El ardiente cortejo del Jueves de Corpus

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Calor. Calor. El cuerpo lo sabe; los cuerpos. Esos que muy temprano se aprestaron a tapizar con pétalos la 16 de Septiembre y aquel que iba a ser transportado en andas por sus fieles.

Calor. Demasiado para una mañana poblana. Ya en las primeras horas de la mañana de este jueves 31 de mayo el termómetro comenzó su escalada en 18 grados. No daría tregua. De las puertas de la Iglesia del Carmen se vio salir a los valientes feligreses que llevaban el sacrificio a cuestas.

El paso fue apresurado, no podía ser de otra manera. Los agentes de tránsito se ven cada vez más presionados por los automovilistas que se ven afectados por la procesión.  En todo el piso de la 16 de Septiembre, desde la 17 Oriente hasta las puertas de Catedral, los trozos de las flores se deshidrataban con más velocidad que otros años: las pisadas son más fuertes y el sol más inclemente.

Las plegarias se notan apagadas, pero el aplomo de quienes las profieren no decae. Pendones blancos flanquean la marcha y mientras el cortejo se aproxima al atrio de Catedral se dejan escuchar las campanadas. El arzobispo Víctor Sánchez recibe la custodia con la solemnidad que la ocasión requiere. En sus manos se eleva el objeto a consagrar: el corpus que a partir de ahora y durante todo un año espera ser consumido por sus creyentes en aras de lo que ellos consideran salvación. A muy pocas calles de allí, los cohetes se dejan escuchar y los puestos comienzan a hacer la vendimia que tendrá su auge por la tarde y la noche. Calor. Calor. Y el resto del día para celebrar un jueves cuya penitencia ya se cumplió.

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