La Casa de los Enanos, ni de este mundo ni del otro

|

Era esa, sí, justo esa, la casa que los poblanos de ya muchas generaciones han enriquecido con el halo del misterio y la leyenda. Y eran ellos, sí, precisamente ellos, los miembros de la prensa que durante más de dos horas esperaron por vivir una experiencia que quedó muy lejos de lo extraordinario.

Todo comenzó así, con lluvia, una pésima logística y cervezas “quemadas” para que los compañeros no protestaran. En grupitos de seis, como escolapios que esperan turno para exponer su tema, los reporteros y fotógrafos fueron ingresados a la histórica mansión en cuyo jardín podía escucharse la música ambiental de misterio y uno que otro grito de los que dentro ya eran sorprendidos por el terror… de siempre.

Una historia. Muchas historias. Si pudiera hacerse un libro con todas las versiones que de la gente que habitó esa casa hicieron miles de poblanos, seguro saldría un volumen más grueso que el Quijote. Y los compañeros, aguardando el acontecimiento, elucubraban la forma de contar su propia versión de lo que verían. ¿Estaría a la altura de su mito popular la historia que adentro les contarían? Ya se vería.

Mientras salían los primeros grupos, las preguntas de los que esperaban eran inevitables: “¿Qué tal, güey?”, “Pues… sí, te saca uno que otro susto”. El resto de opiniones redondeaban en esta idea, no es que no valga la pena, pero como que nada del otro mundo, compañero.

Desesperados, algunos reporteros y fotógrafos se retiraron vencidos por el aburrimiento, la premura de las otras notas que debían entregar y las desanimadas opiniones de los colegas que salían “medio asustados”. De modo que llegó la hora: los que esperaban en el grupo 10, pudieron entrar en el turno 7 y a presenciar lo prometido.

Un hombre cuya voz era completamente opacada por la música ambiental recibía al grupo en el primer cuarto, intentando explicar que la familia se estaba preparando para recibir a los visitantes, y a partir de la habitación que se encuentra a la izquierda, los invitados vivían una experiencia que cualquiera que haya ido a una feria de provincia ha podido vivir en la respectiva Casita del Terror. Por aquí una mujer con el rostro quemado, por allá un diablo, arriba unas voces de niños traviesos que te llevan a… nada. Otra mujer, llorando sobre el ataúd de su esposo muerto y, más adentro, un hombre que se levanta de su cama para tratar de tocarte y… nada.

Un grito por aquí, un susto por allá, cuartos que además de estar separados por su ubicación arquitectónica, lo estaban por su carencia de narrativa, que para asustar es mucho más que importante. ¡Bú!, ya invertiste 20 minutos de tu tiempo en algo que a lo que al final no le encontraste ni pies ni cabeza.

Se termina. El grupito sale por la boca de un sótano de vuelta al húmedo jardín, sus miembros se despiden entre más bromas que sustos y se van.

Negocio será, pues nadie querrá quedarse sin presumir que fue a la casa que será la moda urbana de una ciudad ávida de apariencias. Sustos habrá, pero ni de este mundo ni del otro, serán más bien las ganas de ir a vivir algo que se queda a la mitad entre la fama bien ganada por la tradición y la experiencia mal aprovechada por no saber contar una historia (con minúscula) a la altura de la Historia (con mayúscula).

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *