El día que conocí al “Kurco”

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Por Fulanita de Tal

“¿Quieres ser mi novia?” Me susurró al oído al tiempo que me agarraba la nalga izquierda (sí, recuerdo perfecto que fue la izquierda) obviamente, él era mi crush de toda la vida, ¿qué hubieran hecho en mi caso? Decir que sí al instante, colgarse de su cuello y darle un apasionado beso como de esos que salen en las pelis de Pedro Infante.

Todo me sudaba, to-do, incluyendo mi chón sexy recién estrenado, las manos me hervían de emoción, es decir, si el que era tu crush desde niña te mordisquea la oreja y te pide que seas su rock oficial, era lo mínimo que pudo haber pasado.

Por mi cabeza rolaron todas mis canciones favoritas, todos los besos que me llegaron hasta la entrepierna y todas las chaquetas que le dediqué. (Sí, las mujeres también nos masturbamos y le decimos chaqueta).

Además, el escenario era ideal: nos estábamos echando una chela en la playa, rodeados de amigos, acompañados de un atardecer envidiable y el sonido de la música retumbando en mi cabeza.

Fueron los 20 segundos más largos de mi vida, mis ganas de tomarlo de la mano, llevarlo a la hamaca más cercana y quitarle la ropa fue una de las mil quinientas ideas que tuve cuando su mano rozaba mi espalda baja, mientras en mi cabeza me repetía constantemente: “gobiérnate”.

Total, que me pasó lo que a Edward Bloom en Big Fish, (si no la han visto es su obligación hacerlo, no se van a arrepentir), el tiempo retomó su curso y cuando volví de mi viaje, mi crush ya se había levantado y tuve que alcanzarlo dando tres zancadas en la arena.

Acto seguido, caminamos entre las palmeras, él me tomó del cuello y me plantó el beso que terminó en un fajoneo muy intenso, al grado de empezar a quitarnos la poca ropa que llevábamos, justo cuando todo se puso serio, empezó a sonar “plateau” una de mis canciones favoritas de Nirvana y de repente la cosa se tornó confusa…

Fue entonces cuando toda la realidad me cayó de un solo, mortífero, contundente y abrumador golpe: mi cama comenzó a temblar, sí, a temblar, debido a que mi perro se acababa de subir para recordarme que debía sacarlo al baño, “pinshi Yoda, -le dije-, acabas de arruinar uno de los mejores sueños que jamás tendré de nuevo, está bien pues, dame la correa y vamos al baño”.

Y fue así como una noche de verano no sólo conocí a Kurt Cobain, o el “Kurco” -como un noticiario peruano publicó en uno de sus cintillos en horario estelar de aquel país- sino que también me pidió ser su novia, me agarró la nalga izquierda, nos echamos unas chelas y terminamos en una plática tan surrealista como el mismo sueño que les acabo de narrar.

¡Abur!

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