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OPINIÓN

Apuntes desde la estulticia

La inteligencia del ser humano no dura toda la vida, porque se va acabando con los años, mientras que la estulticia se extingue tres días después de su muerte.

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Por Julieta Lomelí / @julietabalver

Si algo nos diferencia de los animales no es tanto el uso de la razón, porque aunque esta es una característica humana, en muchas ocasiones el individuo parece hacer uso de todos sus privilegios menos el de su razón. ¿No será que lo que nos distingue como humanos es nuestra condición estúpida?, y para eso basta comprender dos grandes verdades de la vida natural que he leído recientemente en un libro de botánica para posmodernos: “1) la estulticia humana no tiene límites y su inteligencia, sí: 2) su inteligencia no dura toda la vida, porque se va acabando con los años, mientras que la estulticia se extingue tres días después de su muerte”. Cuesta trabajo imaginar a un perrito estúpido o a un ave que emprenda vuelos trazados en la estulticia. Es más probable imaginar a una persona haciendo estupideces que siquiera nos pase por la mente juzgar de “estúpida” la conducta de algún otro ser vivo no humano. Pero entendamos “estupidez” en un sentido peyorativo, como la descripción de una conducta absurda, de una conducta que, pudiendo ser de otra manera, finalmente resulta irracional, incomprensible ante los ojos de los demás. En este sentido podemos decir que la estupidez merodea el ámbito humano de arista a arista, y ninguna época ha estado exenta de ella. Pienso, entonces, en algunos de los acontecimientos que, a pesar de haber transcurrido dos meses de este 2022, han inaugurado el año con su estulticia. Aquí un breve recuento:

  1. Casas blancas de la izquierda. Escribe Umberto Eco en De la estupidez a la locura que este siglo se caracteriza por una sociedad líquida en la cual el “posmodernismo marca la crisis de las grandes narraciones”. Entre esas grandes narraciones, la distinción y el significado entre izquierda o derecha también parecen sufrir una convulsión, perdiendo su sentido y los valores que distinguían a cada una. También las concepciones de Estado y de comunidad han entrado en crisis y, con ello, escribe Eco, “el individualismo desenfrenado, en el que ya nadie es ya compañero de camino de nadie, sino antagonista del que hay que guardarse”. En ese sentido, el individualismo es lo que gobierna no solo la vida privada, sino también la pública. Por lo que, desaparecida la distinción de los propósitos éticos entre una ideología y otra, entre una comunidad y otra, solo queda la legitimación absurda de propósitos individualistas, mismos que incluso son llevados por servidores públicos. Así, el enriquecimiento ilícito del hijo del Ejecutivo y los escándalos derivados de ello, no han sido la excepción en este inicio de año. La estupidez materializada en acciones mezquinas le han arrebatado la poca credibilidad que aún le quedaba a la izquierda mexicana.
  2. Volverse un enemigo –estulto– de la prensa. Si uno es lo suficientemente estratégico debería saber que una de las reglas de oro para no ser derrotado es hacerse de buenos amigos y, sobre todo, mantener a los enemigos muy cerca. Cuando el rey gobierna debe saber que uno de esos potentes enemigos está en la prensa. Sabotear con acciones anticonstitucionales las posibilidades de diálogo crítico con el “cuarto poder”, como lo ha hecho recientemente el Ejecutivo, es una más de estas acciones irracionales, por no decir estúpidas, que han inaugurado el año. El uso abusivo de información delicada que un jefe de Estado puede –desde la corona del Estado– legitimar, no es ahora el más grave de los problemas, sino que dichas acciones ilegales ejecutadas desde un organismo que existe para velar por la legalidad, hacen desaparecer la idea de una entidad, el Estado, que garantice a los individuos su seguridad y dignidad. El circo mediático de un Ejecutivo transgrediendo, desde su posición de poder, cualquier legalidad, no es más que la destrucción absurda del Estado desde el Estado mismo. Un acto irracional.
  3. Abogados de la corrección política, compradores de machismo musical. Volviendo a Umberto Eco, nos recuerda que somos hijos de la sociedad líquida que nos vuelve huérfanos de los grandes metarrelatos y valores del pasado. Ello nos da la absoluta libertad de practicar la estulticia y de volvernos absurdos a los ojos de los demás sin ningún atisbo de vergüenza. Por lo que bien podemos declararnos un día cristianos y al otro día budistas, y a la semana siguiente podemos despertarnos siendo defensores del comunismo, para tiempo después volvernos fieles seguidores del capitalismo más inhumano. Esta crisis de valores hace más visibles las incongruencias cuando hablamos de nuestros gustos estéticos, de ahí que, por ejemplo, seamos unos acérrimos defensores del feminismo al mismo tiempo que tarareamos canciones violentas y llenas de odio hacia las mujeres. Esta muerte de los grandes relatos nos vuelve habitantes contradictorios de cualquier relato, mujeres y hombres que abogan por la corrección política mientras al mismo tiempo se forman por días en una larga cola para comprar los boletos de un cantante que transmite todo lo opuesto a eso con lo que comulgamos. Somos consumidores de aquellos productos culturales que proyectan, como un espejo, la realidad de una época, nuestra propia estupidez.
  4. No mires arriba, no pienses. Una de las películas que retratan de modo excepcional la estupidez de toda una sociedad –aunque se estrenó la última semana de 2021– y que seguro tendrá muchas posibilidades en los premios Oscar de este año es Don’t look up. Un film que expone, desde la sátira, lo incomprensible que pueden llegar a ser las acciones políticas con tal de adquirir votantes. “No mires arriba” es un film que retrata de modo cómico la estupidez del populismo, y cómo este, antes de ser salvaguardar la verdad y la integridad de los ciudadanos, viene cargado de consignas mediáticas, de engaños y de creencias pseudocientíficas simplonas para atraer al mayor número de adeptos posibles. La crítica a la sociedad que prefiere dejarse llevar por fines mediáticos antes que detenerse a pensar por sí misma de Don’t look up, no está nada alejada de la realidad de esos conservadores antivacunas que habitan por todo el mundo y que, llevados por ideologías o partidos de extrema derecha, como es el caso de Australia, se oponen absurdamente a la ciencia y a las evidencias que tienen ante sus ojos para responder a las vacunas con el lema de “You can say no”.
  5. La boda del millón. Escribe Umberto Eco que en esta posmodernidad “toda oposición entre belleza y fealdad se ha disuelto. Tampoco es cuestión de repetir con las brujas de Macbeth ‘Lo bello es feo y lo feo es bello’. Simplemente, los dos valores se habrían fusionado, perdiendo de este modo sus caracteres distintivos”. De ahí que nos atrevamos a replicar en redes, ya sea consciente o inconscientemente, un montón de hechos que van más allá de lo feo, incluso tocando lo aborrecible. Desde bodas de personajes éticamente cuestionables, hasta comentarios y comportamientos patéticos que con la facilidad de un clic seguimos fomentando y divulgando, como si fueran obras de las cuales sentir orgullo, en esa extensa red de la estulticia.

