De ranchero a diputado

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“Cuando salga elegido a la fuerza votado por el pueblo y presuma de mucho botón en mi largo chaquetón, con mi par de pistolas y el fuero dejaré mi chaqueta de cuero, mis vacas, mis bueyes, lo que más quiero”

Óscar Chávez, “De ranchero a diputado”

La vida en Morena se resume así:

1.-Naces.

2.- Creces.

3.- Denuncias a la mafia del poder.

4.- Ganas la alcaldía de tu pueblo.

5.- Mueres.

A partir de este lunes, Morena va a probar lo que es domar al tigre y eso si es que lo sabe domar. El 90 por ciento de los que ganaron las presidencias municipales en el estado no tiene idea de lo que va a enfrentar. No sabían que iban a ganar y menos que serían los responsables de cada uno de los errores que cometieran ellos o su equipo. Es más, ya hasta se nos olvidó, pero pocos, muy pocos de los que ganaron las elecciones el pasado primero de julio hicieron campaña. Todo fue el efecto López Obrador.

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Seremos gobernados por perfectos desconocidos o algunos que, sólo porque ya ganaron,  tenemos remotas ideas de lo que publican en los medios de comunicación, pero nada más.

El problema es de fondo, Morena es la viva imagen de la llamada “izquierda mexicana”: sectarista por naturaleza. Desde que se creó la izquierda en México, sus militantes siempre se acusaron de ser intervenidos o infiltrados por el gobierno. Se denunciaban por ser policías políticos, aliados del régimen o simplemente eran fanáticos de evidenciar públicamente sus diferencias.

Esa cultura la llevaron al PRD con las tribus y ahora está en Morena, sobre todo en Puebla. Al inicio de esta semana vimos el juego de “todos unidos contra Gabriel Biestro” o al revés, “Gabriel Biestro contra todos”, al impedir que le quiten la dirigencia estatal.

Vemos a un Biestro, entonces, manejando las prerrogativas estatales y, por otro lado, cobrando su dieta en la cámara de diputados. La casa nunca pierde.

Otro caso es la guerra que desató Luis Miguel Barbosa a través de Biestro y José Juan Espinosa contra Claudia Rivera Vivanco, al acusarla por reunirse con el gobernador Tony Gali y con Luis Banck Serrato. Fueron los barbosistas de Morena quienes con una guerra intestina acusaron de esquirol a la nueva presidenta municipal poblana. Ellos, los barbosistas de Morena, son quienes dicen que Rivera Vivanco tiene ligas con los morenovallistas.

Por cierto, cuentan en el propio Ayuntamiento de la Angelópolis que todo mundo le tiene miedo a Javier Palou, y que él ya mandó a enfriar a algún regidor que de plano ya no aparece ni en la foto porque intentó restarle poder durante la campaña e incluso ya consumado el triunfo. Dicen que Palou va a centralizar el poder durante el gobierno de Morena, ya que toda la confianza de Claudia está depositada en él. Podría, de facto, fungir como una especie de vicepresidente municipal.

Otro caso de división interna es el que vive San Andrés Cholula: Karina Pérez Popoca derrotó al panismo de esa región, que llevaba gobernando 22 años consecutivos. Ahora  trae un pleito casado con sus regidores, empezando con el expanista, Sergio Quiroz Corona, seguidor de Fernando Manzanilla.

En los demás municipios tendrán que entrar a domar los problemas de inseguridad, huachicol, feminicidios, secuestros, narcomenudeo… Será un aprendizaje muy costoso que generará las primeras grandes divisiones en Morena.

Ganaron casi todo en Puebla sí, pero no tenían ni tienen idea del alacrán que se echaron encima. Es como el Congreso del estado: empezaron dando fuertes golpes para legitimarse, pero muchos lo hicieron mal, como es el caso de la “Ley Bala”, que socialmente nadie quiere, pero legislativamente los dejó mal parados.

O como sus acusaciones contra Rivera Vivanco por el tema del agua, cuando en la realidad son los diputados quienes primero deben reformar las leyes para que el control del agua lo tengan las comunas.

Esto va a ser un caos, pero ojalá me equivoque.

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Quien salió muy bien y de buenas fue Alfonso Esparza Ortiz en su último y reciente informe de labores, primero porque se acabó la demagogia de los discursos largos y cansados que no servían para nada. Los rectores tenían una cultura de “entre más hablar, mejor”, pero no comunicaban. Esta es la primera vez que se hace un discurso directo y con un mensaje claro, nada de rollos ni choros infumables. Segundo porque el mensaje sobre la inseguridad es directo y contundente, así que también fue la primera vez que un rector en Puebla se puso del lado de la comunidad universitaria.

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