Ejército y PGR buscaron trata de menores donde menos la encontrarían

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Unas tanquetas del ejército fueron las primeras en hacer su aparición en la 6 Poniente, entre la 9 y 11 Norte. Eran las últimas horas de la tarde del viernes 10 de noviembre y la calle parecía en estado de guerra.

De inmediato hizo su arribo el agente del Ministerio Público con una orden de cateo. La casa fue siempre un secreto a voces para la ciudad; incontable cantidad de hombres se ve salir y entrar por sus puertas a toda hora del día. Aquel fue día de ajustar cuentas con la autoridad.

Pronto los agentes militares y ministeriales cortaron el paso a los mirones, quienes desde luego aumentaban con tan abrumador despliegue de seguridad. “A ver si no sacan a la mamá de alguno de ellos” dijo una voz masculina, y las risas no se hicieron esperar. Dentro del lugar, los ruidos cambiaron con sorprendente brusquedad: de gemidos y carraspeos pasaron a insultos y órdenes altivas.

Mientras la tarde caía, se supo que otra casa de las mismas características estaba siendo revisada de igual manera: en la 8 Poniente entre 5 y 3 Norte. Reporteros y fotógrafos rafagueaban a flashazos la escena mientras las damas iban siendo sacadas de su lugar de trabajo. “¡Órale, cabrón, más respeto que no soy tu pinche vieja!”, dijo una de ellas, provocando las carcajadas y chiflidos de la concurrencia. Algunas de ellas, fueron subidas a patrullas que con celeridad partieron hacia la Fiscalía, otras, tras ser interrogadas emprendieron su andar hacia la noche y su movimiento.

Ya en el edificio de la justicia, las trabajadoras fueron interrogadas por agentes del lugar. “Nombre; lugar de procedencia; cómo llegó a esto; cuántas de sus compañeras son menores de edad”. Con desgano y bastante ironía, respondían a las preguntas de los oficiales; tras haberles sido tomada su declaración, fueron dejadas puestas otra vez en libertad. Una de ellas, la que parecía más experimentada, al ser cuestionada por un reportero encendió su cigarro y sentenció: “…estos cabrones… vienen a buscar escuinclas donde saben que no están. Ahí trabajamos puras viejas de mi rodada. A las chamacas deberían ir a buscarlas por el rumbo de la CAPU, que es donde están. Pero hasta para eso les pagan bien a estos”.

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