Un viaje millennial

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Por Carmen Aranda

Quién diría que algún día la tecnología, junto con las redes sociales, iba a cambiar la forma de viajar y ver al mundo. Aún recuerdo cuando era pequeña, mis hermanos y yo siempre emocionados por irnos de vacaciones, peleándonos por quien se iba a sentar adelante y quien iba a irse en medio aplastado como sándwich, gritando por lograr poner un CD para escuchar durante el camino o enojarnos porqué a mi mamá se le olvidó la cámara o peor aun, no comprar rollo fotográfico. Así es, rollo. Pasaban escasos minutos y todos nos volvíamos a hablar, hasta que nos perdíamos. Preguntar en cada esquina si íbamos en la dirección correcta era básico, sacar la guía roji y tratar de entenderla antes de llegar a China era paralizante. Ahora, cada quien tiene su lista de música favorita en Spotify y todos somos navegantes expertos gracias al GPS en las yemas de los dedos.

Quisiera contarles de la primera vez que “fui” a Disney, pero fue tan traumático que pienso dejarlo para otra ocasión. La segunda vez que fui, sí la puedo contar porqué me acuerdo muy bien y creo no estar traumada de ese viaje. Tenía 7 años y mis hermanos ya eran “suficientemente grandes” como para esas cosas. Mentira, también estaban como niños en dulcería. Era un viaje especial, íbamos todos, los 5 integrantes de la familia. Mi papá rentó una camioneta digna para un batallón. Entre 2 hijos pubertos y una que se sabía todas las canciones de las películas, necesitaba espacio suficiente para poder aislarse y manejar sin distracciones.

Vimos a Mickey Mouse y a Mimi a Aladín y a La Sirenita, viajamos en el tiempo y fuimos testigos de una batalla medieval. Hacía tanto calor que yo parecía Heidi con mis mejillas sonrojadas, mi papá era un niño más en el parque, queriéndose subir a todos los juegos y mi mamá ya no sabía si había llevado changos o solo eran sus hijos emocionados de subirse por tercera vez a una montaña rusa.

Durante todo el viaje, mi mamá se encargó de tomar las fotos y cuidar que no se le perdiera ni un rollo ni desperdiciar un solo flash. Regresando, lo único que quería hacer era ir a revelar las fotos. No podía esperar más, quería presumir a mis compañeras que las princesas sí existían.

Llevar los rollos a revelar no era el problema, el problema era que mi mamá, como todas las sabias madres, esperaba a tener un ciento de ellos para no hacer doble viaje. Después, era todo un proceso. Escoger el papel adecuado, brillante o mate, y esperar unos días a que estuvieran listas. Si es que nos acordábamos.

¿Qué ha pasado? Ahora todo es instantáneo. Todo debe ser rápido y casi perfecto para que cuente. Desde el check-in en Facebook para que todo mundo se entere a donde estas viajando hasta la foto de blogger profesional para Instagram, de esas donde no posas para que se vea “espontanea”.

El ritmo de nuestra vida ha cambiado, y sí, me siento un poco nostálgica. A veces quisiera regresar el tiempo cuando no existían smartphones ni había una constante necesidad de publicar tu vida por todos los medios. Es agotador y lo dice una YouTuber que ama hacer vlogs de viaje.

Cuando viajo, trato de mantener el balance entre estar presente y estar conectada con todos los que no están conmigo. Entre tomarle una foto perfecta a mi comida para subirla a mi blog y comerla antes de que se enfríe, porque odio la comida fría. Es buscar el balance en medio del desierto pero al mismo tiempo queriendo tener señal de WIFI en el campamento para avisarle a todos que estoy viva y que hasta ahora nadie me ha intercambiado por camellos.

Aunque muchos no entiendan nuestra vida millennnial, al final sé que hay algo bueno en esto. Existimos vloggers y youtubers queriendo compartir una aventura más a través de nuestras cámaras. Ya no necesitamos trabajar en National Geographic o en Travel + Leisure para dar tips y recomendaciones de viajes. Sé que a veces es difícil entender que tenemos que llevar el celular a todas partes para tomarle fotos a nuestra comida intacta. Que debemos tomar otras 50 fotos en diversas poses para terminar escogiendo solo uno. Sé  que también es difícil entender que entiendan que no le estoy hablando a una cámara, le estoy hablando a cientos de personas para que se sepan qué comer en Viena, Austria.

Sí, es difícil viajar millennialmente y aceptaré que me daba pena decir “Soy YouTuber” o “Soy una vlogger” (términos que algunos aun no entienden) pero va más allá de “estar conectada” todo el tiempo. Jamás en mi vida pensé que esto se convertiría en mi verdadera pasión y ahora que lo descubrí me prometí siempre estar presente en el momento. Sin importar que tengo que hacer un vlog o subir una historia a Instagram, el tiempo vuela y jamás regresaré a ese mismo instante. Será una lucha constante conmigo, la tecnología y la presión de compartir todo para que cuente.

 

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