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TECNOLOGÍA

Alguien más llenará tu bandeja de entrada: tu refri

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Ya no es suficiente con mantenernos conectados todo el tiempo, recibir información constante del mundo, ahora también nos debe preocupar cómo está nuestro refrigerador mientras no estamos en casa.

Gracias al internet de las cosas nuestros electrodomésticos ofrecen cada vez más prestaciones curiosas. Por ejemplo, Dan Hon se compró un frigorífico de LG el año pasado, y ahora se ha encontrado con una sorpresa: le está enviando mensajes de correo electrónico avisándole de que lo abre demasiadas veces al día.

Aunque ciertamente puede haber opciones útiles y otras peligrosas en los nuevos súper electrodomésticos, ¿no nos estamos pasando un poco?

Este usuario no recordaba haber dado permiso al frigorífico para que le enviara correos electrónicos. Pero de repente, no sólo le avisaba de las veces que lo había abierto durante el día. También enviaba datos sobre el consumo de agua del dispensador que había hecho, o informes de rendimiento que mostraban una confirmación indicando que todo iba bien y que no se habían detectado problemas que “pudieran impactar la capacidad de tu frigorífico para mantener tu comida refrigerada y fresca”.

Hola, soy tu refrigerador

Ya lo apuntaba cuando se lo instalaron y lo conectó a internet. Hon quería indagar cuál era el impacto de la Internet de las Cosas, y se dio cuenta rápidamente de cómo esa sobreconexión de todo tipo de dispositivos acababa sumando notificaciones que quizás no eran especialmente útiles.

Esos informes abren el debate sobre si este tipo de mensajes son o no realmente útiles. Para este usuario no lo son: no aportan demasiado, interrumpen y le parecían más spam que otra cosa. Así que si piensas invertir en el internet de las cosas, también ve ampliando tu espacio en la nube.  

Con información de Xataka

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TECNOLOGÍA

Desmentimos algunos mitos sobre tu microondas

Casi todas las casas mexicanas tienen un microondas, pero debido a la desinformación que provoca el Internet y los miedos de las abuelitas, este aparato no es bien aprovechado. Como nuestra misión es darte Instrucciones para vivir, aquí venimos a desmentir algunos mitos sobre este aparato que solo usamos para las palomitas.

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Robert Schiffmann inventó este electrodoméstico que se ha convertido en un imprescindible de muchos hogares. Fue el primero en imaginar y materializar el microondas en la década de 1960, e ideó muchos otros artilugios de los que hoy no podríamos prescindir. Pero su mente no podrá continuar proyectando objetos útiles: acaba de fallecer a los 86 años por una insuficiencia hepática.

Schiffmann trabajaba como científico para una empresa de equipos de panadería antes de convertirse en uno de los principales expertos en tecnología, desarrollando productos y procesos para expandir sus capacidades.

Durante 60 años, se esforzó en demostrar que este aparato no solo servía para calentar las sobras de la comida. El investigador creó desde las famosas palomitas de maíz para microondas hasta una base para descongelar alimentos. Además, desarrolló el primer sistema para cocinar comidas sin retirar el envase. Pero a pesar de haber facilitado nuestras vidas en gran medida, este electrodoméstico ha sido desprestigiado de distintos modos.

Si bien es cierto que se debe atender a ciertas consideraciones sobre su uso, Internet recoge falsas creencias sobre este aparato. A continuación, te decimos la verdad:

¿Su radiación modifica la composición de los alimentos?

Las radiaciones que emiten los microondas simplemente hacen vibrar las moléculas y así es como se logra calentar la comida, pero no modifican los átomos ni la composición química de los alimentos, más allá de los cambios normales que se producen con cualquier método de cocción.

Un uso habitual del aparato puede dañar tu salud

¿Cuántas veces hemos escuchado o leído que ponernos delante de un microondas cuando está funcionando puede provocarnos cáncer? Ya en el 2005, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un documento donde se indicaba que, si se utiliza siguiendo las instrucciones del fabricante, el microondas es seguro y conveniente para calentar y preparar alimentos para el consumo. 

Las ondas no emiten radiaciones ionizantes. Es decir, y según respalda la OMS, el uso de este electrodoméstico no provoca mutaciones en los seres vivos, no afecta al ADN, ni incrementa el riesgo de desarrollar tumores. Además, los microondas no pueden atravesar las paredes ni la rejilla de la puerta. En un análisis de seguridad de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), se midió la emisión del microondas al exterior, y los valores encontrados fueron prácticamente nulos.

