “no-posmodernidad”, delinea en nuestras vidas.

3.Si entonces todo se está volviendo más frágil que en el pasado, al ver fragmentada nuestra concepción de lo bueno y malo de maneras inimaginables. Una concepción que a veces se legitima en lo mediático, otras veces en lo ético y algunas veces más en limitaciones meramente subjetivas. No podremos llegar así a una convivencia que avanza hacia la tolerancia, o hacia algún tipo de consenso intersubjetivo y debidamente meditado de lo que realmente habrá de ser o no tolerado.

De tal manera, a veces se abusa de juzgar al pasado con los ojos del presente, cerrando así cualquier intento de dialogo y aprendizaje con la memoria. Apostándole a la aniquilación total del pasado que ha sido condenable ante la mirada del presente, no hay ningún matiz que se pueda rescatar en dicho olvido. Esta moral correctiva, parece ser un mero accesorio de reglas de buena conducta que sólo pretenden rellenar el presente; ser aprendidas en el instante para lanzarnos a un futuro que estará mediado por la neutralidad, por el no compromiso con una moral que debió construirse, confrontarse con los demás, y ser asumida individual y colectivamente. Y no más bien ser impuesto a lo colectivo y asumida instantáneamente por el individuo de un momento a otro.

4. Si las conductas humanas se delinean actualmente desde la tendencia de no hacer muchas olas en lo que debe ser siempre un mar sereno, en guardarse cualquier comentario, aunque sea una broma, que pueda ser demasiado polémico para los demás, entonces hemos llegado al fin a la tan codiciada llanura de la inteligencia, a un suelo liso en el cual todo está en orden, a la uniformización deseada por todo régimen opresor, sin la necesidad de haber ni siquiera tenido que esforzarse en crear un aparato ideológico, con sus determinados castigos para adherir a los más rebeldes.

No, la corrección política ha llegado sin mucho esfuerzo. Ha sido acogida sin ningún problema, divulgada por el monstruoso mundillo de las comedias en episodios, de las plataformas de series y películas, y del algoritmo represor, pero por ello casi invisible, de cada una de las redes sociales.

No hay forma de salirse del margen, porque resulta imposible imaginar que en un mundo “super libre” exista un margen, porque el único margen es la buena calificación legitimada por un like en redes sociales, por los comentarios optimistas de nuestros contactos y por supuesto, los puntos que nos dicen cómo vamos en nuestras aplicaciones del celular.

Esta corrección política, también nos hace pensarnos dentro de esa dinámica de objetos, regida por la dictadura digital que comercio digital que nos vuelve a ojos de otros deseables o no, que nos puede negar o abrir la puerta a determinado puesto laboral, que nos puede volver grandes amantes o unos completos fracasados en el amor divulgado por una denuncia anónima en algún rincón de internet.

La dictadura digital legitima, y a veces sin una cara propia, nuestro valor como personas y como productos de ella misma. Nos colocamos así en el aparador del mundo, tal como si fuéramos objetos vendibles y que se encarecen si siguen al pie de la letra todas las reglas de control de calidad. Así vamos por la vida firmando muchas causas en Change.org aunque ni siquiera hayamos leído de qué van.

También nos indignamos por la mala conducta de un individuo sólo porque sin más, a quien se asume como débil se le debe siempre creer, aunque ni siquiera conozcamos ni nos interese el argumento de quien ha sido sentenciado.

Asumimos lo que debe ser asumido y transitamos por el mundo enjuiciando lo que deba ser enjuiciado. Siguiendo al pie de la letra las instrucciones de ese gran yugo moral de la corrección política, para entonces a encajar con las demandas ajenas, y así ofrecer las garantías mínimas que la época nos demande. Mientras el otro va por ahí poniendo y viendo nuestra calificación moral en esa gran red a la que le vendimos hasta nuestra última anécdota íntima y hasta nuestra más secreta convicción, con tal de tener seguidores, de tener cinco estrellas, y de volvernos la reseña positiva, tan banal y genérica como las que leemos al comprar un nuevo aparato electrodoméstico.

