Por una inclusión de género en la Praxis y no en la Teoría

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1. En 1999, el escritor sudafricano J. M. Coetzee escribía Desgracia (Disgrace), una novela que tiene como protagonista a David Lurie, un profesor de Literatura de una universidad sudafricana, especialista en lengua inglesa. El relato egoico del genio, el cincuentón demasiado intelectual para su propia universidad. La “excesiva” inteligencia para un montón de alumnos apáticos y obnubilados en la inmediatez de su estulticia, en el patetismo de su propia mediocridad como para entender sobre qué va la literatura de Byron. Ese ser sensible que es Lurie, vive en los episodios de los libros que lee, moldeando su existencia por una literatura sin adjetivos morales. Sin embargo la realidad no es una novela, en la realidad hay víctimas y victimarios, hay jerarquías y formas que respetar, hay alumnos y profesores que deben servir a éstos por muy ingenuos e ignorantes que sean, sin abusar del poder que tienen sobre sus mentes.

Lurie habita en la ficción literaria, donde el incesto o la pederastia es el preludio del goce infinito y transgresor. Lurie seduce a una de sus alumnas…una vez más. Subestimando las consecuencias, se lanza a esta aventura inacabada del deseo. Melanie es la nueva sinfonía que se mueve bajo sus pantalones: “El vino, la música, un ritual al que suelen jugar los hombres y las mujeres, unos con otros. No hay nada de malo en los rituales, sin embargo la chica que se ha llevado a casa es treinta años menor que él: es una estudiante, es su alumna, está bajo su tutela”.

Lurie es un hombre con destacada inteligencia, un conocedor del lenguaje, un ilustrado que sabe bien la diferencia entre abuso y docencia, entre alumna y profesor. O quizá no lo sabe, y a pesar de tener un doctorado, desconoce el matiz práctico entre acoso sexual y amor, entre la literatura y la realidad. Ningún grado académico parece garantizarle claridad en el deber o no deber ser de cierta manera. Ningún protocolo de ética o reglamento universitario, parece importarle en el momento en que decide volverse un profesor violador, porque dentro de su imaginario, dentro de la cabeza de ese Lurie enciclopédico y romántico, él sigue siendo el ser sensible, enamorado de una musa virginal.

2. Cuando se destapó la ola del feminismo, o mejor dicho, la marea de denuncias por acoso sexual derivadas en nombre del movimiento «#MeToo», no sólo se puso en la mira los abusos de muchos hombres de la industria cinematográfica, sino que se abrió la reflexión a demás ámbitos como el de la industria musical y cultural, el de la política y otros que suponen gozar de mayor seriedad, o al menos ser espacios donde se presume la equidad, el rigor teórico e institucional, como lo son la academia y las ciencias. El movimiento iniciado con el hashtag «#MeToo», se replicó en varios escenarios, algunas veces, por ejemplo, mutando en páginas web y cuentas en redes sociales en los cuales también nuestras mujeres mexicanas, desde el anonimato o firmando con su nombre, denunciaban su traumática experiencia de lo que puede significar un acoso sexual.

En Hollywood dicho movimiento parece haber tenido consecuencias prácticas y legales, como la creación de un fondo, liderado por actrices, para apoyar a mujeres de cualquier sector social que habían sido víctimas de acoso; o la denuncia masiva de los delitos sexuales cometidos por el famoso productor Harvey Weinstein, quien incluso podría ser condenado a cadena perpetua. Sin embargo, en un plano de realidades “más mortales”, como la marea de denuncias hechas por mujeres mexicanas más cercanas a nosotros: amigas, hermanas o familiares nuestras, no pasaron de ser un mero “tuit” o una llamada de atención, que, en términos legales, no tuvo mayor efervescencia más allá del señalamiento público. Sin obviar también que algunas acusaciones fueran lanzados desde el lugar común de la denuncia sin pruebas, de la ignota mano que lanza la piedra pero esconde la cara, desde un anonimato no carente de cierto grado de cobardía, que al final posibilitaba a cualquiera a levantar falsos testimonios sin asumir un compromiso ético al respecto; pero también impedía que alguna instancia legal pudiera tomar medidas serias frente a casos de abuso sexual reales.

