Acabo de ver una película excelente en muchos aspectos: la historia es buenísima, las actuaciones extraordinarias, estuvo nominada en todos los festivales de cine de su año, la música, edición y dirección son realmente sobresalientes. Cumple con el requisito indispensable de hacerte pasar un buen momento y emocionarte (del verbo hacerte sentir una emoción, la que sea: alegría, tristeza, indignación, empatía, miedo) Pero, sobre todo, lo que para mí define una buena película es que se vaya contigo cuando te vas del cine y te deje pensando hasta el día siguiente; que te mueva algo y te haga reflexionar.

Esta que vi tiene todo eso, especialmente la parte de que me dejó pensando. Plantea una premisa en principio escandalosa, pero que rascándole un poquito me parece totalmente atinada. Se trata de la famosísima zona de confort.

Este es un profesor de música que más allá de motivar a sus alumnos los exprime, los lleva al extremo y de alguna manera (o de muchas) los aplasta, descalifica, los lastima y, básicamente, los empuja al borde de la locura ¿suena bien no? La verdad es que mientras estaba viendo eso pensaba ¿pero qué necesidad?

Aparentemente el corazón de la historia es esa relación extraña entre el profesor y sus alumnos, pero no. El mensaje es que en la vida para ser el mejor hay que estar dispuesto a dar más de lo que crees que puedes dar, y ya que llegaste ahí: hay que ir más lejos. Mi Sponsor acaba de terminar un programa de entrenamiento extremo: 54 días de ejercicio intenso, con entrenadores como el de la película que te atormentan continuamente; un programa que te “garantiza” resultados, pero el único responsable de ellos eres tú y las ganas que tengas de lograrlo (y/o soportarlo).

Verlo llegar en las noches a la casa era de risa loca, al pobre hombre le temblaba el cuerpo del esfuerzo y el agotamiento y una hora después de haber llegado seguía teniendo la cara morada. Uno de esos días me dijo: “Es impresionante que estoy ahí haciendo lo mejor que puedo y de repente ya no puedo más y pienso que estoy a punto de morirme, que no voy a poder, que me voy a desmayar, y resulta que no; que no me muero, que no me desmayo y que puedo seguir haciéndolo; algo pasa que simplemente puedo seguir haciéndolo y lo hago mejor”.

Siempre que piensas que ya no puedes más, resulta que sí puedes. Eso se llama: salirte de tu zona de confort.

Salirte no es sencillo, peor aún, el darnos cuenta de que estamos dentro es, para la mayoría de nosotros, difícil de aceptar. Y por eso es imperativo encontrarnos con personas o ponernos en situaciones que nos empujen a hacerlo. Porque el crecimiento personal está ahí: afuera de la comodísima zona de confort.

Para mí, rodeada de puras mujeres bastante más chicas que yo me hizo, sin duda, salirme de la mía. El 70% de la población de mi oficina tenía en promedio 26 años, (el otro 30% ¡menos de 35!) todas con un drive muy impresionante; quererte comer el mundo hace que estés dispuesto a todo y que nada parezca imposible. Se avientan al agua sin estar seguras de sí van a poder nadar y pensando en que ya que estén adentro verán de qué se agarran o cómo patalean, pero están seguras de que lo van a lograr y eso es una cualidad increíble que, a los 42, yo tenía bastante dormida.

Y sí, confieso que cuando estoy en ese extremo viendo al vacío sabiendo que tengo que brincar me muero de pánico por un segundo y medio (o varios segundos y medio) y siento eso que sentía el Sponsor en su secta: ¡me voy a morir, no voy a poder! y en ese momento algo sucede que simplemente cierras los ojos y brincas (o te avientan). Lo que define ese segundo entre saltar o no es esa persona que tienes atrás: entrenador, jefe, pareja, profesor, papá, mamá, amigo; la que te prepara, te motiva, te da confianza en ti y sobre todo te da la última patada en el derière que necesitabas para echarte al agua y ver cómo le haces para nadar y llegar a la otra orilla.

Es totalmente cierto que en esos momentos odias a quién te empujó, te cae gorda, te choca, te pone furiosa, ahí descargas todo el miedo y la incertidumbre que tienes. Enojarte es la manera más fácil que hay para justificar todas las razones por las que quedarte en el lugar que ya dominas y dónde te sientes bien es lo correcto. Y, sin embargo, sin ellos: los que retan, exigen y te avientan al vacío no habría personas sobresalientes. Ningún campeón olímpico se ganó sus medallas entrenando con un coach que lo pobreteara. Todas las personas con historias de éxito fueron más allá de lo que imaginaron y todos tuvieron alguien o algo que los empujó. Son muy pocos los que salen de su zona por voluntad propia (¡ídolos!), normalmente alguien, o algo, te obliga a hacerlo, y esa es creo yo, la gran magia.

Cuando no tienes más remedio que seguir: sigues. ¿Qué hacer?: haces. No te das cuenta de lo valiente que eres hasta que ser valiente es la única opción.

Nada supera la satisfacción de haber logrado algo que creías imposible, no te daba la gana, te mataba de la flojera o te daba terror hacer; nada como el rush que da haber superado un miedo o logrado una meta que parecía imposible y darte cuenta de que ¡no solo lo hiciste, sino que además lo disfrutaste…y te urge volver a empezar! Y esa es la segunda magia: causa tanta satisfacción que se vuelve un vicio y retarte constantemente se convierte en un hábito.

Ganarte a ti mismo es de los mejores sentimientos de la vida. Para lograrlo necesitamos a esos personajes “terribles” que nos ponen contra nosotros mismos, y, para que el círculo esté completo, necesitamos también jugar ese papel en la vida de alguien más: darle a tu gente (pareja, hijos, empleados, compañeros, amigos) la confianza y la inspiración que necesitan para que den ese paso y puedan volar, aunque a veces, los métodos no sean muy ortodoxos.

P.D. Por cierto, la película se llama Whiplash y no te la puedes perder