5. Escribiría Heidegger en el siglo pasado, quizá haciendo eco decoroso de lo que vendría, que:

“Gozamos y nos divertimos como se goza: leemos, vemos y juzgamos sobre literatura y arte como se ve y se juzga; pero también nos apartamos del montón como se debe hacer; encontramos irritante lo que se debe encontrar irritante. El uno, que no es nadie determinado y que son todos, prescribe el modo de ser de la cotidianidad.”

en Ser y tiempo (1927), Martin Heidegger

Yo escribiría actualmente que en realidad prohibimos y reprimimos lo que otros reprimen. Censuramos series y películas, de hace décadas, que han sido juzgadas con los ojos del presente. Pensamos como todos hacen, y ni siquiera reparamos un momento en la hipersexualización de los niños divulgada una y otra vez en las redes sociales. Porque resulta más urgente prohibir las películas sexistas de princesas de hace más de tres décadas, o borrar al elefante gordo y oscuro de una caja de cereal, que ponerse a meditar en serio sobre los vídeos de niños y niñas que andan rondando por toda la red, de esos que por cierto podrían ser nuestros hijos. Ponemos demasiada atención a los ojos poscolonializados de Pocahontas, mientras los niños se exhiben o son exhibidos de maneras riesgosas en redes sociales; volviéndose la carnada perfecta para los pederastas y la trata de personas.

Pero como soy escéptica, también socrática, y políticamente correcta, no sé qué tan de cierto sea pensar que seguimos peleándonos por lo contingente, preocupándonos por lo mediático, para distraernos de lo importante.

Julieta Lomelí Balver (1988)

  • Escribe en Laberinto (Milenio), en Filosofía&Co (Herder, España) y en Revista 360 (Puebla, México).
  • Mujer de trasmundo. No es apta para “esta orilla”, pero sí para construir en granito, una isla interior donde habitan monstruos marinos, amenazas metafísicas y todo un océano de excedente de sentido. Escribe ensayo y arrenda un piso en el costoso edificio de la filosofía.

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OPINIÓN

EDITORIAL

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Si usted cree que Puebla solo es mole poblano, chiles en nogada (siempre deben ir capeados, por cierto), tortitas de Santa Clara, borrachitos, está usted equivocado; si usted cree que la Revista 360º Instrucciones para vivir en Puebla solo es de corte político, sobra decir que está usted perdido y debe dejar de ver las publicaciones de sociales.

Resulta que esta es nuestra 5.a edición del “Sensacional de taquerías”, una edición especial que hemos hecho con todo, y cuando decimos “con todo” quiere decir que es con salsa de la que pica, cebollita, cilantro, chilitos y un limón (no todo lleva limón, pero a veces sí).

Desde el 2008 hemos hecho varias versiones de taquerías, que van desde árabes, al pastor, los necesarios de asada, los de guisado y un largo etcétera, y hemos incluido torterías, aunque aún no entendemos por qué ya cada vez hay menos negocios de esa naturaleza en la ciudad de Puebla, antes había tortas en todos lados y bastante buenas, como las clásicas del Rayito o en su época las Tortas Luis, que estaban en San Agustín y ahora están sobre la 7 Sur.

Una de las razones por las que existe esta revista es porque creemos fielmente en la comida y la gastronomía, sabemos que, además de ser lo que nos genera energía, nos genera placer y aumenta nuestra dosis de dopamina en el cerebro.

Sí, ya sabemos que mucho de lo que proponemos aquí es carne y tortilla, es decir, el platillo por naturaleza del mexicano. Que no fomentamos el veganismo, que para comerse unos taquitos de lechón ahí con Tito, tuvieron que sacrificar a un marrano bebé que aún lactaba y que lo llevamos del estómago al duodeno, al colon y… bueno, es lo de menos. Qué ricos taquitos de puerquito, con perdón de Pepa Pig y Miss Piggy.

La verdad es que no podemos ser hipócritas y negar que esos taquitos de asada, o las cemitas con una buena milanesa, o un taco de guisado con sus rajitas debe ser engullido con mucho honor, porque es el platillo por naturaleza del mexicano.