Aunque es válido pensar que debemos creer en las voces de las posibles víctimas, resulta también válido e importante preguntarnos ¿qué nos falta para que la exigencia de inclusión y equidad de género pase, más allá de ser un mero tuit, o un eufemismo exigido por “todes y todxs”, a convertirse en una denuncia legal, en un protocolo de género, en una reforma o política institucional clara que implique también una serie de castigos reales.

3. Pero si hablamos de eufemismos, falta citar el paradójico ejemplo de aquellos años foxistas ¿Quién no recuerda la insistencia en la diferenciación que Fox hacía de los sexos? No sólo pasó de “chiquillas y chiquillos”, “empresarios y empresarias”, “secretarios y secretarias”, sino que, y como escribió en algún artículo Ángel Lara Platas, su uso del lenguaje inclusivo se volvió una caricaturización tan ridícula, que en algún momento al hacer uso de “la palabra camiones, inmediatamente incluyó la palabra camionetas, a fin de guardar el equilibrio” y no caer en esos excesos del discurso sexista en los que todo político incurre.

Podríamos pensar que nuestro expresidente, el señor Vicente Fox Quezada, fue uno de esos pioneros en México del lenguaje inclusivo, sin embargo, sus intenciones inclusivas se fueron al traste cuando, por ejemplo, en un enunciado de rigurosa estadística mencionó que “el 75% de los hogares de México tienen una lavadora, y no de dos patas o de dos piernas, una lavadora metálica”, refiriéndose a esas mujeres “máquinas” que son las amas de casa. Ningún todos, todas y todes podría finiquitar de una vez por tod@s el machismo de un presidente, de sus instituciones y de toda una cultura que lo ha hospedado cómodamente por siglos.

4. Mi crítica no es contra el lenguaje inclusivo, mi crítica es contra la corrección política que parece convertirse en una mera corrección en términos teóricos, pero no prácticos. En el último “Manual para el uso de lenguaje incluyente y con perspectiva de género”, redactado por la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia Contra las Mujeres, se menciona lo siguiente: “Hay usos gramaticales que, con clara intención social y política, se han extendido en los países de habla hispana y que no tienen coherencia ni justificación razonable para su uso. Así, nos han hecho creer que al nombrar a un grupo mixto de personas en masculino estamos nombrando también a las mujeres que hay en ese grupo. Esto es absolutamente falso”. Por lo que el Manual deja claro que, a partir de ahora, al menos en lo tocante a discursos institucionales, es obligatorio o preferente leer o escribir los sustantivos siempre en masculino y femenino, para así evitar el uso excluyente…en el discurso.

Lejos estamos de condenar la exclusión de las mujeres en la práctica y no solamente en las palabras. Es válido pensar que es un trabajo conjunto entre cambiar vicios lingüísticos y realidades; pero también, y, sobre todo, es más necesario cambiar nuestras realidades excluyentes: incrementando las cuotas de género, educando a nuestras mujeres para que no accedan a chantajes ni a posibles beneficios que ofrecen hombres que claramente tienen un poder sobre ellas, a cambio de favores sexuales; empoderándolas, para que en el momento de ser víctimas de una agresión sexual, levanten una denuncia legal y no sólo una denuncia en Twitter; pensando en leyes y castigos duros que sancionen cualquier tipo de abuso o violencia de género.

Pero si nos vamos a clavar en el uso del lenguaje, podríamos comenzar, por ejemplo, con reconocer un feminicidio como un feminicidio y no elucubrarlo con eufemismos como un “asesinato más”, en eso me parece más importante el uso adecuado de las palabras. También me parece más urgente activar la alerta de género en una ciudad como Puebla, en vez de tener discusiones bizantinas sobre el uso del masculino y del femenino en un discurso político.

Más acción y menos sofismas, más realidad y menos retórica. La corrección política no salva vidas ni iguala los sueldos entre hombres y mujeres.  Necesitamos más praxis y menos teoría.

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