Calentar alimentos en el microondas altera sus características

Cuando calentamos un alimento en el microondas, este no alcanza temperaturas superiores a las que llega la sartén, el horno o incluso la barbacoa. Todo tipo de cocción altera las características de los alimentos. Igualmente, las alteraciones químicas que se producen en los alimentos durante su calentamiento o cocinado en el microondas no son más severas ni más perjudiciales que las que se producen con otros procedimientos de cocinado. Sí es verdad que se pierden algunas vitaminas y minerales, pero esto suele suceder siempre que se realiza alguna cocción.

No se aconseja descongelar alimentos en el microondas

En la actualidad, los modelos disponibles descongelan perfectamente los alimentos, siempre y cuando se utilicen los recipientes adecuados.

De hecho, estos aparatos suman aún más funciones, ya que permiten calentar, cocer, asar, cocinar al grill o a la plancha, gratinar o incluso hornear como un horno de convección tradicional.

Un tip importante: La recomendación es usar vidrio, recipientes de cerámica y todos los plásticos etiquetados para uso en hornos microondas y evitar meter uvas o zanahorias crudas, pues se ha encontrado que a veces han soltado chispas.

Con información de La Vanguardia

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TECNOLOGÍA

Ex empleada de Facebook acusa a la compañía de malos manejos

Frances Haugen ha colocado al gigante tecnológico en aprietos y ha puesto de acuerdo al Congreso de Estados Unidos en la necesidad de regular las redes sociales.

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Frances Haugen tiene 37 años. Como Mark Zuckerberg. Ambos estudiaron en Harvard. Ella llegó con un título en Ingeniería informática para hacer un posgrado. Él, la quinta persona más rica del planeta, abandonó la carrera para dedicarse a la rentable tarea de dominar el mundo a base de conectarlo de un modo nunca visto antes en la historia. Es improbable que coincidiesen en sus años universitarios. Sí se puede afirmar que sus caminos acabaron cruzándose en 2019, cuando Haugen fichó por Facebook, la compañía valorada en casi un billón de dólares que Zuckerberg fundó hace 17 años.

Estas dos vidas lejanamente paralelas chocaron aparatosamente con el mundo como testigo. Haugen llevaba un mes tirando de la manta de forma anónima en The Wall Street Journal, sacando a la luz una información que ha empujado a la red social a una de sus peores crisis existenciales.

La exempleada se llevó consigo miles de documentos internos cuando dejó la compañía en mayo, desilusionada por lo que esos papeles demuestran: que Facebook trabaja con algoritmos que alientan una discordia que a veces cuesta vidas; que sus herramientas están diseñadas para crear dependencia y aumentar el consumo; que hacen poco por controlar al crimen organizado o que es mentira que traten a sus más de 3.000 millones de usuarios por igual. Y, lo que más ha encendido los ánimos en Estados Unidos, que sus gestores sabían que lo que ofrecen asoma a una porción nada desdeñable de las adolescentes (13%) al vértigo de los pensamientos suicidas y la anorexia. Todo ello, según Haugen, solo por dinero.

Frances Haugen reveló su identidad en televisión en horario de máxima audiencia, y el martes compareció ante el Senado para exigir a los legisladores que pongan coto a Silicon Valley en nombre de la protección de la infancia y la adolescencia.

Los senadores de ambos partidos aparcaron por un rato sus diferencias y la trataron con cortesía. Ella aguantó el tipo durante más de tres horas y hasta tuvo algún golpe genial, como cuando sugirió una salida digna para Facebook: “Declárense en bancarrota moral y admitan sus errores”. O como cuando a la pregunta de si se podía considerar a Zuckerberg el último responsable de esos algoritmos, planteó un sinuoso argumento que desembocaba en la culpabilidad del magnate sin acusarlo directamente.

Después de un mes de escándalos, el aludido rompió su silencio con un comunicado de 1.200 palabras en las que, por no decir, no decía ni el nombre Haugen. El escándalo de estas semanas ha abortado muchos de los planes de nuevos desarrollos de la empresa, y no solo la herramienta Instagram Kids, que ya que quedó aparcado a finales del mes pasado.

En 2019, Haugen empezó a trabajar en Facebook en un departamento llamado de Integridad Cívica, dedicado a hacer de la red social un lugar sano y limpio de falsedades para la comunicación política. No le fue demasiado bien. Cuando pasaron las elecciones que hicieron a Joe Biden presidente, se desmanteló el equipo, que la empresa había constituido tras sufrir un duro golpe de reputación por el escándalo de Cambridge Analytica, empresa que obtuvo los datos de millones de usuarios con supuestos fines académicos, que luego fueron usados, entre otras cosas, en la campaña de 2016 a favor de Donald Trump. Haugen contactó ese mismo día por un sistema de comunicación encriptado con un periodista del Journal.