Hace años se decía: “tres cosas comen los poblanos: cerdo, cochino y marrano”. La situación no ha cambiado tanto, ya que el chancho se ofrece en diferentes presentaciones, y quien diga que no ama unos buenos tacos árabes (de La Oriental por supuesto que no, esos tienen mucho que dejaron de ser buenos), unos de Roger (los de salpicón son de mis favoritos), o una buena semita de pata (esta es con “s”, no con “c”) de don Beto, ahí en La Acocota, no sabe lo que es amar a Dios. La intención de llevar esta edición sobre tortas, tacos y cemitas con “s” o con “C”, es con la finalidad de recomendar más cosas para disfrutar en Puebla.

El turismo no solo es caminar por el centro de Puebla y no haber pasado a comerse unos molotes de la 5 Poniente, junto al PRI municipal. O a la vuelta comerse unas clásicas quesadillas, o echarse unas cremitas de La California ahí en la 2 Oriente a media calle de Santo Domingo.

No, señores, Puebla es más ancho que sus caderas y este no va del centro a Angelópolis. Puebla es muchas Pueblas, y quien lo niegue no conoce lo que se prepara en esta ciudad, pues no solo hay restaurantes, también hay puestos callejeros.

Así que, sin mayores preámbulos, les dejamos esta edición especial para que haga su propio tour del taco. No olvide llevar un buen Riopan, un omeprazol o, en su caso, bicarbonato o sal de uvas, porque la grasa no perdona.

Buen provecho.

Zeus Munive Rivera

Editor

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OPINIÓN

El Tendedero

Alguna vez leí que lo que se dice por la boca debe de sostenerse con los huevos… no hay mayor verdad.

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La responsabilidad de tus opiniones

Gilberto Brenis / @GilbertoBrenis

Trabajar para un medio de comunicación y tener la posibilidad de que lo que dices sea escuchado por cientos o miles de personas es una responsabilidad gigantesca. Es verdad que el público quisiera que uno fuera completamente imparcial o neutro, pero la realidad dista mucho de ese sueño. Si se trabaja en un programa de opinión lo que enriquece justamente es los diferentes perfiles o perspectivas que cada integrante puede tener sobre un mismo tema. Te pueden catalogar de conservador, de liberal, de chairo, de fifí… pero cada cabeza es un mundo.

Lo que sí es un hecho es que cada vez que se expresa una opinión, debe de estar sustentada al menos con el conocimiento de causa o con la fortaleza de tener los elementos suficientes para poder externarla. Siempre tenemos la opción de conocer nuevos elementos y recular o cambiar nuestro parecer, bien dice el dicho que es de sabios cambiar de opinión.

A lo largo de mi carrera en los medios, he externado mi parecer sobre diferentes casos polémicos pero siempre trato de tomar los diferentes lados de la historia para poder entender los sentires y pareceres de todas las partes involucradas, nunca he externado una opinión basado solamente en el que una persona me caída bien o mal.

¿A qué voy con todo esto? A que honestamente me preocupa la ligereza con las que se toman algunas personalidades de redes sociales la enorme responsabilidad de llegar con sus mensajes a millones de personas.

Yo sigo sin entender la fama descomunal que muchos youtubers tienen porque considero que su contenido no es de interés, al menos para mí. Pero eso no quiere decir que no lo sea para muchísimas personas más.

Usar esa plataforma para denostar, insultar, agredir o motivar a que tus seguidores denuesten, insulten o agredan lo considero un acto carente de valentía y muestra fiel de la falta de preparación de muchos de estos influencers.

Si te vas a aventar la puntada de agredir verbalmente a una persona, debes de tener en conciencia la posibilidad de que la parte afectada revire el mensaje de múltiples formas, incluyendo demandas.

Todo lo que se dice tiene consecuencias y eso debemos de tenerlo muy presente cada vez que abrimos la boca.

Ser youtuber o influencer no se trata de crear polémica o de generar likes y monetizar, se trata de impactar con mensajes que tengan la valía de ser sustentados con huevos… y no hay más.

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OPINIÓN

Fritz Glockner: mi padre el guerrillero

Cuando al niño Fritz Glockner le preguntaban a qué se dedicaba su padre, él rompía el esquema en su escuela.

