Desde Heráclito y su creencia de que “a todos los hombres se les ha sido impuesto el conocerse a sí mismos”, el autoconocimiento inspiró gran parte de la literatura aforística, autores como Seneca, Marco Aurelio, Cicerón, Epicteto, para quienes el conocerse a sí mismo significaría más que nada llevar una vida con phroneis (prudencia), fueron pioneros de este recurso literario. Posteriormente, moralistas como Baltasar Gracián denunciaría que “los más en el mundo no conocen ni examinan lo que cada uno es”, junto con Montaigne y Pascal, y posteriormente, Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche, se enlistarían al gremio de autores que en breves destellos del pensar organizaban un tipo de estética existencial, que como escribió el filósofo Franco Volpi, “no se trataba de meras fragmentos que cargaran con sí teorías abstractas, sino de sugerencias dirigidas a adoptar frente a la vida una actitud práctica capaz de orientar la vida misma hacia su forma lograda, del mismo modo que el artista procura infundir a su obra una forma hermosa: la vida no es bella hay que hacerla bella”.

“Conócete a ti mismo (gnóthi seautón)”, fue grabada en el templo de Apolo en Delfos y es el punto de partida de gran parte de la tradición aforística, aquella sentencia subraya la necesidad de sumergirse hasta el fondo del abismo interior escudriñando si existe ahí algo más que un vacío. Esto que no se dice se llena con palabras, con la presunción de apostarle a algo más allá de lo inmediato: superar el automatismo, El punto de partida, el yo. El punto de llegada, la reflexión existencial, la vida aconteciendo. El medio, la libertad que el aforismo abre, ese estilo que sí puede salirse de la nota al pie, que no está restringido a una comprensión unilaeral y rígida.

La escritura aforística como un estilo lúcido de comprenderse a sí mismo, como ese abandono de lo vulgar y como la apuesta a encontrar en lo mínimo un excedente de sentido. Porque las frases “cortas y elípticas” tiene un modo semejante a lo cotidiano que también nos presenta de manera inconexa y fragmentaria los asuntos que nos conciernen, mismos que organizamos y atendemos con detalle, escribe Schopenhauer “sufriendo cada cosa en su momento; teniendo por así decirlo, cajones para nuestros pensamientos, donde abrimos uno y cerramos todos los demás”.

Gran parte de la literatura aforística son páginas a las cuales uno puede acudir y profundizar en algún episodio de la vida, atribuyéndoles el sentido más libre y sustancial posible. El aforismo como un microcosmos, donde a partir de pocos elementos, podemos encontrar un significado amplio e inagotable, una interpretación infinita que le dé la vuelta al tedio.

Este tipo de escritura es algo así como filosofía o sabiduría práctica, porque insta al lector a salirse del circuito cerrado de su propia mediocridad, a reelaborar lo dado. La creación literaria es en sí misma biblioterapia, como escribiría Nicolás Gómez Dávila, “no es solamente un juego de la imaginación. La dimensión literaria no es un aspecto superficial del mundo, es la profundidad misma de las cosas”.

El punto final entre un aforismo y el inicio de una idea nueva se asemejan a la interrupción de la muerte y al nacimiento de otro hombre, de uno que se resignifica en el duelo. Del infinito enigma del difunto que seguirá vivo en el lenguaje, en la narrativa de los demás. Escribir conquista el territorio extraviado. El olvido, ese oscuro terruño arrendado por la vacuidad de las palabras, ese abismo que habrá de ser llenado por una literatura del instante, una que combata el descuido que toda omisión histórica consigna. Por eso la escritura es una guerra contra la desaparición de la cultura, una conmemoración de la tradición narrativa que el tiempo despliega tras su paso, o como escribe Edgar Kraus en La droga de los profetas: “Me gusta esa idea de la literatura como un credo politeísta, donde las deidades representan las pasiones humanas, como hacían los antiguos”.

Escribir es la mejor táctica para declararle la guerra a la desaparición, porque así se hereda una memoria discursiva, una que otros leerán, resucitando nuestros recuerdos. El lenguaje es lo ineludible, nos abre el paso a un sinfín de situaciones, de hecho lo es todo, dice Edgar Krauss: “Estamos unidos por un nudo de ideas que se volvieron palabras, que se volvieron relaciones sociales, que se volvieron leyes…”

La sugerencia es clara, para no remitirse al olvido y la aniquilación, hay que vestirse con palabras lúcidas, volverse trascendental para los demás, pero sobre todo, para uno mismo. La escritura fragmentaria es, si se logra comprender bien, la vida siendo en su proximidad, sin tanta faramalla, el sentido acaeciendo aquí: fugazmente, renovándose, en forma de palabras.