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OPINIÓN

Defendiendo a la hermosa güeva

Todos somos huevones hasta que se nos demuestre lo contrario.

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Por Zeus Munive (el editor huevón ese)

A dichos personajes se les ha acusado de no hacer nada más que estar tirados frente a la televisión, tener pedazos de pizza regados alrededor de ellos, sin observar que están en ese momento en un estado zen.

Son poco comprendidos.

Están en todas partes: habitan en los hogares, en las universidades, en las casas de estudiantes, en los parques, en el zócalo y hasta en las iglesias, algunos esconden esa adicción bajo una sotana negra.

También abundan en las oficinas burocráticas.

Algunos son líderes de partidos políticos.

Otros tantos son líderes obreros.

“Diputados güevones, por eso están panzones” gritan en las marchas contra esos que se duermen las cámaras y cobran como si de veras trabajaran todos los días de su vida.

Unas son secretarias que su máximo esfuerzo es vender perfumes, zapatos y colchas, pero en la realidad están pegadas frente a una pantalla para revisar su Facebook, juegan Small Ville, You Ville y regalan vidas del Candy Crush, all the time.

Hay otras que no salen de su afición por las páginas como De10.com, Pijama Surf, Sopitas ad infinitum, que no aportan nada, pero eso sí, ya saben diez nuevas formas para realizarle el sexo oral a su pareja.

Los huevones son sancionados públicamente y ahora son mal llamados “ninis” porque ni estudian ni trabajan.

La hueva o güeva deriva de la idea del cansancio, del desinterés, de la falta de ganas por hacer algo. “Me dio güeva ir a correr, mejor me dormí otra hora”.

El origen de la palabrita proviene de los testículos, gumaros o huevos.

Suponemos que se le llamó así a la fiaca porque, como los testículos, siempre cuelgan de manera muy cómoda y relajada, además de no hacer otra cosa más que estar ahí sin producir ningún movimiento. Sólo esperan ser rascados, acomodados o apapachados, en el mejor de los casos.

Sus movimientos son lentos.

Puede soportarse ser huevón porque su sonido representa a un machín. No es lo mismo que le digan a una mujer que es una güevona o una floja que una fodonga.

Fodongo es una forma peyorativa de llamar a un huevón. Fodongo viene de flojo, de fofo, de panzón. Una señora fodonga es la que no se pinta, que sale de tubos al mercado, que todos los días anda de pants rosas hasta en el Starbucks.

Según el libro Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos, editorial Grijalbo, escrito por Héctor Manjarrez, hueva o güeva es el supuesto peso de los huevos o tompeates que produce el desgano. También es aburrimiento: “Me da hueva tu familia” y, por supuesto, es el reposo del cuerpo: “Me encanta la güeva”.

Existe una idea de que en México todos son unos huevones. Hace años representaban a los paisanos sentados a la sombra de una nopalera y envueltos en sus sarapes con grandes sombreros.

La imagen de Chano y Chon, para ser más específicos.

Siempre se ha satanizado a su majestad la güeva. Es un pecado capital, incluso, pero se le llama pereza de forma elegante.

Todos los humanos somos huevones por naturaleza, trabajamos para después echar la güeva. Peleamos por un coyotito reparador en la tarde. Sufrimos por el mal del puerco, que es ese sueño horrible que da después de zamparse unos taquitos de carnitas y hay que regresar a la oficina.

Los fines de semana, por lo menos el domingo, hay gente que ni se baña con tal de sentir que pueden ser güevones algún día de su vida.

Cuando nos despertamos siempre pensamos e imploramos al Señor: “Cinco minutos más”.

La güeva, hay que admitirlo, es de los placeres más censurados en la vida.

Y es que como dijera el director Alex de la Iglesia: lo que más me gusta de la vida si no me mata me engorda. Y la pereza es de esos placeres culposos con los cuales todos vivimos.

Si tienes un hermano menor lo pones a trabajar, si eres el jefe delegas, no por un asunto administrativo, sino para echar la güeva, si eres periodista, ah, qué rico echas la güeva, prefieres vivir del chayo. Si eres maestro, inventaste los puentes. Si eres mecánico, nunca encuentras las piezas del auto. Si eres consultor de imagen pública, asesoras a tu candidato y viajas por todo el mundo. Si eres escritor, pides tu beca del Fonca. Si eres líder sindical, bueno, te vuelves diputado.

Si eres editor de una revista… uff.

Y es que todos somos huevones hasta que se nos demuestre lo contrario, pues como decía Fontanarrosa: “La ociosidad es la madre de todos los vicios, y como buena madre, hay que respetarla, pues sólo hay una”.