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Por Zeus Munive

(Texto publicado en la Revista 360 Grados Instrucciones para vivir en Puebla en Junio del 2013)

Foto: Carlo Echegoyen

Cuando al niño Fritz Glockner le preguntaban a qué se dedicaba su padre, él rompía el esquema en su escuela. “¡Mi papá es médico! ¡Mi papá es abogado! ¡Mi papá es empresario!”, presumían sus compañeros entre los rechinidos de los pupitres y las manos estiradas.

La maestra haría seguramente muecas cuando Fritz se levantaba: “Mi papá es guerrillero”.

“¡Tener un papá guerrillero siempre fue muy chingón! Porque estabas en la escuela y todos querían tener un papá bombero. Pero yo me los chingaba a todos cuando se levantaba mi manita y les decía: ‘Mi papá es guerrillero, ¡putos!’, relata sin soltar el cigarro, pero hinchado de orgullo, el escritor Fritz Glockner.

El autor de Cementerio de papel y Veinte de cobre advierte que su historia no es para tirarse al piso, ni para venderla como melodrama barato. Hoy, convertido en padre primerizo a sus 50 años, lo confirma y está convencido: su padre abandonó a su familia, pero también el camino seguro de la vida acomodada, el de ser el propietario de un hospital para tomar la guerrilla en sus manos, pero por el profundo amor que le profesó a todos sus hijos. Porque luchaba por ellos.

Napoleón Glockner dejó a su esposa Gloria Corte en total encargo de sus hijos: Ligia, de 18 años; Nadia, de 17; Napoleón, de 15; Fritz, de 9 años por cumplir 10, y el menor de todos, que apenas cumplía 2 años, Enrique.

“Siempre lo he dicho: no creo que mi papá se haya decidido por ser guerrillero porque un día haya despertado y haya dicho: ‘¡Ay, que hueva mi vida! ¡Necesito adrenalina! Cabrón, ¿qué hago? ¡Futbolista! No. Soy medio huevón para ser futbolista; este… ¿mago? Ya no tengo las habilidades para aprender la magia. ¡Guerrilla, güey! No mames, ¡me voy de guerrillero!’. No creo que haya sido una decisión de la noche a la mañana, ¿no?”

Contrario a lo que muchos pudiéramos pensar, el año de 1968 no detona exactamente todos los movimientos armados de guerrilla en el país, como cuenta Fritz Glockner. La guerrilla en México siempre existió con líderes como Rubén Jaramillo en los levantamientos campesinos del año 1943, la movilización de Gámez y Gómez en Chihuahua desde el 1963 hasta 1965, así como Lucio Cabañas en Guerrero, mucho antes de 1968.

“¿Qué pasa? Que con el 68 se genera una guerrilla más intelectualizada o ideologizada. Y, si quieres, de ahí también podría partir un poco el germen de por qué mi papá se fue de guerrillero. Nunca se lo pregunté, no hubo tiempo para preguntárselo. Pero me queda claro: fue por amor a sus hijos.”

Napoleón Glockner visitó Cuba alrededor del año 1966; para diciembre del 68 se pincha un dedo y, con su sangre, escribe “ASESINO” en la tarjeta de Navidad que mandaba el entonces presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, cada año a la casa de su padre, Julio Glockner Lozada, y la devuelve a Los Pinos, así, ensangrentada. Años después estaría tomando las armas, dejó estatus y el hospital Servicio Médico Poblano.

“¿Por qué mi padre se fue a la guerrilla? Bueno, las razones reales, salvo que saquemos una ouija, no las sabremos. Me queda claro que no fue una chaqueta mental, de un día para otro.”

Fritz da total crédito a su madre, Gloria Corte, porque a pesar de que se quedó sola, mantuvo la unidad familiar y evitó, sobre todas las cosas, que esa ausencia se tornara en trauma para sus hijos. Gloria jamás inyectó odio en sus hijos, ni pensó en contar la historia típica del padre que se va por cigarros o con la amante. Sin embargo, Fritz sí tiene que dividirse entre las voces del hijo abandonado por su padre y el adulto que hoy es.

“Aquí siempre cerraría yo con la frase que el niño Fritz ante el abandono siempre ha dicho: ‘¡Chinga tu madre, Napoleón Glockner! Me valen madre los niños pobres de México, cabrón, o las causas nobles’. El niño Fritz quiere a su papá, güey, punto. Y más si era el consentido”, dice el escritor con ese tono ácido, casi cáustico que siempre le ha acompañado.

