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Las noches de una foránea en Puebla

Hace ocho años visité Puebla por primera vez, tenía pocas expectativas al respecto. Me habían contado que era una metrópoli colonial llena de iglesias y con gente que gustaba de la superioridad moral, aunado a ello, mis amigos juzgaban a los poblanos de individuos pesados, elitistas y que sostenían su seguridad en base a  las apariencias, al cliché de verse bien en el antro o de manejar un carro del año, me los describieron como seres detestables, superficiales, competitivos, desleales, entro otros muchos  prejuicios que volvían mi viaje poco prometedor. A pesar del miedo impuesto por tales comentarios, estaba obligada a ir y leer mi primer ensayo académico en un coloquio nacional de estudiantes de filosofía organizado por la BUAP.

Pensé entonces en el peor de los escenarios, yo alumna joven que apenas comenzaba en los diretes de la academia, me imaginé compartiendo mesa con jóvenes poblanos moralinos, junto a un público proveniente de una cuidad moralina. Mientras leía sobre la muerte de Dios y la necesidad de superar los vicios sociales acarreados por dos milenios de religión nihilista, escuchaba una turba de profesores, también moralinos, que desde el patio del Colegio exigían lincharme o someterme a la hoguera inquisitiva de sus argumentos teístas. Obviamente nada de eso sucedió. Aquel viaje a Puebla fue maravilloso y me encontré con personas encantadoras, todo mundo me trató bien, tanto que decidí regresar al año a hacer un semestre entero en la Angelópolis, y posteriormente, no pudiendo desapegarme de mi amor por la cuidad y su universidad, volví y me inscribí a un Posgrado en Filosofía, no bastándome con ello, al terminarlo me quedé tres años más a trabajar en la metrópoli.   

Lo que más me gustaba de la ciudad eran sus noches, éstas se convirtieron en lo más representativo de mi día, el momento en que desempeñaba gran parte de mi labor cotidiana. Como soy más bien nocturna, empleaba las noches para estudiar y escribir una densa tesis de maestría que me rompió el alma y la cabeza durante tres años. También implicaban el tiempo para pensar mis columnas y otros textos de intenciones literarias que lanzaba constantemente al aire en búsqueda de un lector. Igualmente, las noches de la Angelópolis, representaban para mí los momentos dedicados al ocio y a la fiesta. Las noches poblanas fueron mis musas.   

Lunes: Mi semana comenzaba con clases en la tarde, me gustaba ir a los seminarios que se impartían entre seis y ocho de la noche sobre Nietzsche o Heidegger. Siempre fueron sesiones filosóficas complejas, de un nivel de abstracción que valía la pena enfrentar. Saliendo de la facultad, entrando la noche, visitaba el Sanborns localizado en Paseo de San Francisco, porque los restos de la antigua peletería, conocida como “La piel de Tigre” me daban esa sensación de ambigüedad, en la cual por momentos olvidaba en qué año estaba viviendo, o confundía el ruido de los automóviles con el andar de las máquinas de aquel viejo recinto. Pero ese no era el único motivo para salir del Sanborns de madrugada. Cuando me corrían del restaurante tomaba el taxi más cercano (todavía no existía Uber ni la paranoia colectiva hacia el taxista cotidiano) y le pedía que se fuera por el Barrio de Analco, que de noche viste con mariachi y un mercado de comida que nunca duerme. Por ese mismo rumbo, recorría algunos bares que no dejan su carácter de “mala muerte”. Mentiría si dijera que nunca me metí a uno de ellos a beber cerveza ofrecida de manera poco elegante, o a echarme una caguama con uno que otro colega del Colegio.

Martes: El segundo día de la semana laboral, después de haber cumplido con el estudio, dedicaba mis horas a buscar algún evento cultural en el Teatro de la Ciudad, el Museo Amparo o el Teatro Principal. Cuando la variedad cultural se agotaba, terminaba tomándome algo en la terraza del Amparo, y apreciando desde ahí cómo la luz natural era reemplazada por los foquitos de los negocios, de las casas lejanas y de la iluminación de la Catedral, que a más de cuatro siglos en que se comenzó a construir, me seguía pareciendo la más bella de México. Me quedaba por horas apreciando los costados del recinto religioso, imaginando el esfuerzo y el costo humano que implicó construir aquel “monstruo”, a la vez me preguntaba qué tan poscolonizados seguíamos siendo en la actualidad. Nunca me cansé de mirar la ciudad desde la terraza del Amparo, pasaba hasta tres horas inmutable, viendo hacia el horizonte. No sé si perdiendo tiempo o ganando serenidad.