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OPINIÓN

Última carta a la fanática de Yaguarú

Del viejo baúl de los recuerdos. Buscando algunos documentos en internet me encontré con este texto que le dedicamos a la fundadora de Periódico Central en diciembre de 2016. Este texto fue una despedida personal a una de las mejores periodistas que han existido en Puebla. No hay fecha para recordar a nuestros muertos, pues el luto es para siempre; uno aprende a vivir con él y aprende a vivir sin la persona a quien se recuerda. Hoy le hacemos un pequeño homenaje a esta poblana que, oriunda de Guerrero, terminó siendo más poblana que los chiles en nogada.

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Por Zeus Munive Rivera / @eljovenzeus

Acto 1. Al principio fue un vermú

Quizá ya nadie lo recuerde, creo que a veces ni yo mismo, porque ha pasado ya tiempo. Fue en el 2004 cuando supe que ibas a ser la mejor periodista de Puebla. Nunca me equivoqué, lo fuiste, lo eres y lo serás: nadie podrá llenar tus zapatos.

Nos presentaron varias veces en ese año y nunca supimos por qué ambos fingimos que no nos conocíamos. En una de las tantas presentaciones, tú citaste el libro de Señorita México de Enrique Serna y cómo Selene Sepúlveda (la protagonista) pedía en un bar “Un vermú”. Me sorprendió escuchar que una joven de 20 años citara a Serna y una de las partes más conmovedoras y graciosas de la novela. Y lo dijimos esa vez: “es que se oye chidísimo: ‘un vermú’”.

Platicamos. Estábamos en el patio del Congreso del Estado. Resultó que tú eras de Guerrero y que no conocías el chilpachole de jaiba. Me contaste sobre tu padre que siendo profesor conoció en los años sesenta a Lucio Cabañas. Hablamos de la guerrilla de tu tierra. Me revelaste cómo era “El Ticuí” –municipio de Guerrero– y me lo describiste como si fuera el Macondo de Gabriel García Márquez. Un lugar mágico, lleno de colores y de flores, así como de mariposas amarillas que vuelan liberadas.

Nuestro tercer encuentro fue una noche de agosto, cuando los “rechazaditos” de la BUAP, en el zócalo, mientras ellos – los rechazados– estaban en casas de campaña y huelgas de hambre. Eras la única reportera que los cubría, que le daba voz a una minoría que por supuesto era ignorada por el establishment. Solitaria, con grabadora en mano, con tus pantalones de mezclilla rotos a la altura de las caderas y roídos de las valencianas, una ombliguera y tu bufanda de estambre rosa, ahí creyendo que podías cambiar el mundo.

Me diste ternura, Selene. Me encantó ver esa actitud rebelde, cabrona, desmadrosa, desparpajada e irreverente como tu periódico Central. Fuimos a cenar al Vitorio’s. Mario Martell, tú y yo. Pediste una ensalada de atún y un consomé de pollo. Yo una pizza, Martell cervezas. Platicamos de periodismo. Hablamos de Mario Marín como candidato a la gubernatura y lo mal que nos caía. Te reías de Enrique Agüera y lo estrafalario, por no decir naco, que era. Nuestro Güicho Domínguez.

Supe ahí que serías la revelación.

Puebla estaba emputecida, Selene.

El periodismo, como siempre, estaba emputecido.

No había qué hacer ni para dónde hacerse porque los niños cantores de Mario Marín ya controlaban todo.

Intolerancia, medio en el que trabajaba, publicó un desplegado a favor del candidato Marín. No había espacios para respirar. El sistema controlaba todo. En los medios todo era lo mismo. Platicar contigo fue una gota de esperanza. Había alguien en ese pinche momento que era idealista, que verdaderamente pensaba distinto.

Debo confesar que me enamoré de tu idealismo.

Sucedió que (aunque ahora lo nieguen los actores) había la intención de exiliar a Mario Alberto Mejía porque el candidato Marín, en ese entonces, no lo tragaba. Se abrió la posibilidad de trabajar en Cambio con Alberto Ventosa.

Mejía, Arturo Rueda, Héctor Hugo Cruz, Ulises Ruiz y yo renunciamos a Intolerancia. Quemamos las naves. Saltamos al vacío y nos fuimos a Cambio. Al Cambio que llevaba Fernando Crisanto, aquel que hacía de ocho columnas las crisis del pollo y noticias de ese nivel, que tantas veces nos reímos, Selene.

A ti, en ese momento, ya te querían fuera de e-consulta porque Agüera estaba presionando a Rodolfo Ruiz porque traías jodido al rector, diario lo evidenciabas como lo que era, y Ruiz, fiel a su estilo, te mandó a cubrir agropecuarias y a cansarte para que te fueras de ahí (a muchos nos aplicó esa del cambio de fuente al notirrancho, con ese fin, no te preocupes).

En tanto, en Cambio, necesitábamos una nueva plantilla laboral, la que estaba ya venía muy viciada. Fue cuando propuse tu nombre a Mario Alberto Mejía, quien aún no te conocía. Pujé y pujé para que se abriera la plaza. Al fin lo había logrado. Te lo dije en el Vips de la Juárez y me dijiste que te ibas solo si contrataban a Edmundo Velázquez. Te dije que eso era imposible. Tu posición era inamovible, así que me comprometí a convencer a mis jefes.

Lo logré.

Te marqué por teléfono a tu casa mientras le colocabas la criolina a tu perra “La Gorda” y te dije el famoso: “Ya chingamos”.

En enero del 2005, creo que fue el 5 de enero, ya no recuerdo bien. El periodismo en Puebla volvió a brillar.

