• Tengo una amiga casi hermana, que conozco hace, ¡uuufff! empiezo a contar y me asusto…dejémoslo en muchos años. Crecimos, literalmente, juntas. Con literal me refiero a que me acuerdo de querer meterme en la cama de mis papás después de una pesadilla y ver que el lugar ya estaba ocupado por ella. Así de hermanas y así de hace mucho.

Nuestras circunstancias de vida han sido siempre diferentes en varios aspectos, pero sobre todo en el timing. Ella hacía maestrías, yo era ejecutiva; yo pastoreaba chamacos, ella estaba convirtiéndose en una rockstar y ahora que yo regreso a la vida productiva, ella está criando a una niñita de 1 año.

Sin embargo, aun cuando casi siempre hemos estado desfasadas (menos en la época del reventón ahí sí ¡siempre estuvimos alineadísimas!), a lo largo de los años seguimos carcajeándonos, eso también literalmente, a la menor provocación y de alguna manera extraña estamos siempre en el mismo canal.

Cada vez es menos la gente con la que uno puede seguirse riendo y conectando “de a deveras”. Hay muchas razones, pero creo que fundamentalmente es porque al crecer nos vamos volviendo más claros, nos hacemos menos bolas y no nos conformamos con cualquier cosa. En otras palabras, se vuelve uno mucho más rápido en decidir quién suma, quién resta y tomar las medidas necesarias en cada caso. Ya no te hacen falta 45 mejores amigos, andar quedando bien, ni ser el alma de la fiesta (se supone).

El caso es que hace unos días, platicando con la amiga en cuestión (que por cierto es en gran parte responsable de que yo escriba públicamente y mi coach editorial, con la “pequeña” diferencia de que ella escribe para Slate, el Time y otras prestigiadas publicaciones), hablábamos del tema inevitable desde que ella entró al clan: la maternidad.

Cuando la veo a ella, guarureando a esa persona que es más Furby que persona y que está en ese momento en donde su vida corre peligro todo el tiempo y no te puedes despegar, pienso en todo el trabajo que implica un niño chiquito.

La veo y no puedo creer que yo hice eso dos veces ¡¿Cómo sobreviví?!

Y mejor todavía ¡¿cómo sobrevivieron mis hijos?!

Hay un millón de trabajos glamorosos (ella tiene uno de esos), exóticos, que cambian el mundo y destacan por lo que su aportación a la humanidad significan.

Y, sin embargo, ninguno tan impresionante, demandante, extenuante y sobre todo emocionante como la maternidad. Si lo haces bien (me refiero a si eres tú quien se encarga la mayor parte del tiempo de tu hijo) no hay un solo trabajo que se compare al nivel de entrega, compromiso, paciencia y de, bueno, T-R-A-B-A-J-O, que implica ser mamá o papá de alguien.

Ya lo sabemos: no hay horarios, días, tiempos fuera, ni ratos realmente libres mientras los niños son pequeños. Sí, si puedes escaparte por ratos y encontrar momentos para ti, (todo un arte eso de saberlo hacer) pero nunca son suficientes y la verdad es que una vez que tienes un chamaco, el tiempo, incluso el que consigas robarte, nunca volverá a ser realmente tuyo porque aun cuando lo logres estarás, siempre, con una parte de tu cabeza (y todo tu corazón) en otro lado.

Sólo una mamá sabe el desgaste y la satisfacción que traen los hijos, siempre lo digo: son lo peor y lo mejor de la vida, al mismo tiempo. Estas personitas sacan lo peor y lo mejor de ti.

¿A poco no? es como de marcianos verte replicado en otro. Yo tengo una mini me: la de 10, que me asombra cada día con su claridad, su intensidad, su determinación, su pasión y, sobre todo, su sonrisa. Se parece tanto a mí pero al mismo tiempo es tan diferente.

Agradezco infinitamente la fortuna de que sea “mía” y que esté conmigo porque es “chiquita”. Cuando la quiero aventar por una ventana (seamos muy honestas: eso nos pasa a todas más veces de las que queremos aceptar) pienso en eso: en lo poco que estará aquí antes de salir a conquistar el mundo (porque no tengo ni una duda: ¡she will conquer!).

Y cuando veo a Furby, la chiquitina de mi hermanoide, me impresiona pensar que hace sólo cinco minutos esa era mi hija, yo era mi amiga y mi única ambición era dormir una noche completa.

La chamba que es ser mamá de niños pequeños es digna de mención honorífica, porque tener bebés y cuidarlos no nada más es lo que se ve, es un trabajo de producción backstage continuo para, la mayoría de las veces: unos minutos de felicidad de la criatura. Para bañarlo en un día helado como hoy hay que: prender el calentador, llenar la tina, asegurar la temperatura perfecta, tener todos los juguetes necesarios, convencerlo de que es hora de desvestirse, desvestirlo, meterlo, jugar con él, enjabonar, enjuagar, convencerlo de que es hora de salir, sacarlo, vestirlo (con toda la batalla que eso implica). Todo eso además cantando simultáneamente el repertorio completo de Trepsi (son-ri-en-do) y dejando la mitad de la espalda en el trámite. Tiempo total: 45 minutos. Tiempo efectivo de baño: 7 minutos. ¿Me explico? El maternaje implica producciones de nivel profesional para cada actividad del día, no hablemos de la comida, salir una tarde y, ya en el colmo de la planeación estratégica, ¡de vacaciones!

Y aún así, los hijos se vuelven la razón de ser, de crecer, de aprender, son los maestros y los verdugos, son sin duda, el espejo más honesto frente al cual estaremos parados y el reto más importante de la vida. Los reyes de la manipulación y la prueba más clara de lo que es el amor incondicional.

Un tesoro que se nos va de las manos mientras estamos quejándonos de la friega que implica. No nos damos cuenta de lo rápido que pasa hasta que ya pasó.

Carpe Diem, dijo alguna vez Robin Williams, aprovecha cada minuto.

La maternidad es un acto de fe, igual que la amistad que trasciende los años.

Algo que haces sin pensar porque tu corazón está involucrado, porque es más orgánico que racional y abortar la misión no es una opción.

Por todas sus altas y bajas es “The ultimate proof of endurance”, una prueba de resistencia permanente en donde la razón, pero sobre todo el corazón, juegan un papel determinante y se alternan para asegurarse de que nunca tires la toalla.

Las dos tienen un impacto directo en la sociedad, no por ser un trabajo glamoroso (nada más lejos del glamour que ser mamá de un bebé o limpiarle los mocos a tu amiga en los momentos tristes de la vida). Sino porque formar personas responsables, independientes y congruentes y, paralelamente, ser parte de la vida de alguien más en donde el compromiso y el afecto son recíprocos, nos hace ser mejores personas y por lo tanto el mundo mejora inmediatamente.

Si además tienes un poco de suerte, podrás compartir unas buenas carcajadas y caminar por la vida sabiendo que, pase lo que pase, alguien te acompaña en el trayecto para compartir (o limpiarte los mocos) y sólo por eso: la Tierra es un buen lugar para vivir.

O por lo menos, eso creo yo ¿o no @anafvega?