Inmediatamente después contrasta:

“El adulto Fritz dice: ‘¡Ay, cabrón, mis respetos! Haber tenido los huevos de abandonar familia, abandonar estatus social, abandonar comodidad, por ir en busca de tus utopías. ¡Ah, cabrón! Hay que tener huevos para eso’.”

Para Fritz, su padre no entra en la categoría de héroe; esos “los construyen los historiadores mamones”, dice. Él solamente prefiere admirar los tanates que llevaron a Napoleón a tomar las armas, dejar su vida segura, a su familia, su tierra, su arraigo. Seis meses antes de que Napoleón dejara a su familia, viajó con ellos a Disneylandia.

El paradero de Napoleón lo ubicaron hasta dos años y cuatro meses después. Hasta ese día es que su familia tiene certeza de por qué se fue y que había tomado el camino armado. Era febrero de 1974, Napoleón Glockner era la noticia de arranque en 24 horas de Jacobo Zabludovsky. La televisión les dio la noticia de que su padre era huésped distinguido del famosísimo Palacio Negro de Lecumberri. A pesar del deplorable estado en que Napoleón fue presentado a su familia en Lecumberri, por fin los Glockner tenían un aliciente: la certeza de que estaba vivo.

“Porque ya sabíamos dónde chingados estaba y teníamos la posibilidad de irlo a ver. Claro, haber llegado a Lecumberri en esas condiciones y demás. Pero a pesar de que estabas entrando a las entrañas del infierno, no te daba miedo. Porque estaba yo viendo a mi padre”, cuenta Fritz, que para ese entonces no pasaba de los 14 años.

Huésped distinguido

El historiador no olvida los aromas de Lecumberri. Un sitio que para él ya es una segunda casa, otro hogar. El Palacio Negro le viene a la memoria en ese entonces y hoy, contrasta convertido en el Archivo General de la Nación, casa de todos los fantasmas del país, en espíritu y sustrato.

—¿A qué olía Lecumberri?

—Olía a orines, a mierda, a terror, a pánico, a injusticia, a impunidad, a extorsión. ¡Esos son los olores de Lecumberri! Fuimos todos. Era un domingo común y corriente y, por lo tanto, podíamos entrar todos; bueno, menos Quique, que era un bebé. A ese primer viaje, primer encuentro, no va Quique; van mis tres hermanos mayores: Ligia, Nadia, Napoleón y yo; mi mamá, mi tía Judith, mi tía Minerva.

Fritz se volvió asiduo visitante de Lecumberri, tenía acceso cualquier día, pero se le negaba entrar a las crujías por ser menor de edad. Napoleón residió primero en la crujía G y luego en la A. Y su familia lo visitaba miércoles, sábado y domingo. Así lo hicieron durante seis meses. Hasta la fecha, la madre de Fritz no puede volver a unas cuadras de distancia del Palacio Negro.

Para el escritor es otra historia. El lugar se volvió el espacio físico donde ubicaba a la figura paterna. Fritz hace aquí una advertencia obligada. Nunca le simbolizó un shock, un trauma, pues nunca se ha dejado llevar por las reglas de la tragedia.

“No puedes flagelarte más allá de lo que la realidad pretende flagelarte. Entonces, por eso hablo de que era mi segundo hogar, ¿no? Porque ahí era el espacio, el inmueble donde se encontraba uno de tus amores, una de tus creaciones de la imagen paterna: papá. Y era chingón irlo a ver, muy a pesar de todos los olores y sabores de Lecumberri.”

La familia Glockner tuvo a bien entrar en una cotidianidad con la prisión, la angustia diaria de esperar que Napoleón continuara sano y salvo, pagar la renta de la celda y un extra para que estuviera más cómodo, pues podían ubicarlo en celdas donde estuviera hasta con otros 30 reos. “Aprendes a vivir con la angustia unpoco en la garganta; poco a poco aprendes a tragarla para que no se te quede”, dice Fritz.