Acto 2. Apuntes sobre el cura pederasta

Recuerdo que, ya instalados en Cambio, te volaste la barda. Regresaste al origen del reporteo. Dejaste la comodidad de la sala de prensa del Congreso del Estado y te lanzaste a la Mixteca, a Tehuacán, recorriste un buen de carretera con tu Chevy color vino al que bautizaste “El Botas” en honor al chango de Dora, la exploradora. Y sí, aunque decías que no, era un albur eso de “Botas, el changuito”.

Nunca me equivoqué, eras la mejor reportera.

Aquí en Puebla, mientras tú estabas armando el reportaje sobre los abusos de Nicolás Aguilar y hacías que la Iglesia católica amenazara a los directivos del periódico Cambio, la mayoría de los reporteros estaban en las salas de prensa chacaleándose los audios y dividiendo las notas para no trabajar los fines de semana. Los dueños de los medios y directivos cobijando al poder en turno.

Ahí están planas y planas de tu investigación.

También fuiste a Cancún a entrevistar a Lidya Cacho.

Hiciste periodismo. En ese entonces, como ahora, los políticos son tan ignorantes y tan pendejos que solo le hacen caso a los columnistas. No pueden leer datos duros y más de dos cuartillas, para ellos eso ya es demasiado.

Ya llevaremos más adelante, muchos de tus textos publicados en Cambio, pero lo hiciste. Quizá el problema, y deja que te lo reclame, es que no te la creíste, pero a pesar del robusto ego de los directivos de Cambio, ya los habías rebasado desde hace mucho.

Acto tres. Nace Central

Nos habíamos peleado varias veces. Tú y yo siempre nos peleamos. Yo era tu porrista, pero a la vez tu opositor. Es que, en buena onda, Selene, a veces eras bien necia y yo que me enciendo bien fácil. En fin, pasa. Ya no tiene caso recordar, pero estábamos peleados en esto que ahora recuerdo:

Nos topamos un día de noviembre del 2011 en Kamafruta de La Paz. Me saludaste, después de quizá un año que no nos hablábamos. Me dijiste que querías platicar conmigo. Nos citamos ahí nuevamente y desayunando me dijiste que renunciarías a Cambio.

Te felicité. Te dije que qué bueno, que por fin te independizarías. Que rompieras el cordón umbilical. Me pediste que no dijera nada, me hiciste prometerlo. Me dijiste que me querías de columnista. Dijimos que públicamente diríamos que estabas haciendo un blog.

Pactamos. Regresamos a ser amigos. Volvimos a ir por unos tragos, como en otra época. Hablamos de nuestras vidas. Perdonaste una chingadera que te hice por la que me dejaste de hablar, aunque siempre me la estuviste recordando. Me volviste a hacer tus tacos dorados que me volvían loco y que años antes, después de probarlos, hasta te pedí matrimonio.

Ya cuando ibas a sacar Periódico Central nos vimos y me dijiste: “renuncia tu columna a Intolerancia y vente para acá”. Te dije que no había hablado con Enrique Núñez. Me dijiste: “tú eres de aquí. No puedes fallarme. Tú eres parte de esto”. Y me pusiste tus ojos de gato chantajista que siempre me convencieron y por los que muchos de los reporteros de Cambio me reclamaban de que tú eras mi consentida.

Bueno, una aclaración, Selene siempre fue mi reportera consentida, perdón a Efraín Núñez, puedes odiarme a mí también.

Le mandé un correo a Enrique Núñez y le avisé que me iba. Y me fui como las chachas, porque la neta, la neta, Selene, a pesar de las diferencias con el director de Intolerancia, él se portó cuate en ese momento. Me habían censurado en Milenio Puebla tras la salida de Julián Ventosa, nuestro gran, gran cómplice.

Pablo Ruiz, director de Milenio, se encargó de mandarme a gayola y Núñez me dio un espacio. Ahora llegaste tú y me tuve que ir a tu proyecto que vi nacer y del cual me siento orgulloso de pertenecer.

Fuiste una cómplice.

Mi gran mejor amiga.

¿Cuántas veces nos habremos mentado la madre? No lo sé. Muchas. Hicimos un grupo a prueba de balas. Y la verdad, Selene, si estuvimos en las buenas y en las malas fue por ti. Fuiste la líder y siempre te respaldamos en todas tus locuras.

Puedo escribir mucho, mucho acerca de ti, pero solo lo resumo con estas palabras: fuiste y eres y serás la reportera más chingona de Puebla. Quizá mi mérito y lo cual siempre presumiré es que tuve la visión de jalarte de este lado del barco.

Por otro lado, fuiste mi mejor amiga, eres la única que sabía todo de mí. Todo es todo.

Y si existimos muchos en torno a ti, fue porque eras ese imán que nos unió, a pesar de ser tan distintos y no siempre coincidir.

Adiós, Selene.

Las despedidas no son agradables y duelen un chingo. Se siente que te arrancan un pedazo de tu alma. Nos quedamos a cuidar la plaza. Viridiana Lozano hará un excelente papel, tenlo por seguro. Ha sacado la casta y ha demostrado ser tu mejor creación. Ella mantendrá la calidad de este portal. Además, no dudo en decir, que siempre te fue muy leal.

Adiós, Selene.

Te quiero un chingo.

Y no niego que me duele perder a mi única consejera, a quien sí le hacía caso. Ya no hablaremos de nuestros libros de John Connolly ni de Fadanelli, ni de Alessandro Baricco y cómo nos impactó Océano mar. Ya no te recomendaré las series de televisión ni las películas.

Adiós, fanática de Yaguarú. Ya no trataré de inculcarte otros gustos musicales, y no porque me rinda, simplemente porque…

Bueno, para qué remover esta herida.

Te veo en la siguiente vida, preparas los tacos.

Sabes que tuve que tomar diclofenaco y naproxeno porque estoy adolorido de todo el cuerpo, desde tu partida, es en serio, fue mucha angustia, fue mucho estrés.