Miércoles: Una vez a la semana la dedicaba al teatro. Muchas compañías se extienden a lo largo y ancho de la Angelópolis, desde la compañía de teatro de la BUAP, otras pertenecientes a las universidades privadas, hasta un sinfín de grupos teatrales independientes. En este rubro, recuerdo con cariño las noches de “Cuentos para no dormir”, que la actriz y productora Mónica Tovar lleva años realizando en el Breve Espacio, un bar situado en el centro, justo al lado del tradicional Hotel Aristos. En esos miércoles nocturnos fui espectadora de la teatralización de cuentos de  Maupassant, Edgar Alan Poe y Sheridan Le Fanú. También me sumergí en el mar de la percepción, guiándome tan sólo por el sentido del olfato y el oído, navegando entre la prosa erótica de Juliette, novela escrita por el Marqués de Sade; y riendo hasta que me dolió el estómago con la teatralización de “Besaste a Lilly” y “Has leído a Pirandello”,  del irreverente autor norteamericano Charles Bukowski.  

Jueves: El penúltimo día de clases disfrutaba leer en Profética: la famosa cafetería, librería y biblioteca ubicada en la Tres Sur del centro de la Ciudad. La mayor parte del tiempo iba un par de horas, y me salía en cuanto cerraban. Ahí escribí gran parte de las columnas que entregué en el pasado en la revista en la cual ahora Usted me lee. Pero algunos otros jueves llegaba desde las seis o siete de la noche para gozar de la hora feliz e irme encaminando al pensamiento más profundo de la vida, y ya estando un poco borracha, dejar de una vez por todas Profética y conducirme, prudentemente, a un bar cercano. Mi odisea se volvía falsamente belga, o algo así, y como es debido terminaba en el Utopía con amigos bebiendo alguna “glamurosa” cerveza internacional. El albor del viernes apenas se manifestaba en ebria felicidad.

Viernes: En el preámbulo del fin de semana, decidía no volver a sucumbir a ningún indicio de fiesta, así que como la casi “cinéfila” responsable que pretendía ser, me daba la vuelta al cine para presenciar el cambio de cartelera. Generalmente se me atravesaban buenas películas, pero eso consistía más en el mérito para elegir un cine con variedad (entre las no muchas opciones que ofrece todo cine comercial). Siempre acudía a Cinépolis de la Noria o al de Angelópolis, recintos con un poco más de apertura a ese cliché llamado cine de autor o cine de arte. 

Sábado: El fin de semana arrancaba con el firme ideal de no verme nuevamente enredada en alguna fiesta. Generalmente fracasaba, siempre terminaba visitando un antro o un bar. Mis preferidos estaban en Huexotitla, lugar donde en compañía de mis amigos frecuentábamos uno que otro karaoke. Nunca fui hasta Lomas de Angelópolis porque mi reino no era de ese mundo de mirreyes. Y mi media clase, o mi clase media, no pasaba más allá de las Ánimas, donde prefería ir al Mc Carthy’s, o al Red House y pasar una velada intensa llena de rock, comida chatarra como alitas y papas fritas, más litros de cerveza. Las noches de sábado en Puebla eran una bomba de placer y muchas calorías.

Domingo: Es obvio lo que todo mexicano debe hacer en domingo, y a mí  también me latía seguir la tradición, y aunque no lo crean, visitaba las Iglesias de noche. Entre siete y ocho entraba a misa, y no porque fuera creyente, sino para sentir en piel propia ese rasgo característico de muchos poblanos: su afición por la religión. Di vueltas por varias iglesias de la ciudad, comí en una que otra fiesta patronal, y hasta me subí a los juegos mecánicos que año tras años se ponían al lado del Templo del Carmen. Entre mis visitas conocí el sincretismo de la Capilla Real y la pirámide de Cholula, ésta que en su momento también fue un sitio religioso. Muchas veces hasta ponía atención en los sermones, escuchando los imperativos de los sacerdotes, su fanatismo por defender la familia “tradicional” y la monogamia, su afición por la cultura del dolor y el sacrificio, y un sinfín de enseñanzas moralinas que no son exclusivamente poblanas, sino que se predican en cualquier lugar del país.  Para no sucumbir a la indignación, a mí sólo me quedaba vengarme de la única forma posible, molestando a uno que otro creyente y a uno que otro sacerdote con la costumbre de tomar fotos a mitad de misa y con cumplir “religiosamente” con mi visita nocturna de un par de Iglesias por domingo.

Puebla no fue un episodio aislado en mi vida, fue el sitito que me preparó para el futuro, la ciudad que me ayudó a conseguir el grado académico que tanto anhelaba, un gran paso para mi carrera; pero sobre todo me ayudó a comprender cómo funcionaba el mundo más allá de la seguridad del terruño y la familiaridad concedida por la casa paterna. Puebla y sus noches, me obligaron a madurar y volverme independiente. Puebla fue mi puerta de ingreso a la adultez. 

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Julieta Lomelí

Escrito por Julieta Lomelí

Julieta Lomelí (1988) Mujer de trasmundo. No es apta para "esta orilla", pero sí para morar una isla interior donde habitan monstruos marinos, amenazas metafísicas, y todo un océano de excedente de sentido. Escribe ensayo y arrenda un piso en el costoso edificio de la filosofía.

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