El cáncer de la moral

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Nietzsche en su Genealogía de la Moral, comenta que desde el germinar de la cultura occidental, las acciones que no sucumbían a intereses individualistas fueron etiquetadas —por aquellos a quienes favorecían— como buenas. Cuando una serie de actos resultaban útiles para la clase más fuerte y aristócrata, se convertían entonces en valores más o menos deseables para el resto.

Para Nietzsche la moral nace de la contraposición entre una casta “superior” y una “inferior”. Los primeros eran “los distinguidos, los poderosos, quienes se sintieron y valoraron a sí mismos y a sus acciones como buenas, por oposición a todo lo bajo, lo de intenciones bajas, lo vil y lo plebeyo”.

La cultura helénica tomó en sus manos el ordenamiento de la jerarquía moral, una que estaba configurada por los señores aristócratas, los guerreros y los sacerdotes. Los señores se reconocieron sí mismos como los que mandaban, eran los ricos, los poderosos, los propietarios, o los veraces.

Pero esta autodeterminación de ser los buenos llevó a quienes se creyeron superiores a adoptar en su vida ciertas prácticas que posteriormente se convirtieron, para el resto, en el ejemplo de lo que era válido hacer, implementando una rutina asceta que en mayor medida restringía los placeres sensibles, como obligar a sus hombres ser pulcros, prohibir algunos alimentos que acarreaban enfermedades, y no acostarse con las mujeres “sucias” del pueblo.

Los guerreros, por su parte, tuvieron una moral que enaltecía al cuerpo, homenajeando la “salud floreciente, rica, rebosante, además de aquello que condiciona su conservación: la guerra, la aventura, la caza, la danza, en general todo lo que entraña una acción fuerte, libre y alegre”.

Contrario al guerrero que promovía la fortaleza corporal y celebraba la explosión cotidiana de las pasiones, estaba la casta sacerdotal que quiso extinguir la voluptuosidad de los sentidos, condenando cualquier goce derivado de la concupiscencia y del placer egoísta.

Con una metafísica hostil hacia la voluptuosidad, la clase sacerdotal impuso una forma de vida restrictiva, que sobre todo reprimía los instintos. Este tipo de moral terminó acogiéndola el resto de la cultura, la gran cantidad de hombres comunes. Dichas prácticas ascetas, se convirtieron, como la llamaría Nietzsche, en una consolidada moral de rebaño.

Lo que prevaleció en la cultura occidental fueron las costumbres establecidas por el perfil del hombre sabio, que en el ejercicio de una vida dedicada a la erudición, procuró mantener una ascesis mental y corporal en aras de ser más productivo. Dicha moral pareció concentrar todo su potencial en el desarrollo del pensamiento, haciendo del cuerpo algo corruptible, y de sus afanes enemigos de la sabiduría y las cavilaciones de profundidad.

Paulatinamente, el concepto de bueno pasó de ser una cualidad de nobleza, de satisfacción, de valentía, de salud y de empoderamiento corporal,  a convertirse en lo opuesto: “sólo son buenos los miserables, los pobres, los impotentes, los bajos, los que sufren, los que pasan penurias, los enfermos”.

Esta moral que enalteció a los mártires, se extendió y consolidó gracias a la filosofía platónica, que después materializó su victoria con el cristianismo y la posterior adopción en casi todos los ámbitos de la cultura.

Así, la “bondad” históricamente ha tomado la forma de la compasión y el altruismo, del rechazo de los intereses propios para edificar un Estado, una religión, pero sobre todo, para legitimar y universalizar la moral del sector más privilegiado, de los demás que pocas veces son el hombre cotidiano, ni el individuo “real” eligiendo libremente y sin dolor.

Lo “bueno” sigue escondiendo tras de sí la moral del amo, del señor, del prójimo supremo a quien se debe amar. Amar al prójimo para odiarse a sí mismo.

El ejemplo más claro del hombre enamorado de sus semejantes, pero vacío de pasión propia, es aquel famoso crucificado, que prefiere morir para salvar a su descendencia de un mal eterno; redimirlos de un infierno que existe sin un porqué.

El Cristo al que se le pone una corona de espinas en la cabeza, es el Rey del Sufrimiento —el celoso demiurgo de una moral que algún día caerá en desuso—, y ha venido a la tierra a morir del dolor, tan sólo para enseñarles a sus aprendices el deber ser de la agonía: que vivir significa estar muerto en vida.

El amante del prójimo es al mismo tiempo un enamorado de la nada. No tiene mucho que darse a sí mismo ni a su propia vida. El nihilismo lo crucifica.

El odio a la vida crece sigilosamente en una interioridad resentida que prefiere huir de sus apetitos a satisfacerlos —porque eso sería convertirse en un egoísta—, para atender a los del prójimo.

Un enigmático deprecio a la vida se enraíza en esta tradición que parece privilegiar el bien común antes que la satisfacción individual.

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