Es que, con perdón de Borges, pero me duele una Selene en todo el cuerpo.


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OPINIÓN

Juan Carlos Valerio y el oficio inacabable

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Por Zeus Munive / @eljovenzeus

Fotos: Cristóbal Sánchez Pavón

Todos en Puebla sabemos que, para Juan Carlos Valerio, el periodismo es su vida. Sin embargo, pocos saben que su vida no se limita al trabajo. ¿Qué razones lo llevaron a abrazar este oficio inacabable? ¿Cuáles son sus arrepentimientos? ¿Por qué tiene otro empleo fuera de los medios? ¿Qué partido lo quería tener como candidato a diputado? ¿Por qué dicen que él tiene dos familias? ¿Cuáles son sus tacos favoritos? ¿Por qué lleva tantos años levantándose a las 3:45 AM?

El periodismo es un oficio inacabable. “Todos los días me levanto cuarto para las cuatro”, narra Juan Carlos Valerio, “tengo que estar aquí en el estudio a las cinco y cuarto de la mañana. Tengo la emisión matutina y luego permanezco aquí porque desarrollo otras tareas dentro de la empresa”.

Se dice que es un oficio inacabable, porque el flujo de noticias nunca termina. Al grado de ser las imprentas, y no las redacciones, las que –metafóricamente hablando, claro– ponen los puntos finales a las notas. “También tengo la emisión vespertina”, continúa Valerio, “y si sigue habiendo tareas acá, las sigo desempeñando”. Como es de esperarse, generalmente las hay; de ahí que también se diga que es un trabajo que no tiene ni conoce el descanso. “Pero ya me cuesta trabajo la desvelada”, reconoce.

No es para menos. La presencia de Juan Carlos Valerio, sea solo en voz o también en imagen, ha sido una constante en la vida pública poblana por varias décadas. Además de contar con una carrera sólida, tanto en la radio como en la televisión del estado, tiene más de 30 años formando a futuros colegas. Aunque todos sabemos que el periodismo es su vida, pocos saben que él tiene una vida más allá del trabajo.

“Me gustan mucho los tacos árabes. Y los de Acuca, del bulevar Atlixco, esos me fascinan”, confiesa. “Soy más de taco árabe, no me pongas pastor”, polemiza. También le gusta el vino, “pero yo creo que tengo unos cinco o seis años que le pego mucho al mezcal. Me gusta mucho y le he encontrado un gran gusto”. Cuando Juan Carlos llega a comer a casa, se toma uno para, en sus propias palabras, “bajarle tres rayitas al estrés del día”. También le gusta el whisky, “pero fíjate que, incluso, mi gusto por el mezcal lo ha superado. Le encuentro a ambos el sabor del humo y en la bebida es algo que me gusta”.

Para quienes estamos del otro lado de la bocina o el televisor, a veces nos es difícil imaginarle a los periodistas una vida sin micrófonos ni corbatas. Pero la tienen. Una vida personal que, quizá, nos parece demasiado chica en comparación con la profesional, pero la hay. A final de cuentas, el periodismo no solo es un oficio inacabable, sino también celoso. Es el problema de quien se dedica a alimentar a sus pasiones, a echar a andar la maquinaria del destino.

Haciendo girar los engranes

Hay poblanos que se dan el lujo de nacer en otros estados. Tal es el caso de Juan Carlos Valerio, quien, a pesar de ser originario de la Ciudad de México, lleva 48 años viviendo en la Angelópolis. “Prácticamente he hecho toda mi vida aquí”, afirma orgulloso. Y no exagera. Su educación, por ejemplo, la recibió íntegra del Instituto Mexicano Madero. Incluyendo su formación universitaria, donde se graduó de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Colectiva.

Al cuestionarlo sobre las pulsiones que lo llevaron a abrazar este oficio tan ingrato como interminable, puso tres razones sobre la mesa. La primera: “vengo de una familia que, desde que yo era niño, tenía el hábito de estar muy bien informada”. Recuerda haber pasado horas sentado con ellos, escuchando o viendo los noticiarios. Con el mismo cariño, se acuerda de la edición dominical de Excélsior, que, en aquellos años –afirma– “todavía era un tabique”.

La segunda razón es continuación de la primera, así como la educación escolar es una extensión de la adquirida en el hogar. Cuando estudiaba la secundaria en el Instituto Mexicano Madero, por una –en sus propias palabras– “coincidencia maravillosa”, el liceo abrió un taller de periodismo, donde el aprendizaje fundamental, apunta, “fue escribir de forma clara y correcta”. Dicha iniciativa contemplaba, además, la oportunidad de participar “en un pequeño espacio semanal en Organización Radio Oro, donde presentábamos los contenidos que producíamos en el taller”.

Lo que comenzó como un breve espacio semanal terminó por convertirse en una experiencia seminal: en Juan Carlos floreció el amor a hacer radio; y esa es la tercera y última razón que lo impulsó a abrazar el oficio. Fueron varios los nombres en el medio que alimentaron su pasión. “Nunca podré olvidar a Pepe Azpiazu, el locutor de la 1170; o a José Luis Ibarra Nazarí o a don Enrique Montero Ponce. Ellos me dieron la oportunidad de ir y hacer tareítas con ellos; cuestiones tan elementales, tan operativas, como ir a limpiar con alcohol los discos LP o a cortar y clasificar el télex de Notimex. Cuestiones de ese tipo, como ir por el café, pero que al final del día me dieron la oportunidad de entrar poco a poco”.

La radio, ese invento maravilloso de transmisión de ondas, es un hilo conductor no solo de la pasión, sino de la vida entera de Juan Carlos. Su presencia, como un miembro más de la familia, lo acompañó desde niño. “Escuché mucho la radio de onda corta”, comenta, “la radio que se producía en cualquier lugar del mundo y que era posible escucharla en español, como una de las emisoras de la BBC de Londres, Radio Moscú o la de Alemania. Escuchaba mucho eso, y entonces como que yo vivía imaginándome en ese mundo de la radio”.