Curioso, pero el historiador asegura que no tuvo necesidad alguna de recurrir a psicólogos o psiquiatras para salir de ese trauma en la construcción de una imagen paterna. Se dedicó a escribir lo observado y, producto de ello, fue Veinte de Cobre, la novela donde cuenta gran parte de las anécdotas. Esto le ayudó a evitar seguir, lo que bien llama, las reglas de la tragedia.

“Vengo de una familia con un apellido donde la sátira, el desmadre, el valemadrismo se mama cabrón. Con un abuelo como el que tuve, tan chingón, cagándose de risa de todo el mundo, de él mismo; vienes ahí como de una saga sanguínea cabrona”.

Gracias al patriarcado de su abuelo Julio Glockner Lozada (eminente rector de la Universidad Autónoma de Puebla a partir de 1961, pionero en educación sexual y en el tratamiento de enfermedades en ese entonces llamadas venéreas), Fritz y sus hermanos construyen una identidad paterna más sólida, aunque, cuando el doctor Glockner visitó a su hijo Napo, la imagen de ambos pilares que se derrumbaban en lágrimas provocó un shockque hasta la fecha recuerda el historiador.

“Es una imagen cabrona que yo tengo. Entramos a Lecumberri y ver que mi abuelo llora abrazando a su hijo, quien también llora. Recuerdo que no lloré pero ver esa imagen de mis dos tótems, mis dos ídolos, mis dos pilares, mis dos papás que se derriten, muestran sus sentimientos”. La siguiente imagen de dolor vendría en 1975, año en que muere el doctor Glockner y Napoleón acude al entierro.

“Cuando estamos enterrando a mi abuelo, mi papá llora, pero porque no tengo la asociación en ese momento de que a quien estamos enterrando es papá de mi papá, pero mi padre también. Sí, Napoleón lloraba a su padre Julio. Y yo lloraba a Julio, mi padre y mi abuelo también. Tuve dos padres: Julio Glockner y Napoleón Glockner. Imagínate si no iba a tener una imagen cabronamente de titanes, y es en buen plan. ¡No es por presumirles!”, dice hinchado de orgullo.

Un año después, en 1976, Napoleón es asesinado. Así como primero se enteraron de su encierro por la televisión y 24 Horas, del asesinato se enteraron por una llamada telefónica.

“Como que ya estabas acostumbrado a vivir al borde de la vida. No que no te haya dolido, no que no nos hayamos desgarrado vestiduras ni la existencia. Pero pues se fue de guerrillero, güey, o sea, no se fue de misionero. Y si ya habíamos padecido Lecumberri y si ya éramos cuates de los pinches judas que se la pasaban siguiéndonos a la escuela, al boliche, a la casa de mis amiguitos, de las fiestas. Si ya tenía yo guaruras sin querer. Si el teléfono estaba intervenido desde el 61; desde que mi abuelo fue rector de la universidad, ¿no? Entonces, carnal, pus ya Napoleón Glockner en la memoria de su hijo jamás tuvo esa imagen de desvalido, moribundo o desahuciado. La vida para los Glockner se había definido como una cornisa, como el límite tan delgado entre dar un paso y saltar al vacío.

“Lo que pasa es que no lo creemos, lo que pasa es que no lo concientizamos y lo que pasa es que el oficio de mi papá estaba mucho más evidenciado por el oficio que había escogido practicar, ¿me explico? Y porque habíamos entrado ya al corazón del mismísimo nfierno: Lecumberri.

Frida

Fritz actualmente ve en la paternidad una convocatoria de emociones, esa rara situación, proceso que le tocó a los 50. Su primera hija (y al parecer será la única, según detalla) le vino a reforzar todo lo que antes había dicho sin conocimiento de causa.

“Yo había dicho que estaba convencido de que mi padre había optado por la búsqueda de la utopía e ir detrás de la ideología por amor a sus hijos. Había yo soltado de manera irresponsable y hasta panfletaria esa frase, hasta que tuve a Frida en mis brazos comprobé cabronamente mi panfleto o mi hipótesis; hoy día no tengo la menor duda de que mi padre se fue de guerrillero por amor a sus hijos, porque ahora soy padre.”

