El pasado martes, las redes sociales se inundaron de buenas noticias traídas desde el Festival de Cannes, en Francia. Entre los encabezados, sobresalió uno que decía lo siguiente: “por primera vez los mexicanos más exitosos en el cine en una sola foto”; un portal en inglés, cabeceó la foto como Mexican dream team.

Creo que esta nota fue un bálsamo para muchos, después de sucesos tan desastrosos como el atentado en Manchester o los videos con muestras de racismo tan directas e hirientes que son cada vez más frecuentes en las redes sociales; y ya ni hablar de todas las noticias locales que van mitigando las ganas de creer en la humanidad. Entre todo este bullicio aparecen estos personajes: Iñarritu, Salma, Del Toro, Cuarón, Gael, Diego Luna y Lubezki. Todos en una sola foto, sonriendo, celebrando y sabiendo que se lo merecen, que se lo han ganado, y no por ser niños bien, ni por pertenecer a una élite, ni mucho menos por pisotear, engañar o corromper alguna ley.

Se lo ganaron intentándolo una y otra vez, reinventándose en cada película, y sabiendo que su mejor trabajo siempre será el que están por hacer, y para muestra, revisemos su filmografía. Por ejemplo, díganme si la fotografía que hizo el Chivo en la película Como agua para chocolate tiene algo de parecido con la fotografía de Gravity; o si Iñarritu se quedó casado con la narrativa no lineal de sus primeros éxitos como Amores Perros; o si Diego Luna siguió actuando en telenovelas como lo hizo a lado de Güicho Domínguez y la Tesorito en el Premio Mayor, o si Cuarón siguió agotando al dúo Gael-Diego con historias desarrolladas en la ciudad de México. No fue así, todos ellos dieron el salto cuántico y derribaron el miedo a lo desconocido, aprendieron más de un idioma, entendieron y amaron otras culturas, y no se quedaron desde su sillón criticando a los que han podido obtener éxitos en otros países. La verdad es que aún me sorprenden mucho aquellos que les reclaman por qué no hacen cine aquí en México, y la respuesta en muy sencilla: el cine no debería tener nacionalidad, porque refleja emociones universales y conmociona en la misma cantidad una escena grabada aquí en México que allá en Tailandia.

Para finalizar, quisiera dejarlos con esta última reflexión: por varios años, desde que el presidente Peña Nieto no pudo citar tres libros que marcaron su vida, creí que él era la radiografía de nuestra cultura, que en verdad ese sujeto me representaba como nación. Pero hoy creo que no, que es al revés, que nosotros elegimos quién nos representa y que por consiguiente nos debemos ganar esa representación, así que desde esta columna declaro que esos cineastas y actores que pusieron el ambiente al puro ritmo del Mariachi en la cena del Festival de Cannes, son los mexicanos que de verdad nos representan.