Hay quienes conciben a los humanos como apenas un sofisticado animal de costumbres. Y quizá no estén equivocados. La pasión radiofónica de Juan Carlos Valerio nació a la par de la peculiar rutina de levantarse al cuarto para las cuatro de la mañana; un hábito que, como su carrera en el mundo del periodismo, sigue todavía vigente. “Quien me metió la costumbre de escuchar radio de onda corta fue mi padre”, recuerda. “Él se levantaba al cuarto para las cuatro de la mañana y ponía la radio de onda corta. Y yo, como niño, escuchaba ruido en la casa y bajaba con él para escuchar lo que él estaba escuchando”.

A nadie sorprenderá, entonces, que Juan Carlos Valerio haya echado a andar los engranes del destino a los 17 años, comenzando a trabajar de manera “directa y formal con don Enrique Montero, preparando un resumen de noticias internacionales. En aquella época”, continúa, “la información internacional que podíamos recibir habitualmente la daba Jacobo Zabludovsky en el noticiario de la noche; entonces yo le empiezo a preparar a don Enrique un resumen y se vuelve propiamente, de manera formal, mi primer empleo pagado y con obligaciones de lunes a domingo; porque, además, don Enrique trabajaba todos los días y fueron 11 años los que desarrollé ese contenido”.

La lucha por permanecer vigente

Juan Carlos Valerio es una persona que ha tenido la oportunidad de trabajar en lo que le apasiona, de alimentar todos los días su pasión. “En ese sentido, soy afortunado”, reconoce. Lo que más le gusta de su oficio es “la relación con las personas, porque te permite tener una relación más estrecha y cercana, que no se limita a nada más contarle a la gente lo que le pasa a la gente, sino realmente entender lo que está viviendo nuestra sociedad, las personas en diferentes circunstancias”.

Sin embargo, a pesar de lo demandante del oficio, su trabajo no se limita a los medios de comunicación. “Yo creo que debo tener ya, de manera ininterrumpida, unos 30 años de dar clases”, recuerda. Comenzó, como muchos, dando clases en nivel secundaria y, posteriormente, en preparatoria. “Luego me perfilé como profesor universitario. Procuro por lo menos dar una materia al semestre; es de las cosas que también me puede apasionar mucho”, remata.

Ahora, cabe hacer la distinción: un trabajo apasionante no es necesariamente un trabajo más sencillo. En su opinión, cada semestre él se enfrenta a “una generación que llega a la vida universitaria en plena era de la información, sin tener interés alguno por la información. Es decir, no está interesada en un tema, ni de saber lo que pasa ya siquiera en su manzana o en su colonia”.

Pero no todo está perdido. Aquí entra la labor de los docentes: “entonces, lo primero que hay que hacer es despertarles ese interés por estar informados”, afirma, “por leer, por escuchar, por ver, en vez de que agarren el teléfono celular y estén pasando a lo loco contenidos que, al final, no los consumen; o sea, simplemente los van pasando a una velocidad exorbitante”.

En su opinión, el consumo de información de las generaciones actuales no es el único problema, sino también la expresión de sus ideas. “Como finalmente plasman a través de un escrito aquello que están viendo, que están sintiendo, que están conduciendo, te enfrentas al segundo problema: las generaciones recientes, y no te hablo de la actual, no tienen el hábito de escribir, y menos desde que se escribe para redes, en redes, donde combinas la escritura con los iconos, donde generas incluso hasta nuevos lenguajes que, para nosotros, puede llegar a ser difícil de entender”.

“Ellos necesitan conocer la forma tradicional de escribir”, continúa. “Entonces tienes que meterle ese tema. El hecho de que hoy cuentan con una herramienta poderosísima como el teléfono celular, se puede ser o muy responsable o muy irresponsable; pero muchas veces se raya en lo segundo. Eres muy irresponsable y te pones a comunicar a lo loco. Entonces tienes también que enseñarles la importancia de la responsabilidad de comunicar con una herramienta tan poderosa como esta”.

En el contacto con las nuevas generaciones deja en evidencia que enfrentar el cambio no es una labor sencilla para las generaciones anteriores. “Uno de los principales retos que tenemos en nuestra generación”, acepta Valerio, “es justamente adaptarnos a este proceso de comunicación bidireccional, porque nosotros nos formamos en la época en la que aquello que decíamos era palabra final”. Pero ahora las cosas son distintas. “Es tu palabra y ahora no, ahora viene de regreso y viene de regreso bonito o feo, y entonces tienes que aprender a convivir con ello. Creo que algo muy importante es escuchar justamente al otro, o sea, que es algo que de repente se perdió en el medio tradicional en el que nos formamos ¿no?”.

Entrar en las nuevas dinámicas del medio no ha sido fácil. “En la televisión tengo 24 años y luego entre 11 o 12 años haciendo radio”, recupera. “Yo siento que los medios, sobre todo a los que llamamos tradicionales (la prensa, la radio y la televisión), estamos en ese proceso de transición para lograr la sinergia correcta, adecuada y saludable con los medios digitales”. Sin embargo, como todos sabemos, es algo que se dice más fácil de lo que se hace. “Todavía me cuesta trabajo, es algo que padezco de repente cuando en redes sociales vienen madrazos y digo: oye, pues si no tuve la culpa, si yo nada más estoy informando, yo no soy responsable de ello, pero nada más soy el mensajero”.