Muy a su estilo, Fritz se atreve a admitir que gracias a su hija Frida ha tenido varios golpes de realidad, en su ateísmo exacerbado recalca que en verdad los vástagos vienen con la contradicción teológica de “provenir del pecado”, pero “ser bendición de Dios”, como señalaría el cursi lugar común.

“Tener un hijo te hace descubrir una convocatoria de sentimientos, de sensaciones, de locuras que no experimentas si no es con un hijo, para no decir lo clásico de que es lo máximo. Tan es lo máximo, no es que sea lo máximo, es que es una convocatoria de emociones, de locuras, de sinrazones, de pánicos. Hoy Frida me dice “papi” y, bueno, ¡se me caen los calzones! ¡Se me caen los huevitos! ¡Se me cae el decoro! ¿Me explico?”

Glockner hoy refuerza la idea de que su padre salió a la lucha por él y sus hermanos. Encima de eso, lo ha confirmado con otros hermanos adoptivos, surgidos del vendaval. Junto con otros hombres y mujeres que padecieron la misma ausencia, la de un padre que se lanzó a la búsqueda de una utopía, fue que se formó la Asociación Nacidos en la Tempestad desde 1996, para hacer coincidir a los hijos de varios guerrilleros y desaparecidos políticos.

“Se abren los archivos de la Dirección General de Seguridad, empezamos a coincidir en un recinto tan maravilloso y tan tenebroso como suele ser Lecumberri, y fue naciendo la idea de tener un encuentro, un primer encuentro, y en el primer encuentro que se llevó a cabo en el 2005 nos juntamos 37 hijos de ex guerrilleros y fue maravilloso y nos sentimos hermanos a pesar de la diversidad de apellidos, de la diversidad de los estados en los que vivía cada quien”.

La organización se ha dado de alta como asociación civil y, aunque ha tenido sus altibajos por la intermitencia con la que se frecuentan los integrantes, sigue haciendo cierto tipo de trabajo orgánico, pero también ha evitado caer rehén de partidos políticos que busquen lucrar con sus apellidos.

“¿Se imaginan lo redituable que sería? Glockner en Puebla, Lucero en Chihuahua, hijo de Diego Lucero; Cabañas en Guerrero, qué quieres que te cuente. Cartagena en Jalisco, no, carnal, somos una posibilidad de botín político donde las hienas sonríen.”

La asociación ha mantenido contacto y cada determinado tiempo se reúne, pero las reglas del juego siempre quedan claras antes de fijar alguna postura, como ocurrió a la hora de apoyar a Mika Cabañas cuando su madre, Isabel Ayala, viuda de Lucio Cabañas, fue asesinada en Guerrero.

Lecumberri, otra vez tú

Irónico, pero cierto. El Palacio Negro no deja de ser el segundo hogar de Fritz. Volvió a la ex prisión ahora convertida en el Archivo General de la Nación para explorar entre los legajos y archivos de la Dirección General de Seguridad y volvió muchas veces más cuando su novela Cementerio de papel fue llevada al cine en una adaptación en la que él participó.

Aquella mole de concreto, construida a orden expresa del general Porfirio Díaz y hecha a medida para volverse un centro penitenciario de primer mundo a inicios del siglo XX, se volvió el culmen del dolor hasta los años setenta. Los mismos pasillos que recorrió Fritz rumbo a la crujía de su padre fueron los mismos que retomó, una y otra vez.

Advirtiendo que entra en terrenos de lo cursi, pide que noten su piel de gallina. El pellejo se le eriza de sólo recordar la vez que se le perdió al equipo de producción, al director y camarógrafos, actores y maquillistas, para poder buscar un rincón donde llorar con sus fantasmas a las tres y media de la madrugada, hora en que casi terminaban el rodaje de Cementerio de papel. Vino nuevamente, una escena más para ubicar al fantasma de Napo, el de su padre ausente, el guerrillero, el que por amor lo abandonó.

“Fui a pasear, a convivir con mis fantasmas y a sentarme en uno de los parquecitos en donde me

pude haber sentado con mi papá a fumarme un cigarro y es muy chingón. No tenemos por qué temerle a los fantasmas; al contrario, tienes que abrazarlos, tienes que empedarte, tienes que vacilarlos, tienes que llorarlos.”

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