He leído una reseñas poco afortunadas sobre el último largometraje del mexicano Michel Franco, Las hijas de Abril, considero que no es una banalidad atender a la crítica cinematográfica, o mejor dicho, a las reseñas que tienen el atrevimiento de mezclar en su resumen de la película —en su avidez de spoiler o en su recuento semi libresco de directores, antecedentes y nombres que poco o nada tienen que ver con lo reseñado— con algún tipo de juicio que exhiba, casi inconscientemente, los excesos morales del propio reseñista.  

Me sumergí así en la vorágine de reseñas que indiscretamente contaban los misterios de la trama, hasta el típico crítico asustado por lo “repulsivo” de los personajes de Franco, argumentando que el director “condena y reduce” a aquéllos a la maldad pura y “adjetiva demasiado” la conducta de sus personajes, para “mostrar una humanidad simple y exclusivamente mezquina”; hasta el poco ilustrativo comentario de volverlo un mero imitador de la obra de Michael Haneke; o la peor opinión que he leído sobre el asunto —que en este caso no podríamos llamar un juicio sino un prejuicio— señalando que el mérito de Michel Franco es “presentar una gama de personajes femeninos que salen del estereotipo”, mujeres que no son sumisas, ni estúpidas y que debido a la carencia de estas historias en Cannes, Franco ha podido mantener su éxito en dichos festivales. Aquí es dónde uno se pregunta ¿por qué Chronic, que no es una historia sobre mujeres fuertes ni consigna ningún tipo de mensaje “feminista”, habría sido también premiada en Cannes al mejor guión?

Quizá la que ahora escribe este artículo se haya vuelto lo suficientemente obtusa para encontrar que las críticas a Las hijas de Abril pecan de moralistas y vacías, pero con mayor sorpresa, esconden, digámoslo al chingadazo, una cierta envidia. Para algunos críticos mexicanos parece poco haber ganado en Cannes tres veces, porque en un país donde nadie es profeta en su tierra y todo éxito del vecino siempre parece demasiado malo para reconocerle lo demasiado bueno, no debería resultar asombroso leer que cuando alguien va avanzando y poniendo el nombre de México en alto, se vuelva casi imprescindible apretarle la soga, jalarlo con la esperanza de verlo caer y mantenerlo vencido junto al resto.

Nada más contrario a la distorsionada percepción de que Michel Franco concede demasiada maldad a sus personajes, o glorifica en algún sentido la inestabilidad emocional de sus protagonistas. Si existe algo que le ha dado una marca propia a su cine, es la distancia moral que mantiene en su narrativa, una que muestra pero no adoctrina, que insinúa pero no obliga al espectador a tomar una postura definitiva y tajante. Las historias de Franco privilegian las imágenes y los silencios, antes que los diálogos, abriendo así un amplio sentido que puede o no ser pensado desde la ética, que puede o no ser una denuncia social y que por tanto no somete desde el escrutinio cinematográfico valores o antivalores. Los films del joven director, como él mismo diría en una entrevista con Cristina Pacheco, “sugieren mucho y no cuentan todo”, en este amplio sugerir una historia que no agota la interpretación de la misma, se abre un largometraje de profundidades, en el cual los cabos deberán irse atando libremente por el espectador. Para conseguir esto, es necesario que los personajes muestren una complejidad afectiva desde la cual ni son totalmente buenos ni son completamente malos, cabiendo así la posibilidad de varias versiones, y no sólo la comprensión moralista y unilateral de la cual algunos críticos hacen alarde.

Quizá el cine de Michel Franco sí le hace justicia a la frase nietzscheana de que “no existe la verdad, sólo existen interpretaciones que consiguen imponerse unas sobre otras”, en este sentido no existen hechos morales o inmorales, o al menos no en la obra del joven director, sino interpretaciones dadas por el espectador, algunas más violentas y dogmáticas que otras.

Con esto no quiero decir que su cine sea un defensor de la inmoralidad o de la ambigüedad, porque en realidad no parece tener ningún interés de abogar por los buenos o por los malos, pero sí de exhibir conflictos desde los cuales nacerán o críticos puristas, o un público que se espanta o se asombra positivamente de sus películas, hasta un juez en Cannes que sabrá valorar el talento de sus largometrajes. Un film que provoca esta amplia escala de juicios de valor que pueden ir desde la repulsión y el odio a su narrativa, hasta la admiración, el seguimiento y la reflexión racional de su trabajo, no podría ser un cine impregnado de tufillos moralistas.

Es verdad que En las hijas de Abril existe un énfasis en mostrar la vida desde un tipo de mirada femenina, sin embargo no parece ser un cine que nos orille hacia un feminismo o hacia una reivindicación de la mujer. Mientras que por un lado queda mostrada la sensual Abril, la mujer que hace yoga, la mujer de unos cincuenta años que pareciera tener un tipo de crisis inconsciente, la cual no le permite parar de hacer cosas, y que bajo ciertas conductas pareciera aspirar a la juventud eterna; es al mismo tiempo la madre de Valeria, ésta una adolescente de diecisiete años, y que inicialmente se exhibe como una chica fiestera, ingenua e irresponsable, misma que ha quedado embarazada de su novio de la misma edad, Mateo, un adolescente de personalidad débil sin mucho carácter ni poder de decisión. Pero también Abril es madre de Clara, una mujer joven con un ligero sobrepeso, introvertida, y que todo el tiempo vemos deprimida y soportando de manera casi estoica, a una madre dominante y entrometida —quizá más allá de lo debido e inicialmente esperado por el espectador— en la vida de las hijas. Franco construye, a partir de estos personajes, una historia sin grandes diálogos, colmada más bien de silencios incómodos y reflexivos, de imágenes que impactan más allá de sus efectos especiales, por la secuela emocional que el ser femenino, que el joven director dibuja en su trama, impone sobre el espectador.

El último largometraje del mexicano no podría considerarse feminista, porque no aboga por el empoderamiento o la defensa explícita de los derechos de la mujer, pero sí podría considerarse un largometraje que exhibe la violencia y la presión a la cual el sexo femenino está sometido cotidianamente, una que es distinta a la que se le impone al hombre, una que condiciona a las féminas a ser eternamente bellas, comprometidas, independientes y jóvenes. Las hijas de Abril muestran a esa mujer actual que bajo la bandera del feminismo mal entendido, parece dejarles más responsabilidades que en el pasado, convirtiéndolas en padres y madres a la vez, en proveedoras y cuidadoras, en madres que no tuvieron tiempo para vivir su juventud y querrán experimentarla en la vejez, en mujeres de edad madura que socialmente sólo se asimilan como objetos y que son reemplazadas por mujeres más jóvenes, y en hijas que viven demasiado rápido y demasiado irresponsablemente, finalmente, en hijas que vendrán a repetir el mismo patrón de violencia e infelicidad provocado por las demandas de un mundo dirigido a explotar la condición femenina y a tolerar mucho menos de que lo que se le toleraría al sexo masculino. Como dice Franco, “a la mujer la volvemos loca, la orillamos a equivocarse con todas estas exigencias, y eso vemos en Las hijas de Abril”.