En marzo, se mudó desencantada a Puerto Rico para teletrabajar. Ahí es cuando empezó a recopilar material de Workspace, una red social dentro de la red social accesible a los 60.000 trabajadores de la compañía. Le sorprendió la cantidad de información sensible al alcance de cualquiera de ellos. Cuando estuvo claro que no continuaría en su puesto dejó un último mensaje en ese foro: “No odio Facebook, la amo y quiero salvarla”. Y entonces, se puso en contacto con Whistleblowers Aid, organización sin ánimo de lucro que ayuda a quienes tienen material sensible que difundir en nombre de la salud democrática. Esas revelaciones están amparadas por la ley estadounidense.

De momento, Haugen parece dispuesta a todo. En su comparecencia invocó el ejemplo de legislaciones de protección a los consumidores, como las que afectan a los combustibles fósiles o al uso del cinturón en los coches. Marcaron época y hoy son incuestionables. La estudiante aplicada ha logrado agitar la opinión pública y que Estados Unidos se pregunte si a Facebook le ha llegado al fin su “Big Tobacco Moment”, en referencia al histórico acuerdo de 1998 que prohibió anunciarse a las grandes empresas de tabaco y las obligó a pagar miles de millones de dólares para compensar los costes de salud relacionados con los peligros fumar. Peligros de los que no advirtieron suficientemente, como, afirma Haugen, está haciendo ahora mismo Facebook con sus usuarios.

Con información de El País

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TECNOLOGÍA

¿Por qué a los millenials no les gusta hablar por teléfono?

A esta generación de jóvenes las llamadas les parecen una especie de ofensa y una total intromisión.

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Estamos de acuerdo con que se debe hacer la pregunta de cortesía, ¿Te puedo marcar?, pero que no contesten el teléfono para enfrentar una simple plática sin autocorrector, denota la falta de seguridad en sus habilidades e incluso un bajo nivel intelectual para argumentar en una conversación cotidiana.

Es cierto que con un mensaje evitas tanto protocolo social, pero llamar a alguien te acerca más a la persona y tienes una mejor apreciación en todo sentido.

“No lo escuché”, “lo tenía en vibrador”, “no había señal”, son las tres principales excusas de los millennials para no coger una llamada. Los millennials y la generación Z han integrado la comunicación mediante plataformas asíncronas, en las que no es necesario que coincidan en el tiempo los dos interlocutores, y les resulta más fácil, cómodo y menos intrusivo, afirma Enric Soler, profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) .

Según el estudio Generation mute, realizado a 1,200 millenials estadounidenses nacidos entre 1981 y 1996. Una llamada es una intrusión en la cual el joven no sabe cuánto tiempo lo mantendrá ocupado y, además, tienen la percepción de que quien llama tiene más necesidad que quien recibe la llamada. Otra de las excusas para evitar contestar el teléfono es: la invitación a un evento (55%), tener que hacer un favor (49%) o la confrontación verbal (46%).

Más allá de la intromisión o de la falta de seguridad, lo cierto es que el 81% de los jóvenes siente ansiedad antes de reunir el valor suficiente para hacer una llamada. “Perciben la llamada tradicional como una estrategia comunicativa arriesgada, porque en una llamada no pueden borrar las palabras pronunciadas en vivo dentro de una conversación. Esto les genera menos seguridad y confianza que, por ejemplo, emplear una nota de voz, formato que les permite repetir su alocución tantas veces como sea necesario antes de enviarla”, explica Ferran Lalueza, profesor e investigador de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la UOC.

Recibir una llamada les resulta una intromisión en la vida cotidiana que consume mucho tiempo.

Ansiedad para llamar o para hacer videollamadas

Esta ansiedad se ha visto incrementada por la pandemia debido a las videollamadas: “Todos los supuestos ‘inconvenientes’ que les supone una llamada se ven agravados en las videollamadas, porque les obligan a mostrarse en vivo, sin filtros, viéndose a sí mismos con todos sus eventuales defectos amplificados y a la vista de los demás participantes”, advierte Lalueza.

Sensaciones de nerviosismo e inquietud, miedo a hablar durante las reuniones, cierto pánico escénico, estrés y menos productividad antes de una reunión son algunos de los factores que los expertos han bautizado como Zoom anxiety.

Más apegados al celular, pero menos capaces de interactuar en directo

“Los millennials (cuyas edades fluctúan entre 25 y los 40 años) y la generación Z (de 16 a 24 años) son los usuarios más intensivos del celular y mantienen interacción constante con otras personas a través de las redes sociales y las aplicaciones, pero, paradójicamente, han perdido el hábito de interactuar en directo”, afirma Lalueza. Hoy la generación que nació y adoptó desde la cuna el celular inteligente es la que menos interactúa en vivo.

Con información de Entreprenuer

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