Las barreras para alcanzar dicha sinergia no vienen solo de la reticencia a incorporarse a una nueva realidad. Como en cualquier noticia, hay un trasfondo. “Lo que percibo en el mercado”, analiza Valerio, “es una enorme cantidad de medios digitales donde cualquiera construye su medio digital, sin necesariamente contar con la capacidad para poder desarrollar la tarea periodística. Veo demasiados medios tratando de aprovechar la oportunidad de que esto existe para poder estar ahí”, concluye. Medios caracterizados por la falta tanto de rigor como de ética; pues, a final de cuentas, informar sin rigor es una de las peores faltas que se pueden cometer en este oficio.

Para Valerio, los nuevos medios de comunicación no suponen una amenaza de remplazo para los medios tradicionales. “He estado tratando de leer acerca de ese tema y me he encontrado con análisis que apuntan a que el exceso de información tan confusa, tarde o temprano generará que las audiencias regresen a aquellos medios que ven con mayor formalidad, publicando o comunicando con mayor solidez, tratando de ofrecer contenidos con mayores elementos periodísticos”, apunta.

“Yo creo que”, continúa, “como una empresa que vive de la publicidad, te enfrentas todos los días a que el cliente te diga: ‘no es que ya nadie vea televisión, no es que ya nadie escuche la radio; es que todo mundo está en internet’. Y la radio, la tele, los medios impresos, todos encontraron en internet una ventana extraordinaria para amplificar el trabajo que estaban desarrollando. Entonces, el tema es cómo utilizas todas estas ventanas que te ofrece para seguirle dando solidez a tu trabajo y a tu medio. Lo que cambia, creo yo, es la forma en que las audiencias te consumen. O sea, te ven de una manera diferente. Yo creo que, finalmente, el valor de estos medios es que llevan experiencia, llevan ese interés por querer generar buenos contenidos y, en la medida en que haya buenos contenidos, estos medios tienen posibilidades amplísimas, incluso hasta potenciarse”, concluye.

Cuando se le cuestionó si seguirá los pasos de los periodistas de relevancia nacional, como López Dóriga o Loret de Mola, Valerio no tiene certeza. “En el caso de López Dóriga, él se fue para allá porque su momento generacional en la televisión migró, pero él sigue haciendo radio y lo sigue haciendo de una manera muy buena, y ahorita está haciendo un gran trabajo Carlos Loret. Ambos supieron utilizar estas herramientas para poder seguir adelante con su trabajo”. Respecto a su propio quehacer, confiesa que dicha migración de los medios tradicionales a los electrónicos, quizá ocurra en el futuro. “Es probable, yo creo que muchos vamos para allá y creo que pudiera ser inevitable dar ese paso, tarde o temprano puede suceder que las empresas digan ‘oye, hasta acá’, como les ha sucedido a muchos y entonces tu siguiente paso sea estar en los medios digitales”.

Entre la censura y la prudencia

La censura, en un país que trata a sus periodistas como lo hace México, no es un tema que sorprenda a nadie. Como cualquier otro profesional de la noticia, Juan Carlos Valerio se ha visto frente a esa situación. “A todos nos ha pasado en diferentes momentos. Ha habido ‘la llamada’, las peticiones; las bonitas y las no tanto. Pero también luego llega el momento en el que tú mismo tienes que aplicar tus propias limitaciones”, reconoce, “todo en función de ser responsable. Por ejemplo, no meterte en la vida privada de los demás o no meterte con asuntos sobre los que no se tienen los pelos de la burra en la mano, de los que nada más te contaron”.

Al respecto de esto último, Juan Carlos Valerio cuenta una anécdota que ilustra el caso. En los primeros años del nuevo siglo, cuando el volcán Popocatépetl atravesaba una racha de actividad inusitada, Ramón Peña Melche –quien en aquel entonces manejaba el Plan Operativo Popocatépetl– le marcó por teléfono para ponerlo sobre noticia: “Fíjate que están pero enloquecidos los sismógrafos y los instrumentos”, recuerda que Peña Melche le decía por el auricular, “esto puede llegar a tronar feo. Nosotros le estamos recomendando al gobernador Melquíades Morales que se implemente una evacuación”. La llamada entró a las 13:00 horas, a punto de entrar al aire. “Entonces”, prosigue Valerio, “tienes la nota y viene ese proceso de reflexión: a ver, salimos ahorita a las dos y media, tres de la tarde, con el tema porque tenemos la nota y ¿qué puede llegar a suceder?”.

“Bueno, pues tienes la nota”, continúa, “te fuiste con la primicia y terminas generando pánico entre la población cuando el gobierno apenas medio está empezando a organizarse para ver cómo le va a hacer para bajar a la gente. Pero ¿si no lo hacemos y eso explota? Son esos momentos en los que se vuelve difícil valorar si sales con la nota o no”. En aquella ocasión la decisión fue esperar a que hubiera un anuncio oficial cuando las instancias encargadas estuvieran listas, lo cual ocurrió ya tarde, alrededor de las siete de la noche.

No hay que confundir al prudente con el timorato, ni al valiente con el irresponsable. En el periodismo, la prudencia es una habilidad que hay que mantener afilada. Quizá por ello, Juan Carlos Valerio no recuerda enfrentamientos notables a lo largo de su carrera. “He pasado por medios que, de repente, han tenido enfrentamientos con gobiernos; pero yo, personalmente, no me he enfrentado a alguno de ellos”. A lo sumo, confiesa, ha recibido reclamos cuando es reconocido en la calle o en algún espacio público. A final de cuentas, su trabajo como presentador de noticias en la televisión le ofrece la oportunidad de ser reconocido por la audiencia.

Le ha tocado desde saludos hasta reclamos, pues hay “personas que se sienten afectadas por algo que dijiste. Entonces, te encuentran y puede ser hasta medio violento el asunto”. Sin embargo, como siempre, la prudencia que lo ha caracterizado se manifiesta en estas situaciones y, en vez de alimentar las agresiones, prefiere adoptar una posición conciliadora. “Y a veces, sí, en ese ejercicio de conciliación te das cuenta de que la regaste y debes rectificar al aire”.

Para Juan Carlos Valerio, el hecho de ser uno de los rostros más conocidos de toda Puebla va más allá de, literalmente, dar la cara; implica también el privilegio de poder tender la mano para ayudar a las personas. Con recato, afirma que ya “son muchas historias, del tipo que pueden llegar a pegarte un shock, sobre todo las de aquellas personas que te buscan porque tienen un problema de salud muy complicado, porque no encuentran la atención inmediata en las instituciones. Tú te acercas con las personas, entiendes su problema y empiezas a buscar en las instituciones con los distintos personajes. Y así se empieza a resolver el asunto. Son historias que tienen que ver con niños que se salvan a partir de una situación muy compleja; personas de la tercera edad que ya estaban desahuciadas y logran encontrar una solución. Son historias muy fuertes”, afirma.

La muerte del periodista poblano Javier López Díaz es una de estas “historias muy fuertes” de las que habla Juan Carlos. “Independientemente de ser un colega, era un amigo, un amigo muy cercano. Yo no lograba entender todavía cómo la persona a la que había saludado en la mañana temprano ya no estaba. O sea, ¿qué pasó, qué fue lo que sucedió? Para colmo, no lograba tener la confirmación de su familia, entonces debí salir al aire ‘doblado’. Son esas cosas que sí te pegan y era muy difícil, y es muy difícil, tratar de conservar la entereza ante una noticia así”.

El futuro de Valerio

El periodismo y la política mantienen siempre un flirteo peligroso. Así como no son pocos quienes son perseguidos por el poder, también hay periodistas que deciden sucumbir a él. “Te voy a platicar algo que a muy pocas personas les he contado”, dijo en voz perceptiblemente más baja, “un día, cuando Rafael Moreno Valle era gobernador, me habló por teléfono alguien de su equipo para decirme que él quería verme, lo más pronto posible, en su casa de Las Fuentes. Al llegar a su casa estaban sentados en un comedor enorme, de no sé para cuántas personas, Tony Gali hijo y, si mal no recuerdo, Luis Banck. Sobre las mesas había una serie de carpetas. Moreno Valle me dijo: ‘mira, todas estas son encuestas. Yo siempre, antes de tomar decisiones sobre quién va a ser candidato, hago encuestas; y hay municipios de los que puedo a llegar a tener hasta tres o cuatro encuestas. Te quiero proponer que seas candidato a una diputación por Puebla, por un distrito de Puebla’”. Juan Carlos hace una pausa para beber agua y continúa: “Yo todavía le dije bromeando ‘¿y por qué no candidato a presidente municipal?’”. El me respondió, serio: ‘No. Tenemos poco tiempo y no basta con el tema de la televisión, hay que hacer trabajo político. Estamos por ganar, vamos a ganar, tengo todos los números, tengo todas las encuestas, tengo todo. Y, si por alguna razón no llegaras a ganar, que es muy difícil, cuando Martha Érika sea gobernadora, ella te acomoda en alguna posición’.

Juan Carlos Valerio decidió esta vez no echar a andar los engranes del destino y, tras agradecer la oportunidad, se retiró. Seguramente, habrá quienes sin pensarlo dos veces habrían actuado distinto. Sin embargo, la prudencia es solo otra cara del “colmillo”: no porque una puerta se abra, significa que debamos atravesarla. Como muchos recordarán, en las elecciones de 2018 se concretó la derrota electoral del PAN con el triunfo de Morena. “Yo me pongo a pensar en qué hubiera pasado con mi carrera periodística, porque creo que si das ese paso a la vida política, luego puede ser difícil regresar a la vida del periodismo”. Y para Juan Carlos Valerio, el oficio es su vida.

En tono cándido confiesa que “nunca ha pasado por mi cabeza ese tema de mandar a volar el periodismo”, a pesar de los innumerables sacrificios que la profesión exige. Sacrificios que, dicho sea de paso, no solo tiene que hacer la persona periodista, sino también quienes las rodean. “Tengo una familia muy tolerante con mi trabajo”, comenta. Sin embargo, se lamenta de que, debido al celo profesional, “se me escaparon de las manos muchos momentos del proceso de crecimiento de mis hijas, porque el periodismo es un trabajo muy demandante”. Tan demandante que los equipos de trabajo terminan convirtiéndose en una segunda familia. “Me siento muy orgulloso de mi equipo. Yo creo que debe de haber unas ocho o 10 personas que empezamos juntos en lo que originalmente fue TV Azteca 1997 o quizá en 1998. O sea, seguimos juntos como parte de ese equipo, y eso es algo que a mí, personalmente, me gusta mucho”.

No es para menos. Las personas que conforman estos equipos “son las caras que ves todos los días, con quienes convives, con quien discutes, pero con quien también resuelves diferencias. Al final del día nos conocemos, sabemos cómo trabajamos, confiamos en la forma en la que trabajamos. Y sí, se vuelve una segunda familia”.

El oficio es inacabable, los periodistas no. De ahí que sea imposible no pensar en el futuro. Al cuestionarle sobre qué espera que suceda en los próximos años, Juan Carlos respondió: “No me veo fuera del periodismo, me quisiera seguir viendo en esta empresa que me ha tratado muy bien durante tantos años y me quisiera ver un poco más partícipe en los medios digitales, tratando de entender toda esta revolución y cómo finalmente hoy los medios digitales entran dentro de las audiencias”.

Tras finalizar la entrevista, Juan Carlos Valerio se retira. Aún es temprano, pero él, como lo ha venido haciendo desde que tiene 17 años, tiene que adelantar lo más posible antes de irse a dormir para que mañana, cuando despierte al cuarto para las cuatro, pueda seguir alimentando su pasión, para que pueda seguir ejerciendo el oficio inacabable.

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